Acción
de Mengíbar.
Según lo dispuesto trató este general de atacar al enemigo, y al tiempo que le amenazaba en su posición de Mengíbar, a las cuatro de la mañana cruzó el río a media legua por el vado apellidado del Rincón. Le desalojó de todos los puntos, y obligó a Liger-Belair a retirarse hacia Bailén, de donde volando a su socorro el general Gobert, recibió este un balazo en la cabeza, de que murió poco después. Cuerpos nuevos como el de Antequera y otros se estrenaron aquel día con el mayor lucimiento. Contribuyó en gran manera al acierto de los movimientos el experto y entendido mayor general Don Francisco Javier Abadía. Nada embarazaba ya la marcha victoriosa de los españoles; mas Reding como prudente capitán suspendió perseguir al enemigo, y repasando por la tarde el río aguardó a que se le uniese Coupigny. Pareció ser día de buen agüero porque en 1212 en el mismo 16 de julio, según el cómputo de entonces, habíase ganado la célebre batalla de las Navas de Tolosa, pueblo de allí poco distante: siendo de notar que el paraje en donde hubo mayor destrozo de moros, y que aún conserva el nombre de campo de matanza, fue el mismo en que cayó mortalmente herido el general Gobert.
De resultas de este descalabro determinó Dupont que Vedel tornase a Bailén, y arrojase los españoles del otro lado del río. Empezaba el terror a desconcertar a los franceses. Aumentose con la noticia que recibieron de lo ocurrido en Valencia, y por doquiera no veían ni soñaban sino gente enemiga. Así fue que Dufour, sucesor de Gobert, y Liger-Belair escarmentados con la pérdida que el 16 experimentaron en Mengíbar, y temerosos de que los españoles mandados por Don Pedro Valdecañas, que habían acometido y sorprendido en Linares un destacamento francés, se apoderasen de los pasos de la sierra y fuesen después sostenidos por la división victoriosa de Reding, en vez de mantenerse en Bailén caminaron a Guarromán tres leguas distante. Ya se habían puesto en marcha cuando Vedel de vuelta de Andújar llegó al primer pueblo, y sin aguardar noticia ni aviso alguno recelándose que Dufour y su compañero pudiesen ser atacados prosiguió adelante, y uniéndose a ellos avanzaron juntos a la Carolina y Santa Elena.
En el intermedio y al día siguiente de la gloriosa acción que había ganado, movió el general Reding su campo, repasó de nuevo el río en la tarde del 17, e incorporándosele al amanecer el marqués de Coupigny entraron ambos el 18 en Bailén. Sin permitir a su gente largo descanso disponíanse a revolver sobre Andújar, con intento de coger a Dupont entre sus divisiones y las que habían quedado en los Visos, cuando impensadamente se encontraron con las tropas de dicho general, que de priesa y silenciosamente caminaban. Había el francés salido de Andújar al anochecer del 18, después de destruir el puente y las obras que para su defensa había levantado. Escogió la oscuridad deseoso de encubrir su movimiento, y salvar el inmenso bagaje que acompañaba a sus huestes.
Batalla de Bailén,
19 de julio.
Abría Dupont la marcha con 2600 combatientes, mandando Barbou la columna de retaguardia. Ni franceses ni españoles se imaginaban estar tan cercanos; pero desengañolos el tiroteo que de noche empezó a oírse en los puntos avanzados. Los generales españoles que estaban reunidos en una almazara o sea molino de aceite a la izquierda del camino de Andújar, paráronse un rato con la duda de si eran fusilazos de su tropa bisoña o reencuentro con la enemiga. Luego los sacó de ella una granada que casi cayó a sus pies a las doce y minutos de aquella misma noche, y principio ya del día 19. Eran en efecto fuegos de tropas francesas que habiendo las primeras y más temprano salido de Andújar, habían tenido el necesario tiempo para aproximarse a aquellos parajes. Los jefes españoles mandaron hacer alto, y Don Francisco Venegas Saavedra, que en la marcha capitaneaba la vanguardia, mantuvo el conveniente orden, y causó diversión al enemigo en tanto que la demás tropa ya puesta en camino volvía a colocarse en el sitio que antes ocupaba. Los franceses por su parte avanzaron más allá del puente que hay a media legua de Bailén. En unas y otras no empezó a trabarse formalmente la batalla hasta cerca de las cuatro de la mañana del citado 19. Aunque los dos grandes trozos o divisiones, en que se había distribuido la fuerza española allí presente, estaban al mando de los generales Reding y Coupigny, sometido este al primero, ambos jefes acudían indistintamente con la flor de sus tropas a los puntos atacados con mayor empeño. Ayudoles mucho para el acierto el saber y tino del mayor general Abadía.
