de España.

LIBRO QUINTO.


(* Ap. n. [5-1].)
Primer sitio
y defensa
de Zaragoza.

Sin muro y sin torreones, según nos ha transmitido Floro,[*] defendiose largos años la inmortal Numancia contra el poder de Roma. También desguarnecida y desmurada resistió al de Francia con tenaz porfía, si no por tanto tiempo, la ilustre Zaragoza. En esta como en aquella mancillaron su fama ilustres capitanes: y los impetuosos y concertados ataques del enemigo tuvieron que estrellarse en los acerados pechos de sus invictos moradores. Por dos veces en menos de un año cercaron los franceses a Zaragoza; una malogradamente, otra con pérdidas e inauditos reveses. Cuanto fue de realce y nombre para Aragón la heroica defensa de su capital, fue de abatimiento y desdoro para sus sitiadores aguerridos y diestros no haberse enseñoreado de ella pronto y de la primera embestida.

Asiento
de la ciudad.

Baña a Zaragoza, asentada a la derecha margen, el caudaloso Ebro. Cíñela al mediodía y del lado opuesto Huerva, acanalado y pobre, que más abajo rinde a aquel sus aguas, y casi en frente a donde desde el Pirineo viene también a fenecer el Gállego. Por la misma parte y a un cuarto de legua de la ciudad se eleva el monte Torrero, cuya altura atraviesa la acequia imperial, que así llaman al canal de Aragón por traer su origen del tiempo del emperador Carlos V. Antes del sitio hermoseaban a Zaragoza en sus contornos feraces campiñas, viñedos y olivares con amenas y deleitables quintas, a que dan en la tierra el nombre de torres. A izquierda del Ebro está el Arrabal que comunica con la ciudad por medio de un puente de piedra, habiéndose destruido otro de madera en una riada que hubo en 1802. Pasaba la población de 55.000 almas: menguó con las muertes y destrozos. No era Zaragoza ciudad fortificada; diciendo Colmenar,[*] (* Ap. n. [5-2].) a manera de profecía, cosa ha de un siglo, «que estaba sin defensa, pero que reparaba esta falta el valor de sus habitantes.» Cercábala solamente una pared de diez a doce pies de alto y de tres de espesor, en parte de tapia y en otras de mampostería, interpolada a veces y formada por algunos edificios y conventos, y en la que se cuentan ocho puertas que dan salida al campo. No lejos de una de ellas, que es la del Portillo, y extramuros se distingue la Aljafería, antigua morada de los reyes de Aragón, rodeada de un foso y muralla, cuyos cuatro ángulos guarnecen otros tantos bastiones. Las calles en general son angostas, excepto la del Coso muy espaciosa y larga, casi en el centro de la ciudad, y que se extiende desde la puerta llamada del Sol hasta la plaza del Mercado. Las casas de ladrillo y por la mayor parte de dos o tres pisos. La adornan edificios y conventos bien construidos y de piedra de sillería. La piedad admira dos suntuosas catedrales, la de nuestra Señora del Pilar y la de la Seo, en las que alterna por años para su asistencia el cabildo. El último templo antiquísimo, el primero muy venerado de los naturales por la imagen que en su santuario se adora. Como no es de nuestra incumbencia hacer una descripción especial de Zaragoza, no nos detendremos ni en sus antigüedades ni grandeza, reservando para después hablar de aquellos lugares, que a causa de la resistencia que en ellos se opuso adquirieron desconocido renombre; porque allí las casas y edificios fueron otras tantas fortalezas.

Si ningunas eran en Zaragoza las obras de fortificación, tampoco abundaban otros medios de defensa. Vimos cuán escasos andaban al levantarse en mayo. El corto tiempo transcurrido no había dejado aumentarlos notablemente, y antes bien se habían minorado con los descalabros padecidos en Tudela y Mallén. Estado apurado
de Zaragoza. En semejante estado déjase discurrir la consternación de Zaragoza al esparcirse la nueva, en la noche del 14 de junio, de haber sido aquel día derrotado Don José de Palafox en las cercanías de Alagón, según dijimos en el anterior libro. Desapercibidos sus habitantes tan solamente hallaron consuelo con la presencia de su amado caudillo, que no tardó en regresar a la ciudad. Mas el enemigo no dio descanso ni vagar. Siguieron de cerca a Palafox, y tras él vinieron proposiciones del general Lefebvre-Desnouettes a fin de que se rindiese, con un pliego enderezado al propio objeto y firmado por los emisarios españoles Castelfranco, Villela y Pereira que acompañaban al ejército francés, y de quienes ya hicimos mención.

Fue la respuesta del general Palafox ir al encuentro de los invasores; y con las pocas tropas que le quedaban, algunos paisanos y piezas de campaña se colocó fuera no lejos de la ciudad al amanecer del 15. Salida
de Palafox,
15 de junio. Estaba a su lado el marqués de Lazán y muchos oficiales, mandando la artillería el capitán Don Ignacio López. Pronto asomaron los franceses y trataron de acometer a los nuestros con su acostumbrado denuedo. Pero Palafox viendo cuán superior era el número de sus contrarios, determinó retirarse, y ordenadamente pasó a Longares, pueblo seis leguas distante, desde donde continuó al Puerto del Frasno cercano a Calatayud: queriendo engrosar su corta división con la que reunía y organizaba en dicha ciudad el barón de Versages.