A las ocho de la mañana del 21 de agosto se divisaron los franceses viniendo de Torres Vedras. Imaginose Wellesley ser su intento atacar la izquierda de su ejército, que era la sierra al norte; y como estaba desguarnecida encaminó a aquel punto, una tras de otra, cuatro de las seis brigadas que coronaban las alturas de sudoeste y que era su derecha. No había sido tal el pensamiento de los franceses. Mas observando su general dicho movimiento, envió sucesivamente para sostener a un regimiento de dragones, hacia allí destacado, dos brigadas al mando de los generales Brenier y Solignac.
No por eso desistió Junot de proseguir en el plan de ataque que había concebido, y cuyo principal blanco era la eminencia situada delante de Vimeiro, en donde estaban apostadas, según hemos dicho, dos brigadas inglesas, las cuales se respaldaban contra otras dos que aún permanecían en las alturas de sudoeste.
Rompió el combate el general Delaborde, siguió a poco Loison, y por instantes arreció la pelea furiosamente. La reserva bajo las órdenes de Kellermann, viendo que los suyos no se apoderaban de la eminencia, fue en su ayuda, y en uno de aquellos acometimientos hirieron a Foy. Rechazaban los ingleses a sus intrépidos contrarios, aunque a veces flaqueaba alguno de sus cuerpos. Junot en la reserva observaba y dirigía el principal ataque sin descuidar su derecha. Mas en aquella no tuvieron ventura los generales Solignac y Brenier, habiendo sido uno herido y otro prisionero.
A las doce del día, después de tres horas de inútil lucha y disminuido el ejército francés con la pérdida de más de 1800 hombres, determinaron sus generales retirarse a una línea casi paralela a la que ocupaban los ingleses. Estos con parte de su fuerza todavía intacta consideraron entonces como suya la victoria, habiéndose apoderado de 13 cañones, y solo contando entre muertos y heridos unos 800 hombres. Parecía que era llegado el tiempo de perseguir a los vencidos con las tropas de refresco. Tal era el dictamen de Sir Arthur Wellesley, sin que ya fuese dueño de llevarle a cabo. Durante la acción había llegado al campo el general Burrard, a quien correspondía el mando en jefe. Con escrúpulo cortesano dejó a Wellesley rematar una empresa dichosamente comenzada. Pero al tratar de perseguir al enemigo, recobrando su autoridad, opúsose a ello, e insistió en aguardar a Moore. De prudencia pudo graduarse semejante opinión antes de la batalla: tanta precaución ahora si no disfrazaba celosa rivalidad, excedía los límites de la timidez misma.
Los franceses por la tarde sin ser incomodados se fueron a Torres Vedras. El 22 celebró Junot consejo de guerra, en el que acordaron abrir negociaciones con los ingleses por medio del general Kellermann, no dejando de continuar su retirada a Lisboa. Armisticio
entre ambos
ejércitos. Así se ejecutó; pero al tocar el negociador francés las líneas inglesas, había desembarcado ya y tomado el mando Sir H. Dalrymple. Con lo que en menos de dos días tres generales se sucedieron en el campo británico: mudanza perjudicial a las operaciones militares y a los tratos que siguieron, apareciendo cuán erradamente a veces proceden aun los gobiernos más prácticos y advertidos. Propuso Kellermann un armisticio, conformose el general inglés y se nombró para concluirle a Sir Arthur Wellesley. Convinieron los negociadores en ciertos artículos que debían servir de base a un tratado definitivo. Fueron los más principales: 1.º Que el ejército francés evacuaría a Portugal, siendo transportado a Francia con artillería, armas y bagaje por la marina británica. 2.º Que a los portugueses y franceses avecindados no se les molestaría por su anterior conducta política, pudiendo salir del territorio portugués con sus haberes en cierto plazo: y 3.º Que se consideraría neutral el puerto de Lisboa durante el tiempo necesario y conforme al derecho marítimo, a fin de que la escuadra rusa diese la vela sin ser a su salida incomodada por la británica. Señalose una línea de demarcación entre ambos ejércitos, quedando obligados recíprocamente a avisarse 48 horas de antemano en caso de volver a romperse las hostilidades.
