Don Rafael Lobo ancló delante de las islas dinamarquesas, a tiempo que en aquellas costas se había despertado el cuidado de los franceses por la presencia y proximidad de dicha escuadra. Deseoso de avisar su venida empleó Lobo inútilmente varios medios de comunicar con tierra. Empezaba ya a desesperanzar, Fábregues. cuando el brioso arrojo del oficial de voluntarios de Cataluña Don Juan Antonio Fábregues, puso término a la angustia. Había este ido con pliegos desde Langeland a Copenhague. A su vuelta con propósito de escaparse, en vez de regresar por el mismo paraje, buscó otro apartado, en donde se embarcó mediante un ajuste con dos pescadores. En la travesía columbrando tres navíos ingleses fondeados a cuatro leguas de la costa, arrebatado de noble inspiración tiró del sable y ordenó a los dos pescadores, únicos que gobernaban la nave, hacer rumbo a la escuadra inglesa. Un soldado español que iba en su compañía ignorando su intento, arredrose y dejó caer el fusil de las manos. Con presteza cogió el arma uno de los marineros, y mal lo hubiera pasado Fábregues, si pronto y resuelto este, dando al danés un sablazo en la muñeca, no le hubiese desarmado. Forzados pues se vieron los dos pescadores a obedecer al intrépido español. Déjase discurrir de cuánto gozo se embargarían los sentidos de Fábregues al encontrarse a bordo con Lobo, como también cuánta sería la satisfacción del último cerciorándose de que la suerte le proporcionaba seguro conducto de tratar y corresponder con los jefes españoles.
No desperdiciaron ni uno ni otro el tiempo que entonces era a todos precioso. Fábregues a pesar del riesgo se encargó de llevar la correspondencia, y de noche y a hurtadillas le echó en la costa de Langeland un bote inglés. Avistose a su arribo y sin tardanza con el comandante español, que también lo era de su cuerpo, Don Ambrosio de la Cuadra, confiado en su militar honradez. No se engañó porque asintiendo este a tan digna determinación, prontamente y disfrazado despachó al mismo Fábregues para que diese cuenta de lo que pasaba al marqués de la Romana. Trasladose a Fionia en donde estaba el cuartel general, y desempeñó en breve y con gran celo su encargo.
Causaron allí las nuevas que traía profunda impresión. Crítica era en verdad y apurada la posición de su jefe. Como buen patricio anhelaba seguir el pendón nacional, mas como caudillo de un ejército pesábale la responsabilidad en que incurriría si su noble intento se desgraciaba. Perplejo se hubiera quizá mantenido a no haberle estimulado con su opinión y consejos los demás oficiales. Dispónense
a embarcarse
las tropas
del Norte. Decidiose en fin al embarco, y convino secretamente con los ingleses en el modo y forma de ejecutarle. Al principio se había pensado en que se suspendiese hasta que noticiosas del plan acordado las tropas que había en Zelandia y Jutlandia, se moviesen todas a un tiempo antes de despertar el recelo de los franceses. Mas informados estos de haber Fábregues comunicado con la escuadra inglesa, menester fue acelerar la operación trazada.
Dieron principio a ella los que estaban en Langeland enseñoreándose de la isla. Prosiguió Romana y se apoderó el 9 de agosto de la ciudad de Nyborg, punto importante para embarcarse y repeler cualquier ataque que intentasen 3000 soldados dinamarqueses existentes en Fionia. Los españoles acuartelados en Swendborg y Faaborg al mediodía de la misma isla, se embarcaron para Langeland también el 9, y tomaron tierra desembarazadamente. Con más obstáculos tropezó el regimiento de Zamora, acantonado en Fridericia: Kindelán. engañole Don Juan de Kindelán, segundo de Romana, que allí mandaba. Aparentando desear lo mismo que sus soldados dispúsose a partir y aun embarcó su equipaje; pero en el entretanto no solo dio aviso de lo que ocurría al mariscal Bernadotte, sino que temiendo que se descubriese su perfidia, cautelosamente y por una puerta falsa se escapó de su casa. Amenazados por aquel desgraciado incidente apresuráronse los de Zamora a pasar a Middlefahrt, y sin descanso caminaron desde allí por espacio de veintiuna horas, hasta incorporarse en Nyborg con la fuerza principal, habiendo andado en tan breve tiempo más de dieciocho leguas de España. Huido Kindelán y advertidos los franceses, parecía imposible que se salvasen los otros regimientos que había