Nos hemos detenido algún tanto en el cotejo de los ejércitos combatientes y en el de sus operaciones, no para dar preferencia en las armas a ninguna de las dos naciones, sino para descubrir la verdad y ponerla en su más espléndido y claro punto. Los habitadores de España y Francia como todos los de Europa igualmente bravos y dispuestos a las acciones más dignas y elevadas, han tenido sus tiempos de gloria y abatimiento, de fortuna y desdicha, dependiendo sus victorias o de la previsión y tino de sus gobiernos, o de la maestría de sus caudillos, o de aquellos acasos tan comunes en la guerra, y por los que con razón se ha dicho que las armas tienen sus días.
Camina
el ejército rendido
a la costa.
Los franceses después de haberse rendido, emprendieron su viaje hacia la costa de noche y a cortas jornadas. Además de las contradicciones e inconvenientes que en sí envolvía la capitulación, casi la imposibilitaban las circunstancias del día. La autoridad, falta de la necesaria fuerza, no podía enfrenar el odio que había contra los franceses, causadores de una guerra que Napoleón mismo calificó alguna vez de sacrílega.[*] (* Ap. n. [4-16].) El modo pérfido con que ella había comenzado, los excesos, robos y saqueos cometidos en Córdoba y su comarca, tanto más pesados, cuanto recaían sobre pueblos no habituados desde siglos a ver enemigos en sus hogares, excitaban un clamor general, y creíase universalmente que ni pacto ni tratado debía guardarse con los que no habían respetado ninguno. En semejante conflicto la junta de Sevilla consultó con los generales Morla y Castaños acerca de asunto tan grave. Disintieron ambos en sus pareceres. Con razón el último sostenía el fiel cumplimiento de lo estipulado, en contraposición del primero que buscaba la aprobación y aplauso popular. Adhirió la junta al dictamen de este, aunque injusto e indebido. Para sincerarse circuló un papel en cuyo contexto intentó probar que los franceses habían infringido la capitulación, y que suya era la culpa si no se cumplía. Efugio indigno de la autoridad soberana cuando había una razón principalísima, y que fundadamente podía producirse, cual era la falta de transportes y marinería.
Desorden
en Lebrija
causado
por la presencia
de los prisioneros.
Por pequeña ocasión aumentáronse las dificultades. Acaeció pues en Lebrija que descubriéndose casualmente en las mochilas de algunos soldados más dinero que el que correspondía a su estado y situación, irritose en extremo el pueblo, y ellos para libertarse del enojo que había promovido el hallazgo, trataron de descargarse acusando a los oficiales. Del alboroto y pendencia resultaron muertes y desgracias. Propúsoseles entonces a los prisioneros que para evitar disturbios se sujetasen a un prudente registro, depositando los equipajes en manos de la autoridad. No cedieron al medio indicado, y otro incidente levantó en el Puerto de Santa María gran bullicio. En el Puerto
de Santa María. Al embarcarse allí el 14 de agosto para pasar la bahía, cayose de la maleta de un oficial una patena y la copa de un cáliz. Fácil es adivinar la impresión que causaría la vista de semejantes objetos. Porque además de contravenirse a la capitulación en que se había expresamente estipulado la restitución de los vasos sagrados, se escandalizaba sobremanera a un pueblo que en tan gran veneración tenía aquellas alhajas. Encendidos los ánimos, se registraron los más de los equipajes, y apoderándose de ellos se maltrató a muchos prisioneros y se les despojó en general de casi todo lo que poseían.
Correspondencia
entre Dupont
y Morla.
Promovieron tales incidentes reclamaciones vivas del general Dupont y una correspondencia entre él y Don Tomás de Morla gobernador de Cádiz. Pedía el francés en ella los equipajes de que se había privado a los suyos, e insistiendo en su demanda contestole entre otras cosas Morla: «¿si podía una capitulación que solo hablaba de la seguridad de sus equipajes, darle la propiedad de los tesoros que con asesinatos, profanación de cuanto hay sagrado, crueldades y violencias había acumulado su ejército de Córdoba y otras ciudades? ¿Hay razón [continuaba], derecho ni principio que prescriba que se debe guardar fe ni aun humanidad a un ejército que ha entrado en un reino aliado y amigo so pretextos capciosos y falaces; que se ha apoderado de su inocente y amado rey y toda su familia con igual falacia; que les ha arrancado violentas e imposibles renuncias a favor de su soberano, y que con ellas se ha creído autorizado a saquear sus palacios y pueblos, y que porque no acceden a tan inicuo proceder, profanan sus templos y los saquean, asesinan sus ministros, violan las vírgenes, estupran a su placer bárbaro, y cargan y se apoderan de cuanto pueden transportar, y destruyen lo que no? ¿Es posible que estos tales tengan la audacia, oprimidos, cuando se les priva de estos que para ellos deberían ser horrorosos frutos de su iniquidad, reclamar los principios de honor y probidad?» Verdades eran estas si bien mal expresadas, por desgracia sobradamente obvias y de todos conocidas. Mas las perfidias y escándalos pasados no autorizaban el quebrantamiento de una capitulación contratada libremente por los generales españoles. ¿Qué sería de las naciones, qué de su progreso y civilización, si echándose recíprocamente en cara sus extravíos, sus violencias, olvidasen la fe empeñada y traspasasen y abatiesen los linderos que ha fijado el derecho público y de gentes? En Morla fue más reprensible aquel lenguaje siendo militar antiguo, y hombre que después a las primeras desgracias de su patria la abandonó villanamente y desertó al bando enemigo.
Consternación
del gobierno
francés
en Madrid.
Al paso que con las victorias de Bailén fue en las provincias colmado el júbilo y universal y extremado el entusiasmo, consternose y cayó como postrado el gobierno de Madrid. Empezó a susurrarse tan grave suceso en el día 23. De antemano y varias veces se había anunciado la deseada victoria como si fuera cierta, por lo que los franceses calificaban la voz esparcida de vulgar e infundada. Sacoles del error el aviso de que un oficial suyo se aproximaba con la noticia. Llegó pues este, y supieron los pormenores de la desgracia acaecida. Había cabido ser portador de la infausta nueva al mismo Mr. de Villoutreys, que había entablado en Bailén los primeros tratos, y a cuyo hado adverso tocaba el desempeño de enfadosas comisiones. Según lo convenido en la capitulación, un oficial francés escoltado por tropa española debía en persona comunicarla al duque de Rovigo, general en jefe del ejército enemigo, y ordenar también en su tránsito por la sierra y Mancha a los destacamentos apostados en la ruta, y que formaban parte de las divisiones rendidas, ir a juntarse con sus compañeros ya sometidos para participar de igual suerte. Cumplió fielmente Mr. de Villoutreys con lo que se le previno, y todos obedecieron incluso el destacamento de Manzanares. Fue el de Madridejos el que primero resistió a la orden comunicada.
Retírase José.