La del ejército.

En la contestación que dio José al duque del Parque, representante del ejército, también notamos ciertas expresiones bastantemente singulares. «Yo me honro, dijo, con el título de su primer soldado, y ora fuese necesario como en tiempos antiguos combatir a los moros, ora sea menester rechazar las injustas agresiones de los eternos enemigos del continente, yo participaré de todos vuestros peligros.» Extraña mezcla poner al par de los ingleses a los moros y sus guerras. Probablemente fue adorno oratorio mal escogido: dado que no siendo creíble que por aquellas palabras hubiera querido anunciar en nuestros días temores de una irrupción agarena, era forzoso imaginarse que se encubría en su sentido el ulterior proyecto de invadir la costa africana, y cierto que si el primer pensamiento hubiera pasado de desvarío, hubiérase el segundo reprendido de sobradamente anticipado cuando la nueva corona apenas había tocado su cabeza.

Otra proclama
de los de Bayona.

Todavía era muy corto el número de diputados que concurrían en Bayona, a la sazón que en 8 de junio [*] (* Ap. n. [4-7].) dieron los presentes otra proclama a todos los españoles con objeto de recomendar a su afecto la nueva dinastía, y de reprimir la insurrección. José por su parte aceptó en decreto del 10 [*] (* Ap. n. [4-8].) la cesión de la corona de España que en su persona había hecho su hermano, confirmando a Murat en la lugartenencia del reino, cuyo puesto había ejercido sucesivamente a nombre de Carlos IV y de Napoleón. Acompañaba a este decreto [*] (* Ap. n. [4-9].) otro en que mostraba cuáles eran sus intenciones, y en el que ya llamaba suyos a los pueblos de España. Estos documentos corrían con dificultad en las provincias; pero si alguno de ellos se introducía, soplaba el fuego en vez de apagarle.

Previas
disposiciones
para abrir
el congreso
de Bayona.

Acercábase el día de abrirse el congreso de Bayona y a duras penas crecía el número de individuos que debían componerle. Por fin fueron llegando algunos de los que forzadamente obligaban a salir de Madrid, o de los que cogían en los pueblos ocupados por las tropas francesas. Pocos fueron los que de grado acudieron al llamamiento; y mal podía ser de otra manera viendo los convocados que la insurrección prendía por todas partes, y el gran compromiso a que se exponían. Antes de dar principio a las sesiones, Napoleón entregó a Don Miguel José de Azanza un proyecto de constitución. Extrema curiosidad se despertó con deseo de averiguar quién fuese el autor. Ni entonces ni ahora ha sido dable el descubrirle, bien que se advierta que una mano española debió en gran parte coadyuvar al desempeño de aquel trabajo. Nosotros no aventuraremos conjeturas más o menos fundadas. Pero sí se nos ha aseverado de un modo indudable por persona bien enterada, que dicha constitución o sus bases más esenciales fueron entregadas al emperador francés en Berlín después de la batalla de Jena. Debió pues salir de pluma que vislumbrase ya cuál suerte aguardaba a España con la incierta política del príncipe de la Paz y la desmesurada ambición del gabinete de Francia. Napoleón escogió a Don Miguel de Azanza, como en otro libro indicamos, para presidir el congreso; y se nombraron por secretarios a Don Mariano Luis de Urquijo, del consejo de estado, y a Don Antonio Ranz Romanillos, del de hacienda. Encargó también que se eligiesen dos comisiones a cuyo previo examen se confiase el preparar los asuntos para los debates, y proponer las modificaciones que pareciere oportuno adoptar en la nueva constitución.

Ábrense
sus sesiones.

Concluidas que fueron estas disposiciones preliminares, abrió sus sesiones la junta de Bayona el 15 de junio, día de antemano señalado. Pronunció Don Miguel de Azanza en calidad de presidente el discurso de apertura. En él decía:[*] (* Ap. n. [4-10].) «Gracias y honor inmortal a este hombre extraordinario [Napoleón] que nos vuelve una patria que habíamos perdido»... «Ha querido después que en el lugar de su residencia y a su misma vista se reúnan los diputados de las principales ciudades, y otras personas autorizadas de nuestro país, para discurrir en común sobre los medios de reparar los males que hemos sufrido, y sancionar la constitución que nuestro mismo regenerador se ha tomado la pena de disponer para que sea la inalterable norma de nuestro gobierno... De este modo podrán ser útiles nuestros trabajos, y cumplirse los altos designios del héroe que nos ha convocado...» Pesa que un hombre cuyo concepto de probidad se había hasta entonces mantenido sin tacha, se abatiese a pronunciar expresiones adulatorias, poco dignas de la boca de un ministro puro y honrado. Porque en efecto, ¿dónde estaban los diputados de las principales ciudades? y si la patria estaba perdida ¿no había también el hombre extraordinario contribuido en gran manera a hundirla en el abismo? ¿En dónde y cómo nos la había vuelto? Sin la constancia española, sin la pertinaz guerra de seis años, hubiera sido tratada con el vilipendio que otros estados, y partida después o desmembrada al antojo del extranjero. Suerte que hubiera merecido, si en silencio hubiese dejado que tan indignamente se la humillase y oprimiese. Pudiera Azanza haber cumplido con el encargo de presidente, sin aparecer oficioso ni lisonjero.

Sus discusiones.

Redujéronse a doce las sesiones de Bayona. En la misma del 15 se procedió a la verificación de poderes, y se leyó el decreto de Napoleón por el que cedía la corona de España a su hermano José; habiéndose acordado en la del 17 pasar a cumplimentar al nuevo monarca. En nada fueron notables los discursos que al caso se pronunciaron, sino en haberse especificado en el contexto del de la junta «que habían hecho y que harían [sus individuos] cuanto estuviese de su parte para atraer a la tranquilidad y al orden las provincias que estaban agitadas.» Por el mismo tenor y según costumbre fue la contestación de José, no echando en olvido la repetida cantilena de que los ingleses eran los que fomentaban la inquietud de los pueblos.