Mientras tanto Junot había el 23 entrado en Lisboa, en donde los ánimos andaban muy alterados. Con la noticia de la acción de Roliça hubiérase el 20 conmovido la población a no haberla contenido con su prudencia el general Travot. Mas permaneciendo viva la causa de la fermentación pública, hubieron los franceses de acudir a precauciones severas, y aun al miserable y frágil medio de esparcir falsas nuevas, anunciando que habían ganado la batalla de Vimeiro. De poco hubieran servido sus medidas y artificios si oportunamente no hubiera llegado con su ejército el general Junot. A su vista forzoso le fue al patriotismo portugués reprimir ímpetus inconsiderados.
Por otra parte el armisticio tropezaba con obstáculos imprevistos. El general Bernardino Freire agriamente representó contra su ejecución, no habiendo tenido cuenta en lo estipulado ni con su ejército, ni con la junta de Oporto, ni tampoco con el príncipe regente de Portugal, cuyo nombre no sonaba en ninguno de los artículos. Aunque justa hasta cierto punto, fue desatendida tal reclamación. No pudo serlo la de Sir C. Cotton, comandante de la escuadra británica, quien no quiso reconocer nada de lo convenido acerca de la neutralidad del puerto y de los buques rusos allí anclados. Tuvieron pues que romperse las negociaciones.
Mucho incomodó a Junot aquel inesperado suceso; y escuchando antes que a sus apuros a la altivez de su pecho engreído con no interrumpida ventura, dispúsose a guerrear a todo trance. Mas sin recursos, angustiados los suyos y reforzados los contrarios con la división de Moore y un regimiento que el general Beresford traía de las aguas de Cádiz, se le ofrecían insuperables dificultades. Aumentábanse estas con el brío adquirido por la población portuguesa, la que después de las victorias alcanzadas, de tropel acudía a Lisboa y estrechaba las cercanías. Carecía también de la conveniente cooperación del almirante ruso, indiferente a su suerte y firme en no prestarle ayuda. Tal porte enfureció tanto más a Junot, cuanto la estancia de aquella escuadra en el Tajo había sido causa del rompimiento de las negociaciones entabladas. Así mal de su grado, solo y vencido de la amarga situación de su ejército, Convenio del
almirante ruso
con el inglés.
(* Ap. n. [5-6].) cedió Junot y asintió a la famosa convención concluida en Lisboa el 30 de agosto entre el general Kellermann y J. Murray, cuartel-maestre del ejército inglés. El ruso ajustó por sí en 3 de septiembre un convenio con el almirante inglés,[*] según el cual entregaba en depósito su escuadra al gobierno británico hasta seis meses después de concluida la paz entre sus gobiernos respectivos, debiendo ser transportados a Rusia los jefes, oficiales y soldados que la tripulaban.
Convención
de Cintra.
(* Ap. n. [5-7].)
La convención entre francesas e ingleses llamose malamente de Cintra, por no haber sido firmada allí ni ratificada.[*] Constaba de 22 artículos y además otros tres adicionales, partiendo de la base del armisticio antes concluido. Los franceses no eran considerados como prisioneros de guerra, y debían los ingleses transportarlos a cualquier puerto occidental de Francia entre Rochefort y Lorient. En el tratado se incluían las guarniciones de las plazas fuertes. Los españoles detenidos en pontones o barcos en el Tajo, se entregaban a disposición del general inglés, en trueque de los franceses que sin haber tomado parte en la guerra hubieran sido presos en España. No eran por cierto muchos, y los más habían ya sido puestos en libertad. Entre los que todavía permanecían arrestados soltó los suyos la junta de Extremadura, condescendiendo con los deseos del general inglés. Españoles
de Portugal. El número de españoles que gemían en Lisboa presos ascendía a 3500 hombres, procedentes de los regimientos de Santiago y Alcántara de caballería, de un batallón de tropas ligeras de Valencia, de granaderos provinciales y varios piquetes; los cuales bien armados y equipados desembarcaron en octubre a las órdenes del mariscal de campo Don Gregorio Laguna en la Rápita de Tortosa y en los Alfaques. Los demás artículos de la convención tuvieron sucesivamente cumplido efecto. Algunos de ellos suscitaron acaloradas disputas: sobre todo los que tenían relación con la propiedad de los individuos. Esto, y falta de transportes, dilataron la partida de los franceses.