Semejante movimiento si bien acertado en tanto que no se consideraba a Zaragoza con medios para defenderse, dejaba a esta ciudad del todo desamparada y a merced del enemigo. Así se lo imaginó fundadamente el general francés Lefebvre-Desnouettes, y con sus 5 a 6000 infantes y 800 caballos a las nueve de la mañana del mismo 15 presentose con ufanía delante de las puertas. Habían crecido dentro las angustias: no eran arriba de 300 los militares que quedaban entre miñones y otros soldados: los cañones pocos y mal colocados como por gente a quien no guiaban oficiales de artillería, pues de los dos únicos con quien se contaba en un principio, Don Juan Cónsul y Don Ignacio López, el último acompañaba a Palafox y el primero, por orden suya, hallábase de comisión en Huesca. El paisanaje andaba sin concierto y por todas partes reinaba la indisciplina y confusión. Parecía por tanto que ningún obstáculo detendría a los enemigos, cuando el tiroteo de algunos paisanos y soldados desbandados los obligó a hacer parada y proceder precavidamente. De tan casual e impensado acontecimiento nació la memorable defensa de Zaragoza.
Primera
embestida
de los franceses
contra Zaragoza
y su derrota,
15 de junio.
La perplejidad y tardanza del general francés alentó a los que habían empezado a hacer fuego, y dio a otros alas para ayudarlos y favorecerlos. Pero como aún no había ni baterías ni resguardo importante, consiguieron algunos jinetes enemigos penetrar hasta dentro de las calles. Acometidos por algunos voluntarios y miñones de Aragón al mando del coronel Don Antonio de Torres, y acosados por todas partes por hombres, mujeres y niños, fueron los más de ellos despedazados cerca de nuestra Señora del Portillo, templo pegado a la puerta del mismo nombre.
Enfurecidos los habitantes y con mayor confianza en sus fuerzas después de la adquirida si bien fácil ventaja, acudieron sin distinción de clase ni de sexo a donde amagaba el peligro, y llevando a brazo los cañones antes situados en el mercado, plaza del Pilar y otros parajes desacomodados, los trasladaron a las avenidas por donde el enemigo intentaba penetrar, y de repente hicieron contra sus huestes horrorosas descargas. Creyó entonces necesario el general francés emprender un ataque formal contra las puertas del Carmen y Portillo. Puso su mayor conato en apoderarse de la última, sin advertir que situada a la derecha la Aljafería eran flanqueadas sus tropas por los fuegos de aquel castillo, cuyas fortificaciones aunque endebles, le resguardaban de un rebate. Así sucedió que los que le guarnecían, capitaneados por un oficial retirado de nombre Don Mariano Cerezo, militar tan bravo como patriota, escarmentaron la audacia de los que confiadamente se acercaban a sus muros. Dejáronles aproximarse y a quema ropa los ametrallaron. En sumo grado contribuyó a que fuera más certera la artillería en sus tiros un oficial sobrino del general Guillelmi, quien encerrado allí con su tío desde el principio de la insurrección, olvidándose del agravio recibido, solo pensó en no dar quiebra a su honra, y cumplió debidamente con lo que la patria exigía de su persona. Igualmente fueron los franceses repelidos en la Puerta del Carmen, sosteniendo por los lados el tremendo fuego que de frente se les hacía, escopeteros esparcidos entre las tapias, alameda y olivares, cuya buena puntería causó en las filas enemigas notable matanza. Nadie rehusaba ir a la lid: las mujeres corrían a porfía a estimular a sus esposos y a sus hijos, y atropellando por medio del inminente riesgo los socorrían con víveres y municiones. Los franceses aturdidos al ver tanto furor y ardimiento titubeaban y crecía con su vacilar el entusiasmo y valentía de los defensores. De nuevo no obstante y reiteradas veces embistieron la entrada del Portillo, desviándose de la Aljafería, y procurando cubrirse detrás de los olivares y arboledas. Menester fue para poner término a la sangrienta y reñida pelea que sobreviniese la noche. Bajo su amparo se retiraron los franceses a media legua de la ciudad, y recogieron sus heridos, dejando el suelo sembrado de más de 500 cadáveres. La pérdida de los españoles fue mucho más reducida, abrigados de tapias y edificios. Y de aquella señalada victoria, que algunos llamaron de las Eras, resultó el glorioso empeño de los zaragozanos de no entrar en pacto alguno con el enemigo y resistir hasta el último aliento.
