Se nos ha dicho que nuestro hijo Carlos va a partir mañana o antes para recibir al emperador, y que si no lo encuentra, avanzará hasta París. A nosotros se nos oculta esta resolución porque no quieren que la sepamos el rey ni yo, lo cual nos hace recelar un mal designio; pues mi hijo Fernando no se separa un momento de sus hermanos, y los hace malos con promesas y con los atractivos que agradan a los jóvenes que no conocen al mundo por experiencias &c.
Por esto conviene que el gran duque procure que el emperador no se deje engañar por medio de mentiras que lleven las apariencias de la verdad, respecto de que mi hijo no es afecto a los franceses, sino que ahora manifiesta serlo porque cree tener necesidad de aparentarlo. Yo recelo de todo si el gran duque, en quien habemos puesto nuestras esperanzas, no hace todos sus esfuerzos para que el emperador tome nuestra causa como suya propia. Tampoco dudamos que la amistad del gran duque sostendrá y salvará a su amigo, y nos lo dejará a nuestro lado para que todos tres juntos acabemos nuestros días tranquilamente retirados. Asimismo creemos que el gran duque tomará todos los medios para que el pobre príncipe de la Paz, amigo suyo y nuestro, sea trasladado a un pueblo cercano a Francia, de manera que su vida no peligre y sea fácil de transportarlo a Francia, y librarlo de las manos de sus sanguinarios enemigos.
Deseamos igualmente que el gran duque envíe a el emperador alguna persona que le informe de todo a fondo para evitar que S. M. I. pueda ser preocupado por las mentiras que se fraguan aquí de día y de noche contra nosotros y contra el pobre príncipe de la Paz, cuya suerte preferimos a la misma nuestra, porque estamos temblando de las dos pistolas que hay cargadas para quitarle la vida en caso necesario, y sin duda son efecto de alguna orden de mi hijo que hace conocer así cuál sea su corazón; y deseo que no se verifique jamás un atentado semejante con ninguno, aun cuando fuese el mayor malvado, y vos debéis creer que el príncipe no lo es.
En fin el gran duque y el emperador son los únicos que pueden salvar al príncipe de la Paz, así como a nosotros, pues si no resulta salvo, y si no se nos concede su compañía moriremos el rey mi marido y yo. Ambos creemos que si mi hijo perdona la vida al príncipe de la Paz, será cerrándolo en una prisión cruel donde tenga una muerte civil; por lo cual rogamos al gran duque y al emperador que lo salve enteramente, de manera que acabe sus días en nuestra compañía donde se disponga.
Conviene saber que se conoce que mi hijo teme mucho al pueblo; y los guardias de Corps son siempre sus consejeros y sus tiranos. — Luisa.»
Carta del rey Carlos IV al gran duque de Berg con otra de la reina su esposa en Aranjuez a 3 de abril de 1808.
«Mi señor y mi querido hermano: teniendo que pasar a Madrid Don Joaquín de Manuel de Villena, gentil-hombre de cámara y muy fiel servidor mío, para negocios particulares suyos, le he encargado presentarse a V. A., y asegurarle todo mi reconocimiento al interés que V. A. toma en mi suerte y en la del príncipe de la Paz, que está inocente. Podéis fiaros de hablar con Don Joaquín de Villena, porque yo aseguro su fidelidad. No hablaré ya de mis dolores, y mi esposa os dará en posdata razón detallada de los asuntos. Pudiera suceder que Villena no se atreva a entrar en casa de V. A. por no hacerse sospechoso. En tal caso mi hija dispondrá que recibáis esta carta. Perdonadme tantas importunidades, y ruego a Dios que tenga a V. A. en su santa y digna guarda. Mi señor y muy querido hermano. De V. A. I. y R. afecto hermano y amigo. — Carlos.»
Carta de la reina.
«Mi señor y hermano: la partida tan pronta de mi hijo Carlos, que será mañana, nos hace temblar. Las personas que le acompañan son malignas. El secreto inviolable que se les hace observar para con nosotros, nos causa grande inquietud, temiendo que sea conductor de papeles falsos contrahechos e inventados.
El príncipe de la Paz no hacía ni escribía nada sin que lo supiéramos y viésemos el rey mi marido y yo; y podemos asegurar que no ha cometido crimen alguno contra mi hijo ni contra nadie, pero mucho menos contra el gran duque, contra el emperador, ni contra los franceses. Él escribió de propio puño al gran duque y al emperador pidiendo a este un asilo y hablando de matrimonio; pero yo creo que el pícaro de Izquierdo no la entregó y la ha devuelto. El príncipe de la Paz estaba ya desengañado de la mala fe de Izquierdo, y por lo menos dudaba de su sinceridad. Los enemigos del pobre príncipe de la Paz, amigo de V. A., pintarán con los colores más vivos y apariencias de verdad cualesquiera mentiras. Son muy diestros para esto, y cuantos ocupan ahora los empleos son enemigos comunes suyos. ¿No podría V. A. enviar alguno que llegase antes que mi hijo Carlos a ver al emperador y prevenirle de todo, contándole la verdad y las imposturas de nuestros enemigos?