en Jutlandia: con todo lo consiguieron dos de ellos. Fue el primero el de caballería del Rey. Ocupaba a Aarhus, y por el cuidado y celo de su anciano coronel, fletando barcas salvose y arribó a Nyborg. Otro tanto sucedió con el del Infante, también de caballería, situado en Manders y por consiguiente más lejos y al norte. No tuvo igual dicha el de Algarbe, único que allí quedaba. Retardó su marcha por indecisión de su coronel, y aunque más cerca de Fionia que los otros dos, fue sorprendido por las tropas francesas. En aquel encuentro el capitán Costa que mandaba un escuadrón, al verse vendido prefirió acabar con su vida tirándose un pistoletazo. Imposible fue a los regimientos de Asturias y Guadalajara acudir al punto de Corsoer que se les había indicado como el más vecino a Nyborg desde la costa opuesta de Zelandia. Desarmados antes, según hemos visto, y cuidadosamente observados, envolviéronlos las tropas danesas al ir a ejecutar su pensamiento. Así que entre estos dos cuerpos el de Algarbe de caballería, algunas partidas sueltas y varios oficiales ausentes por comisión o motivo particular, quedaron en el norte 5160 hombres, y 9038 fueron los que unidos en Langeland y pasada reseña se contaron prontos a dar la vela. Abandonáronse los caballos no habiendo ni transportes ni tiempo para embarcarlos. Muchos de los jinetes no tuvieron ánimo para matarlos, y siendo enteros y viéndose solos y sin freno, se extendieron por la comarca y esparcieron el desorden y espanto.
Kindelán
y Guerrero.
Don Juan de Kindelán había en el intermedio llegado al cuartel general de Bernadotte, y no contento con los avisos dados, descubrió al capitán de artillería Don José Guerrero, encargado por Romana de una comisión importante en el Schleswig. Arrestáronle, y enfurecido con la alevosía de Kindelán apellidole traidor delante de Bernadotte, quedando aquel avergonzado y mirándole después al soslayo los mismos a quienes servía: merecido galardón a su villano proceder. Salvó la vida a Guerrero la hidalga generosidad del mariscal francés, quien le dejó escapar y aun en secreto le proporcionó dinero.
Juramento
de los españoles
en Langeland.
Mas al paso que tan dignamente se portaba con un oficial honrado y benemérito, forzoso le fue, obrando como general, poner en práctica cuantos medios estaban a su alcance para estorbar la evasión de los españoles. Ya no era dado ejecutarlo por la violencia. Acudió a proclamas y exhortaciones, esparciendo además sus agentes falsas nuevas, y procurando sembrar rencillas y desavenencias. Pero ¡cuán grandioso espectáculo no ofrecieron los soldados españoles en respuesta a aquellos escritos y manejos! Juntos en Langeland, clavadas sus banderas en medio de un círculo que formaron, y ante ellas hincados de rodillas, juraron con lágrimas de ternura y despecho ser fieles a su amada patria y desechar seductoras ofertas. No; la antigüedad, con todo el realce que dan a sus acciones el transcurso del tiempo y la elocuente pluma de sus egregios escritores, no nos ha transmitido ningún suceso que a este se aventaje. Nobles e intrépidos sin duda fueron los griegos cuando unidos a la voz de Jenofonte para volver a su patria, dieron a las falaces promesas del rey de Persia aquella elevada y sencilla respuesta [*] (* Ap. n. [5-9].) «hemos resuelto atravesar el país pacíficamente si se nos deja retirarnos al suelo patrio, y pelear hasta morir si alguno nos lo impidiese.» Mas a los griegos no les quedaba otro partido que la esclavitud o la muerte; a los españoles, permaneciendo sosegados y sujetos a Napoleón, con largueza se les hubieran dispensado premios y honores. Aventurándose a tornar a su patria, los unos, llegados que fuesen, esperaban vivir tranquilos y honrados en sus hogares; los otros, si bien con nuevo lustre, iban a empeñarse en una guerra larga, dura y azarosa, exponiéndose, si caían prisioneros, a la tremenda venganza del emperador de los franceses.
Dan la vela
para España.
Urgiendo volver a España, y siendo prudente alejarse de costas dominadas por un poderoso enemigo, abreviaron la partida de Langeland y el 13 se hicieron a la vela para Gotemburgo en Suecia. En aquel puerto, entonces amigo, aguardaron transportes, y antes de mucho dirigieron el rumbo a las playas de su patria, en donde no tardaremos en verlos unidos a los ejércitos lidiadores.