Fuera de sí aquellos vecinos con la victoria alcanzada, ignoraban todavía el paradero del general Palafox. Grande fue su tristeza al saber su ausencia, y no teniendo fe en las autoridades antiguas ni en los demás jefes, los diputados y alcaldes de barrio a nombre del vecindario se presentaron Don Lorenzo
Calvo de Rozas. luego que cesó el combate al corregidor e intendente Don Lorenzo Calvo de Rozas, que, hechura de Palafox, merecía su confianza. Instáronle para que hiciera sus veces, y condescendió con sus ruegos en tanto que aquel no volviera. Unía Calvo en su persona las calidades que el caso requería. Declarado abiertamente en favor de la causa pública, habíase fugado de Madrid en donde estaba avecindado. Hombre de carácter firme y sereno, encerraba en su pecho, con apariencias de tibio, el entusiasmo y presteza de un alma impetuosa y ardiente. Autorizado como ahora se veía por la voz popular y punzado por el peligro que a todos amenazaba, empleó con diligencia cuantos medios le sugería el deseo de proteger contra la invasión extraña la ciudad que se ponía en sus manos.
Preparativos
de defensa
en Zaragoza.
Prontamente llamó al teniente de rey D. Vicente Bustamante para que expidiese y firmase a los de su jurisdicción las convenientes órdenes. Mandó iluminar las calles con objeto de evitar cualquier sorpresa o excesos; empezáronse a preparar sacos de tierra para formar baterías en las puertas de Sancho, el Portillo, Carmen y Santa Engracia; abriéronse zanjas o cortaduras en sus avenidas; dispusiéronse a artillarlas, y se levantó en toda la tapia que circuía a la ciudad una banqueta para desde allí molestar al enemigo con la fusilería. Prevínose a los vecinos en estado de llevar armas, que se apostasen en los diversos puntos debiendo alternar noche y día; ocupáronse los niños y mujeres en tareas propias de su edad y sexo, y se encargó a los religiosos hacer cartuchos de cañón y fusil, cumpliéndose con tan buen deseo y ahinco aquellas disposiciones, que a las diez de la noche se había ya convertido Zaragoza en un taller universal, en el que todos se afanaban por desempeñar debidamente lo que a cada uno se había encomendado.
Con más lentitud se procedió en la construcción de baterías por falta de ingeniero que dirigiese la obra. Don Antonio
Sangenís. Solo había uno, que era Don Antonio Sangenís, y este había sido el 15 llevado a la cárcel por los paisanos que le conceptuaban sospechoso, habiendo notado que reconocía las puertas y la ronda de la ciudad. Ignorose su suerte en medio de la confusión, pelea y agitación de aquel día y noche, y solo se le puso en libertad por orden de Calvo de Rozas en la mañana del 16. Sin tardanza trazó Sangenís atinadamente varias obras de fortificación, esmerándose en el buen desempeño, y ayudado en lugar de otros ingenieros por los hermanos Tabuenca, arquitectos de la ciudad. Pintan estos pormenores, y por eso no son de más, la situación de los zaragozanos, y lo apurados y escasos que estaban de recursos y de hombres inteligentes en los ramos entonces más necesarios.
Intimación
de Lefebvre
Desnouettes.
Los franceses, atónitos con lo ocurrido el 15, juzgaron imprudente empeñarse en nuevos ataques antes de recibir de Pamplona mayores fuerzas, con artillería de sitio, morteros y municiones correspondientes. Mientras que llegaba el socorro, queriendo Lefebvre probar la vía de la negociación, intimó el 17 que, a no venir a partido, pasaría a cuchillo a los habitantes cuando entrase en la ciudad. Contestósele dignamente,[*] (* Ap. n. [5-3].) y se prosiguió con mayor empeño en prepararse a la defensa.