Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 22 de marzo de 1808 junta con la anterior de su hija.
«Señor mi querido hermano: yo no tengo más amigos que V. A. I. El rey mi amado esposo os escribe implorando vuestra amistad. En ella está únicamente nuestra esperanza. Ambos os pedimos una prueba de que sois nuestro amigo, y es la de hacer conocer al emperador lo sincero de nuestra amistad y del afecto que siempre hemos profesado a su persona, a la vuestra y a la de todos los franceses.
El pobre príncipe de la Paz que se halla encarcelado y herido por ser amigo nuestro, apasionado nuestro y afecto a toda la Francia, sufre todo por causa de haber deseado el arribo de vuestras tropas y haber sido el único amigo nuestro permanente. Él hubiera ido a ver a V. A. si hubiera tenido libertad, y ahora mismo no cesa de nombrar a V. A. y de manifestar deseos de ver al emperador.
Consíganos V. A. que podamos acabar nuestros días tranquilamente en un país conveniente a la salud del rey (la cual está delicada como también la mía) y que sea esto en compañía de nuestro único amigo que también lo es de V. A.
Mi hija será mi intérprete si yo no logro la satisfacción de poder conocer personalmente y hablar a V. A. ¿Podríais hacer esfuerzos para vernos aunque fuera un solo instante de noche o como quisierais? El comandante edecán de V. A. contará todo lo que hemos dicho.
Espero que V. A. conseguirá para nosotros lo que deseamos, y que perdonará las faltas y olvidos que haya cometido yo en el tratamiento, pues no sé donde estoy, y debéis creer que no habrán sido por faltar a V. A. ni dejar de darle seguridad de toda mi amistad.
Ruego a Dios guarde a V. A. I. muchos años. Vuestra más afecta. — Luisa.»
Carta del general Monthion al gran duque de Berg en Aranjuez a 23 de marzo de 1808.
«Conforme a las órdenes de V. A. I. vine a Aranjuez con la carta de V. A. para la reina de Etruria. Llegué a las ocho de la mañana: la reina estaba todavía en cama: se levantó inmediatamente: me hizo entrar: le entregué vuestra carta: me rogó esperar un momento mientras iba a leerla con el rey y la reina sus padres: media hora después entraron todos tres a la sala en que yo me hallaba.
El rey me dijo que daba gracias a V. A. de la parte que tomabais en sus desgracias, tanto más grandes cuanto era el autor de ellas un hijo suyo. El rey me dijo: «que esta revolución había sido muy premeditada; que para ello se había distribuido mucho dinero, y que los principales personajes habían sido su hijo y Mr. Caballero ministro de la justicia: que S. M. había sido violentado para abdicar la corona por salvar la vida de la reina y la suya, pues sabía que sin esta diligencia los dos hubieran sido asesinados aquella noche; que la conducta del príncipe de Asturias era tanto más horrible cuanto más prevenido estaba de que conociendo el rey los deseos que su hijo tenía de reinar, y estando S. M. próximo a cumplir sesenta años, había convenido en ceder a su hijo la corona cuando este se casara con una princesa de la familia imperial de Francia como S. M. deseaba ardientemente.»