Tales discursos no estaban desnudos de razón, aunque participasen algún tanto de las pasiones que agitaban los ánimos. En su buen tiempo el consejo se había por lo general compuesto de magistrados íntegros, que con imparcialidad juzgaban los pleitos y desavenencias de los particulares: entre ellos se habían contado hombres profundos como los Macanaces y Campomanes, que con gran caudal de erudición y sana doctrina se habían opuesto a las usurpaciones de la curia romana y procurado por su parte la mejora y adelantamientos de la nación. Pero era el consejo un cuerpo de solos 25 individuos, los cuales por la mayor parte ancianos, y meros jurisperitos, no habían tenido ocasión ni lugar de extender sus conocimientos ni de perfeccionarse en otros estudios. Ocupados en sentenciar pleitos, responder a consultas y despachar negocios de comisiones particulares, no solamente fallaba a los más el saber y práctica que requieren la formación de buenas leyes y el gobierno de los pueblos, sino que también escasos de tiempo dejaban a subalternos ignorantes o interesados la resolución de importantísimos expedientes. Mal grave y sentido de todos tan de antiguo, que ya en 1751 propuso al rey el célebre ministro marqués de la Ensenada despojar al consejo de lo concerniente a gobierno, policía y economía, dejándole reducido a entender en la justicia civil y criminal y asuntos del real patronato.
No le iba pues bien al consejo insistir ahora en la conservación de sus antiguas facultades y aun en darles mayor ensanche. Con todo tal fue su intento. Seguro ya de que su autoridad sería en Madrid respetada, dirigiose a los presidentes de las juntas y a los generales de los ejércitos: a estos para que se aproximasen a la capital; a aquellos para que diputasen personas, que unidas al consejo tratasen de los medios de defensa: «tocando solo a él [decía] resolver sobre medidas de otra clase y excitar la autoridad de la nación y cooperar con su influjo, representación y luces al bien general de esta.» Ensoberbecidas las juntas con el triunfo de su causa, déjase discurrir con qué enfado y desdén replicarían a tan imprudente y desacordada propuesta. La de Galicia no solamente tachaba a cada uno de sus miembros de ser adicto a los franceses, sino que al cuerpo entero le echaba en cara haber sido el más activo instrumento del usurpador. Palafox en su respuesta con severidad le decía: «ese tribunal no ha llenado sus deberes»; y Sevilla le acusaba ante la nación «de haber obrado contra las leyes fundamentales... de haber facilitado a los enemigos todos los medios de usurpar el señorío de España... de ser en fin una autoridad nula e ilegal, y además sospechosa de haber cometido antes acciones tan horribles que podían calificarse de delitos atrocísimos contra la patria...» Al mismo son se expresaron todas las otras juntas fuera de la de Valencia, la cual en 8 de agosto aprobó los términos lisonjeros con que el consejo era tratado en un escrito leído en su seno por uno de sus miembros. Mas aquella misma junta, tan dispuesta en su favor, tuvo muy luego que retractarse mandando en 15 del propio mes «que ninguna autoridad de cualquier clase mantuviese correspondencia directa ni se entendiese en nada con el consejo.» Dio lugar a la mudanza de dictamen la presteza con que el último se metió a expedir órdenes como si ya no existiese la junta. Mal recibido de todos lados y aun ásperamente censurado, pareciole necesario al consejo dar un manifiesto en que sincerase su conducta y procedimientos: penoso paso a quien siempre había desestimado el tribunal de la opinión pública. Mas no por eso desistió de su propósito, ni menos descuidó emplear otros medios con que recobrar la autoridad perdida. Dábale particular confianza la desunión que reinaba en las juntas y varias contestaciones entre ellas suscitadas. Por lo que será bien referir las mudanzas acaecidas en su composición, y las explicaciones y altercados que precedieron a la instalación de un gobierno central.
Estado
de las juntas
provinciales.
