La unión franca y leal de ambos paises, y el tropel portentoso de inesperados sucesos habían excitado en Inglaterra un vivo deseo de tomar partido con los patriotas españoles. No se limitó aquel a los naturales, no a aventureros ansiosos de buscar fortuna. Cundió también a extranjeros y subió hasta personajes célebres e ilustres. Los diputados españoles careciendo de la competente facultad se negaron constantemente a escuchar semejantes solicitudes. Sería prolijo reproducir aun las más principales. Contentarémonos con hacer mención de dos de las más señaladas. Fue una la del general Dumourier: Dumourier. con ahinco solicitaba trasladarse a la península, y tener allí un mando, o por lo menos ayudar de cerca con sus consejos. Figurábase que ellos y su nombre desbaratarían las huestes de Napoleón. Tachado de vario e inconstante en su conducta, y también de poco fiel a su patria, mal hubiera podido merecer la confianza de otra adoptiva. De muy diverso origen procedía la segunda solicitud, y de quien bajo todos respectos y por sus desgracias y las de su familia merecía otro miramiento y atención. Conde de Artois. Sin embargo no les fue dado a los diputados acceder al noble sacrificio que quería hacer de su persona el conde de Artois [hoy Carlos X de Francia] partiendo a España a pelear en las filas españolas.

Acompañaron a estas gestiones otras no dignas de olvido. Pocos días habían corrido después de la llegada a Londres de los diputados de Asturias, cuando el duque de Blacas [entonces conde] se les presentó Luis XVIII. a nombre de Luis XVIII, ilustre cabeza de la familia de Borbón, con objeto de reclamar el derecho al trono español que asistía a la rama de Francia, extinguida que fuese la de Felipe V. Evitando tan espinosa cuestión por anticipada, se respondió de palabra y con el debido acatamiento a la reclamación de un príncipe desventurado y venerable, lejos todavía de imaginarse que la insurrección de España le serviría de primer escalón para recuperar el trono de sus mayores. Más secamente se replicó a la nota, que al mismo propósito escribió a los diputados Príncipe
de Castelcicala. en favor de su amo, el príncipe de Castelcicala, embajador de Fernando IV, rey de las dos Sicilias. Provocó la diferencia en la contestación el modo poco atento y desmañado con que dicho embajador se expresó, pues al paso que reivindicaba derechos de tal cuantía, estudiosamente aun en el estilo esquivaba reconocer la autoridad de las juntas. La relación de estos hechos muestra la importancia que ya todos daban a la insurrección de España, deprimida entonces y desfigurada por Napoleón.

Pero si bien eran lisonjeros aquellos pasos, no podían fijar tanto la atención de los diputados como otros negocios que particularmente interesaban al triunfo de la buena causa. Para su prosecución se agregaron en primeros de julio a los de Galicia y Asturias los diputados de Sevilla el teniente general Don Juan Ruiz de Apodaca y el mariscal de campo Don Adrián Jácome. Unidos no solamente promovieron el envío de socorros, sino que además volvieron la vista al Norte de Europa. Despacharon a Rusia un comisionado, mas ya fuese falta suya o que aquel gabinete no estuviese todavía dispuesto a desavenirse con Francia, la tentativa no tuvo ninguna resulta. Mas dichosa fue la que hicieron para libertar la división española que estaba en Dinamarca a las órdenes del marqués de la Romana, merced al patriotismo de sus soldados, y a la actividad y celo de la marina inglesa.

Tropa española
en Dinamarca.

Hubiérase achacado a desvarío pocos meses antes el figurarse siquiera que aquellas tropas a tan gran distancia de su patria y rodeadas del inmenso poder y vigilancia de Napoleón, pisarían de nuevo el suelo español burlándose de precauciones, y aun sirviéndoles para su empresa las mismas que contra su libertad se habían tomado. Constaba a la sazón su fuerza de 14.198 hombres, y se componía de la división que en la primavera de 1807 había salido de España con el marqués de la Romana, y de la que estaba en Toscana y se le juntó en el camino. Por agosto de aquel año y a las órdenes del mariscal Bernadotte, príncipe de Ponte-Corvo, ocupaban dichas divisiones a Hamburgo y sus cercanías, después de haber gloriosamente peleado algunos de los cuerpos en el sitio de Stralsunda. Resuelto Napoleón a enseñorearse de España, juzgó prudente colocarlos en paraje más seguro, y con pretexto de una invasión en Suecia los aisló y dividió en el territorio danés. Estrecholos así entre el mar y su ejército. Napoleón determinó que ejecutasen aquel movimiento en marzo de 1808. Cruzó la vanguardia el pequeño Belt y desembarcó en Fionia. La impidió atravesar el gran Belt e ir a Zelandia la escuadra inglesa que apareció en aquellas aguas. Lo restante de la fuerza española detenida en el Schleswig, se situó después en las islas de Langeland y Fionia y en la península de Jutlandia. Así continuó, excepto los regimientos de Asturias y Guadalajara que de noche y precavidamente consiguieron pasar el gran Belt y entrar en Zelandia. Las novedades de España aunque alteradas y tardías habían penetrado en aquel apartado reino. Pocas eran las cartas que los españoles recibían, interceptando el gobierno francés las que hablaban de las mudanzas intentadas o ya acaecidas. Causaba el silencio desasosiego en los ánimos, y aumentaba el disgusto el verse las tropas divididas y desparramadas.

