Trátase de reunir
una junta central.

Habiendo llegado los asuntos públicos dentro y fuera del reino a tal punto de pronta e impensada felicidad, cierto que no faltaba para que fuese cumplida sino reconcentrar en una sola mano o cuerpo la potestad suprema. Mas la discordancia sobre el modo y lugar, las dificultades que nacieron de un estado de cosas tan nuevo, y rivalidades y competencias retardaron su nombramiento y formación.

Situación
de Madrid.

Perjudicó también a la apetecida brevedad; la situación en que quedó a la salida del enemigo la capital de la monarquía. Los moradores ausentes unos, y amedrantados otros con el duro escarmiento del 2 de mayo, o no pudieron o no osaron nombrar un cuerpo que, a semejanza de las demás provincias, tomase las riendas del gobierno de su territorio y sirviese de guía a todo el reino. Verdad es que Madrid ni por su población ni por su riqueza no habiendo nunca ejercido, como acontece con algunas capitales de Europa, poderoso influjo en las demás ciudades, hubiera necesitado de mayor esfuerzo para atraerlas a su voz y acelerar su ayuntamiento y concordia. Con todo, hubiéranse al fin vencido tamaños obstáculos si no se hubiera encontrado otro superior en el consejo real o de Castilla; el cual, desconceptuado en la nación por su incierta, tímida y reprensible conducta con el gobierno intruso, tenía en Madrid todavía acérrimos partidarios en el numeroso séquito de sus dependientes y hechuras. Aunque érale dado con tal arrimo proseguir en su antigua autoridad, mantúvose quedo y como arrumbado a la partida de los franceses; ora por temor de que estos volviesen, ora también por la incertidumbre en que estaba de ser obedecido. Al fin y poco después tomó bríos viendo que nadie le salía al encuentro, y sobre todo impelido del miedo con que a muchos sobrecogió un sangriento desmán de la plebe madrileña.

Asesinato
de Viguri.

Vivía en la capital retirado y oscurecido Don Luis Viguri, antiguo intendente de la Habana y uno de los más menguados cortesanos del príncipe de la Paz, cuya desgracia, según dijimos, le había acarreado la formación de una causa. Parece ser que no se aventajaba a la pública su vida privada, y que con frecuencia maltrataba de palabra y obra a un familiar suyo. Adiestrado este en la mala escuela de su amo, luego que se le presentó ocasión no la desaprovechó y trató de vengarse. Un día, y fue el 4 de agosto, a tiempo que reinaba en Madrid una sorda agitación, antojósele al mal aventurado Viguri desfogar su encubierta ira en el tan repetidamente golpeado doméstico, quien encolerizado apellidó en su ayuda al populacho, afirmando con verdad o sin ella que su amo era partidario de José Napoleón. A los gritos arremolinose mucha gente delante de las puertas de la habitación. Asustado Viguri quiso desde un balcón apaciguar los ánimos; pero los gestos que hacía para acallar el ruido y vocería, y poder hablar, fueron mirados por los concurrentes como amenazas e insultos, con lo que creció el enojo; y allanando la casa y cogiendo al dueño, le sacaron fuera e inhumanamente le arrastraron por las calles de Madrid.

Consejo
de Castilla.

Atemorizáronse al oír la funesta desgracia consejeros y cortesanos, estremeciéronse los de la parcialidad del intruso, y acongojáronse hasta los pacíficos y amantes del orden. Huérfana la capital y sin nueva corporación que la rigiese, fácil le fue al consejo, aprovechándose de aquel suceso y aprieto, recobrar el poder que se figuraba competirle. El bien común y público sosiego pedían, no hay duda, el establecimiento de una autoridad estable y única: y lástima fue que el vecindario de Madrid no la hubiera por sí formado; y tal, que enfrenando las pasiones populares y atajando al consejo en sus ambiciosas miras, hubiese aunado, repetimos, y concertado más prontamente las voluntades de las otras juntas.

Sus manejos.

No fue así; y el consejo destruyendo el impulso que Madrid hubiera debido dar, acrecentó con sus manejos y pretensiones los estorbos y enredos. Cuerpo autorizado con excesivas y encontradas facultades, había en todos tiempos causado graves daños a la monarquía, y se imaginaba que no solo gobernaría ahora a Madrid, sino que extendería a todo el reino y a todos los ramos su poder e influjo. Admira tanta ceguedad y tan desapoderada ambición en un tiempo en que escrupulosamente se escudriñaba su porte con el intruso, y en que hasta se le disputaba el legítimo origen de su autoridad. Opinión sobre
aquel cuerpo. Así era que unos decían «si en realidad es el consejo, según pregona, el depositario de la potestad suprema en ausencia del monarca, ¿qué ha hecho para conservar intactas las prerrogativas de la corona? ¿qué en favor de la dignidad y derechos de la nación? Sumiso al intruso ha reconocido sus actos, o por lo menos los ha proclamado; y los efugios que ha buscado y las cortapisas que a veces ha puesto, más bien llevaban traza de ser un resguardo que evitase su personal compromiso que la oposición justa y elevada de la primera magistratura del reino.» Otros subiendo hasta la fuente de su autoridad, «nacido el consejo [decían] en los flacos y turbulentos reinados de los Juanes y Enriques, tomó asiento y ensanchó su poderío bajo Felipe II, cuando aquel monarca intentando descuajar la hermosa planta de las libertades nacionales, tan trabajadas ya del tiempo de su padre, procuraba sustentar su dominación en cuerpos amovibles a su voluntad y de elección suya, sin que ninguna ley fundamental de la monarquía ni las cortes permitiesen tal como era su establecimiento, ni deslindasen las facultades que le competían. Desde entonces el consejo, aprovechándose de los calamitosos tiempos en que débiles monarcas ascendieron al solio, se erigió a veces en supremo legislador formando en sus autos acordados leyes generales, para cuya adopción y circulación no pedía el beneplácito ni la sanción real. Ingiriose también en el ramo económico y manejó a su arbitrio los intereses de todos los pueblos, sobre no reconocer en la potestad judicial límites ni traba. Así acumulando en sí solo tan vasto poder, se remontaba a la cima de la autoridad soberana; y descendiendo después a entrometerse en la parte más ínfima, si no menos importante del gobierno, no podía construirse una fuente ni repararse un camino en la más retirada aldea o apartada comarca sin que antes hubiese dado su consentimiento. En unión con la inquisición y asistido del mismo espíritu, al paso que esta cortaba los vuelos al entendimiento humano, ayudábala aquel con sus minuciosas leyes de imprenta, con sus tasas y restricciones. Y si en tiempos tranquilos tanto perjuicio y tantos daños [añadían] nos ha hecho el consejo, institución monstruosa de extraordinarias y mal combinadas facultades, consentidas mas no legitimadas por la voz nacional, ¿no tocaría en frenesí dejarle con el antiguo poder cuando al mismo tiempo que la nación se libertaba con energía del yugo extranjero, el consejo que blasona ser cabecera del reino se ha mostrado débil, condescendiente y abatido, ya que no se le tenga por auxiliador y cómplice del enemigo?»