En la forma interior de aquellos cuerpos contadas fueron las variaciones ocurridas. Habíase en Asturias congregado desde agosto una nueva junta que diese más fuerza y legitimidad al levantamiento de mayo, nombrando o reeligiendo sus concejos diputados que la compusiesen con pleno conocimiento del objeto de su reunión. Ninguna alteración sustancial había acaecido en Galicia; pero su junta convidó a la anterior, para que de común con ella y las de León y Castilla formasen todas una representación de las provincias del norte. Se habían las dos últimas confundido y erigido en una sola después de la aciaga jornada de Cabezón. Presidía a ambas el bailío Don Antonio Valdés, quien estando al principio de acuerdo con Don Gregorio de la Cuesta acabó por desavenirse con él y enojarse poderosamente. Reunidas en Ponferrada, como punto más resguardado, se trasladaron a Lugo, en cuya ciudad debía verificarse la celebración de juntas propuesta por la de Galicia. Esta mudanza fue el origen y principal motivo del enfado de Cuesta, no pudiendo tolerar que corporaciones que consideraba como dependientes de su autoridad, se alejasen del territorio de su mando y pasasen a una provincia con cuyos jefes estaba tan encontrado.
Concurrieron sin embargo a Lugo las tres juntas de Galicia, Castilla y León. No la de Asturias, ya por cierto desvío que había entre ella y la de Galicia, y también porque viendo próxima la reunión central de todas las provincias del reino, juzgó excusado y quizá perjudicial el que hubiese una parcial entre algunas del norte. Al tratarse de la formación de esta hubo diversos pareceres acerca del modo de su formación y composición. Quién opinaba por cortes, y quién soñaba un gobierno que diese principio y encaminase a una federación nacional. Adhería al primer dictamen Sir Carlos Stuart representante del gobierno inglés, como medio más acomodado a los antiguos usos de España. Pero las novedades introducidas en las constituciones de aquel cuerpo durante la dominación de las casas de Austria y Borbón, ofrecían para su llamamiento dificultades casi insuperables; pues al paso de ser muchas las ciudades de León y Castilla que enviaban procuradores a cortes, solo tenía una voz el populoso reino de Galicia y se veía privado de ella el principado de Asturias, cuna de la monarquía. Tal desarreglo pedía para su enmienda más tiempo y sosiego de lo que entonces permitían las circunstancias. Por su parte la junta de Galicia, sabedora de la idea de la federación, quería esquivar en sus vistas con las de León y Castilla, el tratar de la unión de un solo y único gobierno central. Mas la autoridad de Don Antonio Valdés, que todas tres habían elegido por su presidente, pudiendo más que el estrecho y poco ilustrado ánimo de ciertos hombres, y prevaleciendo sobre las pasiones de otros, consiguió que se aprobase su propuesta dirigida al nombramiento de diputados que en representación de las tres juntas acudiesen a formar con las demás del reino una central. Con tan prudente y oportuna determinación se evitaron los extravíos y aun lástimas que hubiera provocado la opinión contraria.
Asimismo cortaron cuerdos varones varias desavenencias movidas entre Sevilla y Granada. Pretendía la primera que la última se le sometiese, olvidada de la principal parte que habían tenido las tropas de su general Reding en los triunfos de Bailén. La rivalidad había nacido con la insurrección, no siendo dable fijar ni deslindar los límites de nuevas y desconocidas autoridades; y en vez de desaparecer aquella, tomó con la victoria alcanzada extraordinario incremento. Llegó a tal punto la exaltación y ceguera que el inquieto conde de Tilly propuso en el seno de la junta sevillana, que una división de su ejército marchase a sojuzgar a Granada. Presente Castaños y airado, a pesar de su condición mansa, levantose de su asiento, y dando una fuerte palmada en la mesa que delante había, exclamó: «¿quién sin mi beneplácito se atreverá a dar la orden de marcha que se pide? No conozco [añadió] distinción de provincias; soy general de la nación, estoy a la cabeza de una fuerza respetable y nunca toleraré que otros promuevan la guerra civil.» Su firmeza contuvo a los díscolos, y ambas juntas se conformaron en adelante con una especie de concierto concluido entre la de Sevilla y los diputados de Granada, Don Rodrigo Riquelme, regente de su chancillería, y el oidor Don Luis Guerrero, nombrados al intento y autorizados competentemente.