En tal congoja recibiose en junio un despacho de Don Mariano Luis de Urquijo para que se reconociese y prestase juramento a José, con la advertencia «de que se diese parte si había en los regimientos algún individuo tan exaltado que no quisiera conformarse con aquella soberana resolución, desconociendo el interés de la familia real y de la nación española.» No acompañaron a este pliego otras cartas o correspondencia, lo que despertó nuevas sospechas. También el 24 del mismo mes había al propio fin escrito al de la Romana el mariscal Bernadotte. El descontento de soldados y oficiales era grande, los susurros y hablillas muchos, y temíanse los jefes alguna seria desazón. Por tanto adoptáronse para cumplir la orden recibida convenientes medidas, que no del todo bastaron. En Fionia salieron gritos de entre las filas de Almansa y Princesa de viva España y muera Napoleón, y sobre todo el tercer batallón del último regimiento anduvo muy alterado. Los de Asturias y Guadalajara abiertamente se sublevaron en Zelandia, fue muerto un ayudante del general Fririon, y este hubiera perecido si el coronel del primer cuerpo no le hubiese escondido en su casa. Rodeados aquellos soldados fueron desarmados por tropas danesas. Hubo también quien juró con condición de que José hubiese subido al trono sin oposición del pueblo español. Cortapisa honrosa y que ponía a salvo la más escrupulosa conciencia, aun en caso de que obligase un juramento engañoso, cuyo cumplimiento comprometía la suerte e independencia de la patria.

Marqués
de la Romana.

Mas semejantes ocurrencias excitaron mayor vigilancia en el gobierno francés. Aunque ofendidos e irritados, calladamente aguantaban los españoles hasta poder en cuerpo o por separado libertarse de la mano que los oprimía. El mismo general en jefe viose obligado a reconocer al nuevo rey, dirigiéndole, como a Bernadotte, una carta harto lisonjera. La contradicción que aparece entre este paso y su posterior conducta se explica con la situación crítica de aquel general y su carácter; por lo que daremos de él y de su persona breve noticia.

Don Pedro Caro y Sureda marqués de la Romana, de una de las más ilustres casas de Mallorca, había nacido en Palma, capital de aquella isla. Su edad era la de 46 años, de pequeña estatura, mas de complexión recia y enjuta, acostumbrado su cuerpo a abstinencia y rigor. Tenía vasta lectura no desconociendo los autores clásicos latinos y griegos, cuyas lenguas poseía. De la marina pasó al ejército al empezar la guerra de Francia en 1793, y sirvió en Navarra a las órdenes de su tío Don Juan Ventura Caro. Yendo de allí a Cataluña ascendió a general, y mostrose entendido y bizarro. Obtuvo después otros cargos. Habiendo antes viajado en Francia, se le miró como hombre al caso para mandar la fuerza española que se enviaba al Norte. Faltábale la conveniente entereza, pecaba de distraído, cayendo en olvidos y raras contradicciones. Juguete de aduladores, se enredaba a veces en malos e inconsiderados pasos. Por fortuna en la ocasión actual no tuvieron cabida aviesas insinuaciones, así por la buena disposición del marqués, como también por ser casi unánime en favor de la causa nacional la decisión de los oficiales y personas de cuenta que le rodeaban.

Bien pronto en efecto se les ofreció ocasión de justificar los nobles sentimientos que los animaban. Desde junio los diputados de Galicia y Asturias habían procurado por medio de activa correspondencia ponerse en comunicación con aquel ejército; mas en vano: sus cartas fueron interceptadas o se retardaron en su arribo. También el gobierno inglés envió un clérigo católico de nombre Robertson, el que si bien consiguió abocarse con el marqués de la Romana, nada pudo entre ellos concluirse ni determinarse definitivamente. Mientras tanto llegaron a Londres Don Juan Ruiz de Apodaca y Don Adrián Jácome, y como era urgente sacar, por decirlo así, de cautiverio a los soldados españoles de Dinamarca, concertáronse todos los diputados y resolvieron que los de Andalucía enviasen al Báltico a su secretario, Lobo. el oficial de marina Don Rafael Lobo, sujeto capaz y celoso. Proporcionó buque el gobierno inglés, y haciéndose a la vela en julio arribó Lobo el 4 de agosto al gran Belt, en donde con el mismo objeto se había apostado a las órdenes de Sir R. Keats parte de la escuadra inglesa que cruzaba en los mares del Norte.