De mi hijo no podemos esperar jamás sino miserias y persecuciones. Han comenzado a forjar y se continuará fingiendo todo lo que pueda contribuir a que el príncipe de la Paz (amigo inocente y afecto al emperador, al gran duque y a todos los franceses) parezca criminal a los ojos del público y del emperador. Es necesario que no se crea nada. Los enemigos tienen la fuerza y todos los medios de justificar como verdadero lo que en sí es falso.
El rey desea igualmente que yo ver y hablar al gran duque y darle por sí mismo la protesta que tiene en su poder. Los dos estamos agradecidos al envío que ha hecho de tropas suyas y a todas las pruebas que nos da de su amistad. Debe estar S. A. I. bien persuadido de la que nosotros le hemos tenido siempre y conservamos ahora. Nos ponemos en sus manos y las del emperador y confiamos que nos concederá lo que pedimos.
Estos son todos nuestros deseos cuando estamos puestos en las manos de tan grande y generoso monarca y héroe.»
Carta de la reina de Etruria al gran duque de Berg en Aranjuez a 22 de marzo de 1808, con una posdata del rey Carlos IV.
«Señor mi hermano: acabo de ver al edecán comandante, quien me ha entregado vuestra carta por la cual veo con mucha pena que mi padre y mi madre no han podido tener el gusto de veros, aunque lo deseaban eficazmente, porque toda su confianza tienen puesta en vos, de quien esperan que podréis contribuir a su tranquilidad.
El pobre príncipe de la Paz cubierto de heridas y contusiones está decaído en la prisión, y no cesa de invocar el terrible momento de su muerte. No hace recuerdo de otras personas que de su amigo el gran duque de Berg, y dice que este es el único en quien confía que le ha de conseguir su salud.
Mi padre, mi madre y yo hemos hablado con vuestro edecán comandante. Él os dirá todo. Yo fío en vuestra amistad y que por ella nos salvaréis a los tres y al pobre preso.
No tengo tiempo de deciros más: confio en vos. Mi padre añadirá dos líneas a esta carta: yo soy de corazón vuestra afectísima hermana y amiga. — María Luisa.»
Posdata de Carlos IV.
«Señor y muy querido hermano: habiendo hablado a vuestro edecán comandante e informádole de todo lo que ha sucedido, yo os ruego el favor de hacer saber al emperador que le suplico disponga la libertad del pobre príncipe de la Paz, quien solo padece por haber sido amigo de la Francia, y asimismo que se nos deje ir al país que más nos convenga llevándonos en nuestra compañía al mismo príncipe. Por ahora vamos a Badajoz: confio recibir antes vuestra respuesta caso de que absolutamente carezcáis de medios de vernos, pues mi confianza solo está en vos y en el emperador. Mientras tanto yo soy vuestro muy afecto hermano y amigo de todo corazón. — Carlos.»