Diferían tan lamentables disputas la reunión del gobierno central, y como si estos y otros obstáculos naturales no bastasen por sí, nuevos intereses y pretensiones venían a aumentarlos. Recordará el lector los pasos que en Londres dio en favor de los derechos de su amo a la corona de España el príncipe de Castelcicala embajador del rey de las Dos Sicilias, y la repulsa que recibió de los diputados. No desanimado con ella su gobierno, ni tampoco con otra parecida que le dio el ministerio inglés, por julio envió a Gibraltar un emisario que hiciese nuevas reclamaciones. El gobernador Dalrymple le impidió circular papeles y propasarse a otras gestiones. Llegada
a Gibraltar
del príncipe
Leopoldo
de Sicilia. Mas tras del emisario despachó el gobierno siciliano al príncipe Leopoldo, hijo segundo del rey, a quien acompañaba el duque de Orléans. Fondearon ambos el 9 de agosto en la bahía de Gibraltar; pero no viéndose apoyados por el gobernador, pasó el de Orléans a Inglaterra y quedó en el puerto de su arribada el príncipe Leopoldo. Entretenía este la esperanza de que a su nombre y conforme quizá a secretos ofrecimientos, no tardaría en recibir una diputación y noticia de haber sido elevado a la dignidad de regente. Pero vano fue su aguardar; y era en efecto difícil que un príncipe de edad de 18 años, extranjero, sin recursos ni anterior fama, y sin otro apoyo que lejanos derechos al trono de España, fuese acogido con solícita diligencia en una nación en que era desconocido, y en donde para conjurar la tormenta que la azotaba se requerían otras prendas, mayor experiencia y muy diversos medios que los que asistían al príncipe pretendiente.
Hubo no obstante quien esparció por Sevilla la voz de que convenía nombrar una regencia compuesta del mencionado príncipe, del arzobispo de Toledo cardenal de Borbón, y del conde del Montijo. Con razón se atribuyó la idea a los amigos y parciales del último, quien conservando todavía cierta popularidad a causa de la parte que se le atribuía en la caída del príncipe de la Paz, procuraba aunque en vano subir a puesto de donde su misma inquietud le repelía. Mas los enredos y marañas de ciertos individuos eran desbaratados por la ambición de otros o la sensatez y patriotismo de las juntas.
Correspondencia
entre las juntas.
Así fue que a pesar del desencadenamiento de pasiones y de los obstáculos nacidos con la misma insurrección o causados por la presencia del enemigo, ya desde junio había llamado la atención de las juntas: 1.º La formación de un gobierno central; 2.º Un plan general con el que más prontamente se arrojase a los franceses del suelo patrio. Al propósito entablose entre ellas seguida correspondencia. Dio la señal la de Murcia, dirigiendo con fecha de 22 de junio una circular en que decía: «Ciudades de voto en cortes, reunámonos, formemos un cuerpo, elijamos un consejo que a nombre de Fernando VII organice todas las disposiciones civiles, y evitemos el mal que nos amenaza que es la división... Capitanes generales... de vosotros se debe formar un consejo militar de donde emanen las órdenes que obedezcan los que rigen los ejércitos...» Propuso también Asturias en un principio la convocación de cortes con algunas modificaciones, y hasta Galicia [no obstante la mencionada federación de algunos proyectada] comisionó cerca de las juntas del mediodía a Don Manuel Torrado, quien ya en últimos de julio se hallaba en Murcia, después de haberlas recorrido, y propuesto una central formada de dos vocales de cada una de las de provincia. En el propio sentido y en 16 de dicho julio había la de Valencia pasado a las demás su opinión impresa, lo que también por su parte y al mismo tiempo hizo la de Badajoz. No fue en zaga a las otras la junta de Granada, la cual apoyando la circular de Valencia, se dirigió a su competidora la de Sevilla, y desentendiéndose de desavenencias, señaló como acomodado asiento para la reunión la última ciudad.