No por eso se apresuraba esta, ostentando siempre su altanera supremacía. Pesábale en tanto grado descender de la cumbre a que se había elevado, que hubo un tiempo en que prohibió la venta y circulación de los papeles que convidaban a la apetecida concordia. Apremiada en fin por la voz pública y estrechada por el dictamen de algunos de sus individuos entendidos y honrados, publicó con fecha de 3 de agosto un papel en el que examinando los diversos puntos que en el día se ventilaban, proponía la formación de una junta central compuesta de dos vocales de cada una de las de provincia. Anduvo perezosa no obstante en acabar de escoger los suyos. Pero adhiriendo las otras juntas a las oportunas razones de su circular, cuyo contenido en sustancia se conformaba con la opinión que las más habían mostrado antes de concertarse, y que era la más general y acreditada, fueron todas sucesivamente escogiendo de su seno personas que las representasen en una junta única y central.
Proceder
del consejo.
Por su parte el consejo todavía esperaba recuperar con sus amaños y tenaz empeño el poder que para siempre querían arrebatarle de las manos. Mas no por eso y para cautivar las voluntades de los hombres ilustrados, mudó de rumbo, adoptando un sistema más nuevo y conforme al interés público y al progreso de la nación. Asustándose a la menor sombra de libertad, encadenó la imprenta con las mismas y aun más trabas que antes; redujo a dos veces por semana la diaria publicación de la Gaceta de Madrid; persiguió y aun llegó a formar causa a algunas personas que tenían en su poder papeles de las juntas, mayormente de la de Sevilla, y en fin resucitó en cuanto pudo su trillada, lenta y añeja manera de gobernar. Persuadiose que todo le era lícito a trueque de dar ciertos decretos de alistamiento y acopio de medios que mostrasen su interés por la causa de la independencia que tan mal había antes defendido. Y sobre todo cobró esperanza con la llegada a Madrid de varios generales en quienes presumía poder con buen éxito emplear su influjo.
Entrada
en Madrid
de Llamas
y Castaños.
Fue el primero que pisó el suelo de la capital con las tropas de Valencia y Murcia Don Pedro González de Llamas que había sucedido a Cervellón removido del mando. Atravesó la Puerta de Atocha con 8000 hombres a las seis de la mañana del día 13 de agosto. A pesar de hora tan temprana inmenso fue el concurso que salió a recibirle y extremado el entusiasmo. Pasó a frenesí al entrar el 23 por la misma puerta D. Francisco Javier Castaños acompañado de la reserva de Andalucía. Sus soldados adornados con los despojos del enemigo ofrecían en su variada y extraña mezcla el mejor emblema de la victoria alcanzada. Pasaron todos por debajo de un arco de sencilla y majestuosa arquitectura que había erigido la villa de Madrid junto a sus casas consistoriales. Proclamación
de Fernando VII. A estas entradas triunfales siguiéronse otros festejos con la proclamación de Fernando VII, hecha en esta ocasión por el legítimo alférez mayor de Madrid marqués de Astorga. Mas no a todos contentaban tanto bullicio y fiestas, pidiendo con sobrada razón que se pusiera mayor conato y celeridad en perseguir al enemigo, y en aumentar y organizar cumplidamente la fuerza armada. Daban particular peso a sus justas quejas y reclamaciones los acontecimientos por entonces ocurridos en Vizcaya y Navarra.
Insurrección
de Bilbao.
Habíase en la primera provincia levantado Bilbao al anunciarse la victoria de Bailén, y en 6 de agosto escogiendo su vecindario una junta, acordó un alistamiento general, y nombró por comandante militar al coronel Don Tomás de Salcedo. Sobremanera inquietó a los franceses esta insurrección, ya por el ejemplo y ya también porque comprometida su posición en las márgenes del Ebro, pudieran verse obligados a estrecharse más contra la frontera. Creció su recelo a mayor grado con asonadas y revueltas Movimiento
en Guipúzcoa
y Navarra. que hubo en Tolosa y pueblos de Guipúzcoa, y con las correrías que hacían y gente que allegaban en Navarra Don Antonio Egoaguirre y Don Luis Gil. Habían estos salido de Zaragoza en 27 de junio para alborotar aquel reino. Después de algún tiempo Gil empezó a incomodar al enemigo por el lado de Orbaiceta, se apoderó de muchas municiones de aquella fábrica, y amenazó y sembró el espanto hasta el mismo pueblo francés de San Juan de Pie de Puerto. Egoaguirre tampoco se descuidó en la comarca de Lerín: formando un batallón con nombre de Voluntarios de Navarra recorrió la tierra, y llamó tanto la atención que el general D’Agoult envió una columna desde Pamplona para atajar sus daños y alejarle del territorio de su mando.
José por su parte pensó en apagar prontamente la temible insurrección de Bilbao. Para ello envió contra aquella población una división a las órdenes del general Merlin. No era dado a sus vecinos sin tropa disciplinada resistir a semejante acometimiento.[*] (* Ap. n. [5-10].) Apostáronse sin embargo con aquella idea a media legua, y los franceses asomándose allí el 16 de agosto desbarataron y dispersaron a los bilbaínos, pereciendo miserablemente y después de haberse rendido prisionero el oficial de artillería Don Luis Power distinguido entre los suyos. Los auxilios que de Asturias llevaba el oficial inglés Roche llegaron tarde, y Merlin entró en Bilbao cuya ciudad fue con rigor tratada. En su correspondencia blasonaba el rey intruso de «haber apagado la insurrección con la sangre de 1200 hombres.» Singular jactancia y extraña en quien como José no era de corazón duro ni desapiadado.
El contratiempo de Bilbao que en Madrid provocaba las reclamaciones de muchos, difundiéndose por las provincias aumentó el clamor ya casi universal contra generales y juntas, reparando que algunos de aquellos se entregaban demasiadamente a divertimientos y regocijos, y que estas con celos y rivalidades retardaban la instalación de la junta central. Deseando el consejo aprovecharse de la irritación de los ánimos, y valiéndose de los lazos que le unían con Don Gregorio de la Cuesta, su antiguo gobernador, se concordó con este y discurrieron apoderarse del mando supremo. Nuevos manejos
del consejo. Mas como Cuesta carecía de la suficiente fuerza, fueles necesario tantear a Castaños, entonces algo disgustado con la junta de Sevilla. Avistose pues con el último Don Gregorio de la Cuesta, Propuesta
de Cuesta
a Castaños. y le propuso [según tenemos de la boca del mismo Castaños] dividir en dos partes el gobierno de la nación, dejando la civil y gubernativa al consejo, y reservando la militar al solo cuidado de ellos dos en unión con el duque del Infantado. Era Castaños sobrado advertido para admitir semejante proposición. Vislumbraba el motivo porque se le buscaba, y conocía que separando su causa de la de las juntas, quizá sería desobedecido del ejército, y aun de la división misma que se alojaba en Madrid.
Consejo
de guerra
celebrado
en Madrid.