La primera acometida fue por donde estaba Coupigny. Rechazáronla sus soldados vigorosamente, y los guardias valonas, suizos, regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca, Zapadores y el de caballería de España embistieron las alturas que el enemigo señoreaba y le desalojaron. Roto este enteramente se acogió al puente, y retrocedió largo trecho. Reconcentrando en seguida Dupont sus fuerzas volvió a posesionarse de parte del terreno perdido, y extendió su ataque contra el centro y costado derecho español en donde estaba Don Pedro Grimarest. Flaqueaban los nuestros de aquel lado, pero auxiliados oportunamente por Don Francisco Venegas, fueron los franceses del todo arrollados teniendo que replegarse. Muchas y porfiadas veces repitieron los enemigos sus tentativas por toda la línea, y en todas fueron repelidos con igual éxito. Manejaron con destreza nuestra artillería los soldados y oficiales de aquella arma, mandados por los coroneles Don José Juncar y Don Antonio de la Cruz, consiguiendo desmontar de un modo asombroso la de los contrarios. La sed causada por el intenso calor era tanta que nada disputaron los combatientes con mayor encarnizamiento como el apoderarse, ya unos ya otros, de una noria sita más abajo de la almazara antes mencionada.
A las doce y media de la mañana Dupont lleno de enojo púsose con todos los generales a la cabeza de las columnas, y furiosa y bravamente acometieron juntos al ejército español. Intentaron con particular arrojo romper nuestro centro, en donde estaban los generales Reding y Abadía, llegando casi a tocar con los cañones los marinos de la guardia imperial. Vanos fueron sus esfuerzos, inútil su conato. Tanto ardimiento y maestría estrellose contra la bravura y constancia de nuestros guerreros. Cansados los enemigos, del todo decaídos, menguados sus batallones, y no encontrando refugio ni salida, propusieron una suspensión de armas que aceptó Reding.
Mientras que la victoria coronaba con sus laureles a este general, Don Juan de la Cruz no había permanecido ocioso. Informado del movimiento de Dupont en la misma noche del 18 se adelantó hasta los Baños, y colocándose cerca del Herrumblar a la izquierda del enemigo, le molestó bastantemente. Castaños debió tardar más en saber la retirada de los franceses, puesto que hasta la mañana del 19 no mandó a Don Manuel de la Peña ponerse en marcha. Llevó este consigo la tercera división de su mando reforzada, quedándose con la reserva en Andújar el general en jefe. Peña llegó cuando se estaba ya capitulando: había antes tirado algunos cañonazos para que Reding estuviese advertido de su llegada, y quizá este aviso aceleró el que los franceses se rindiesen.
Vedel en su correría no habiendo descubierto por la sierra tropas españolas, unido con Dufour permaneció el 18 en la Carolina, después de haber dejado para resguardar el paso en Santa Elena y Despeñaperros dos batallones y algunas compañías. Allí estaba cuando al alborear del 19 oyendo el cañoneo del lado de Bailén, emprendió su marcha, aunque lentamente, hacia el punto de donde partía el ruido. Tocaba ya a las avanzadas españolas, y todavía reposaban estas con el seguro de la pactada tregua. Advertido sin embargo Reding envió al francés un parlamento con la nueva de lo acaecido. Dudó Vedel si respetaría o no la suspensión convenida, mas al fin envió un oficial suyo para cerciorarse del hecho.