Llegó a Madrid el fatal mensajero en 29 de julio. Congregó José sin dilación un consejo compuesto de personas las más calificadas. Variaron los pareceres. Fue el del general Savary retirarse al Ebro. Todos al fin se sometieron a su opinión, así por salir de la boca del más favorecido de Napoleón, como también porque avisos continuados manifestaban cuánto se empeoraba el semblante de las cosas. Por todas partes se conmovían los pueblos cercanos a la capital: no les intimidaba la proximidad de las tropas enemigas; cortábanse las comunicaciones; en la Mancha eran acometidos los destacamentos sueltos, y ya antes en Villarta habían sus vecinos desbaratado e interceptado un convoy considerable. Agolpáronse uno tras otro los reveses y los contratiempos: pocos hubo en Madrid de los enemigos y sus parciales que no se abatiesen y descorazonasen. A muchos faltábales tiempo para alejarse de un suelo que les era tan contrario y ominoso.

Españoles
que le siguen.

José resuelto a partir, dejó a la libre voluntad de los españoles que con él se habían comprometido, quedarse o seguirle en la retirada. Contados fueron los que quisieron acompañarle. De los siete ministros, Cabarrús, Ofárril, Mazarredo, Urquijo y Azanza mantuviéronse adictos a su persona y no se apartaron de su lado. Permanecieron en Madrid Peñuela y Cevallos. Imitaron su ejemplo los duques del Infantado y el del Parque, como casi todos los que habían presenciado los acontecimientos de Bayona y asistido a su congreso. No faltó quien los tachase de inconsiguientes y desleales. Juzgaban otros diversamente, y decían que los más habían sido arrastrados a Francia o por fuerza o por engaño, y que si bien se propasaron algunos a pedir empleos o gracias, nunca era tarde para reconciliarse con la patria, arrepentirse de un tropiezo causado por el miedo o la ciega ambición, y contribuir a la justa causa en cuyo favor la nación entera se había pronunciado. Lo cierto es que ni uno quizá de los que siguieron a José hubiera dejado de abrazar el mismo partido, a no haberles arredrado el temor de la enemistad y del odio que las pasiones del momento habían excitado contra sus personas.

Antes de abrir la marcha reconcentraron los enemigos hacia Madrid las fuerzas de Moncey y las desparramadas a orillas del Tajo. Clavaron en el Retiro y casa de la China más de ochenta cañones, llevándose las vajillas y alhajas de los palacios de la capital y sitios reales que no habían sido de antemano robadas. Tomadas estas medidas empezaron a evacuar la capital inmediatamente. Salió José el 30 cerrando la retaguardia en la noche del 31 el mariscal Moncey. Respiraron del todo y desembarazadamente aquellos habitantes en la mañana del 1.º de agosto. El 9 entró el fugitivo rey en Burgos con Bessières, quien según órdenes recibidas se había replegado allí de tierra de León.

Destrozos
causados
en la retirada.

Acompañaron a los franceses en su retirada lágrimas y destrozos. Soldados desmandados y partidas sueltas esparcieron la desolación y espanto por los pueblos del camino o los poco distantes. Rezagábanse, se perdían para merodear y pillar, saqueaban las casas, talaban los campos sin respetar las personas ni lugares más sagrados. Buitrago, el Molar, Iglesias, Pedrezuela, Gandullas, Broajos y sobre todo la villa de Venturada abrasada y destruida, conservarán largo tiempo triste memoria del horroroso tránsito del extranjero.

Continuó José su marcha y en Miranda de Ebro hizo parada, extendiéndose la vanguardia de su ejército a las órdenes del mariscal Bessières hasta las puertas de Burgos. Terminose así su malogrado y corto viaje de Madrid, del que libres y menos apremiados por los acontecimientos, pasaremos a referir los nuevos y esclarecidos triunfos que alcanzaron las armas españolas en las provincias de Aragón y Cataluña.


APÉNDICES