El general
Palafox en Épila.
El general Palafox en tanto, vista la decisión que habían tomado los zaragozanos de resistir a todo trance al enemigo, trató de hostigarle y llamar a otra parte su atención. Unido al barón de Versages contaba con una división de 6000 hombres y cuatro piezas de artillería. El 21 de junio pasó en Almunia reseña de su tropa, y el 23 marchó sobre Épila. En aquella villa hubo jefes que notando el poco concierto de su tropa, por lo común allegadiza, opinaron ser conveniente retirarse a Valencia, y no empeorar con una derrota la suerte de Zaragoza. Palafox, asistido de admirable presencia de ánimo, congregó su gente, y delante de las filas, exhortando a todos a cumplir con el duro pero honroso deber que la patria les imponía, añadió que eran dueños de alejarse libremente aquellos a quienes no animase la conveniente fortaleza para seguir por el estrecho y penoso sendero de la virtud y de la gloria, o que tachasen de temeraria su empresa. Respondiose a su voz con universales clamores de aprobación, y ninguno osó desamparar sus banderas. De tamaña importancia es en los casos arduos la entera y determinada voluntad de un caudillo.
Acción de Épila.
Seguro de sus soldados, hizo propósito Palafox de avanzar la mañana siguiente a la Muela, tres leguas de Zaragoza, queriendo coger a los franceses entre su fuerza y aquella ciudad. Pero barruntando estos su movimiento, se le anticiparon y acometieron a su ejército en Épila a las nueve de la noche, hora desusada y en la que dieron de sobresalto e impensadamente sobre los nuestros por haber sorprendido y hecho prisionera una avanzada, y también por el descuido con que todavía andaban nuestras inexpertas tropas. Trabose la refriega, que fue empeñada y reñida. Como los españoles se vieron sobrecogidos, no hubo orden premeditado de batalla, y los cuerpos se colocaron según pudo cada uno en medio de la oscuridad. La artillería, dirigida por el muy inteligente oficial Don Ignacio López, se señaló en aquella jornada, y algunos regimientos se mantuvieron firmes hasta por la mañana, que, sin precipitación, tomaron la vuelta de Calatayud. En su número se contaba el de Fernando VII, que aunque nuevo, sostuvo el fuego por espacio de seis horas, como si se compusiera de soldados veteranos. También hombres sueltos de guardias españolas defendieron largo rato una batería de las más importantes. Disputaron pues unos y otros el terreno a punto que los franceses no los incomodaron en la retirada.
Piensa Palafox
en volver
a Zaragoza.
Palafox convencido no obstante de que no era dado con tropas bisoñas combatir ventajosamente en campo raso, y de que sería más útil su ayuda dentro de Zaragoza, determinó superando obstáculos meterse con los suyos en aquella ciudad, por lo que después de haberse rehecho, y dejando en Calatayud un depósito al mando del barón de Versages, dividió su corta tropa en dos pequeños trozos: encargó el uno a su hermano Don Francisco, y acaudillando en persona el otro volvió el 2 de julio a pisar el suelo zaragozano.
Entrada allí
el 24 de junio
de Lazán.
Ya había allí acudido desde el 24 de junio su otro hermano el marqués de Lazán, que era el gobernador, con varios oficiales, a instancias y por aviso del intendente Calvo de Rozas. Deseaba este un arrimo para robustecer aún más sus acertadas providencias, acordar otras, comprometer en la defensa a las personas de distinción que no lo estuviesen todavía, imponer respeto a la muchedumbre congregando una reunión escogida y numerosa, y afirmarla en su resolución por medio de un público y solemne juramento. Para ello convocó el 25 de junio una junta general de las principales corporaciones e individuos de todas clases, presidida por el de Lazán. En su seno expuso brevemente Calvo de Rozas el estado en que la ciudad se hallaba, y cuáles eran sus recursos, y excitó a los concurrentes a coadyuvar con sus luces y patriótico celo al sostenimiento de la causa común. Juramento
de los
zaragozanos. Conformes todos aprobaron lo antes obrado, se confirmaron en su propósito de vencer o morir, y resolvieron que el 26 los vecinos, soldados, oficiales y paisanos armados prestarían en calles y plazas, en baterías y puertas un público y majestuoso juramento. Amaneció aquel día y a una hora señalada de la tarde se pobló el aire de un grito asombroso y unánime, «de que los defensores de Zaragoza juntos y separados derramarían hasta la última gota de su sangre por su religión, su rey y sus hogares.»
Movió a curiosidad entre los enemigos la impensada agitación que causó tan nueva solemnidad, y con ansia de informarse de lo que pasaba, aproximose a la línea española un comandante de polacos acompañado de varios soldados; y aparentando deseos de tomar partido él y los suyos con los sitiados, pidió como seguro de su determinación tratar con los jefes superiores. Amenaza villana
de un polaco
a Calvo. Salió Calvo de Rozas, indicó al comandante que se adelantase para conferenciar solos: hízolo así, mas a poco y alevosamente cercaron a Calvo los soldados del contrario. Encaráronle las armas, y después de preguntar lo que en Zaragoza ocurría, tuvo el comandante la descompuesta osadía de decirle que no era su intento desamparar sus banderas; que había solo inventado aquella artimaña para averiguar de qué provenía la inquietud de la ciudad, e intimar de nuevo por medio de una persona de cuenta la rendición, siendo inevitable que al fin se sometiesen los zaragozanos al ejército francés, tan superior y aguerrido. Añadiole que a no consentir con lo que de él exigía sería muerto o prisionero. En vez de atemorizarse con la villana amenaza, reportado y sereno contestole Calvo: «harto conocidas son vuestras malas artes y la máscara de amistad con que encubrís vuestras continuadas perfidias, para que desprevenido y no muy sobre aviso acudiera yo a vuestro llamamiento: los muertos o prisioneros seréis vos y vuestros soldados si intentáis traspasar las leyes admitidas aun entre las naciones bárbaras. El castillo de donde estamos tan próximos a la menor señal mía disparará sus cañones y fusiles, que por disposición anterior están ya apuntados contra vosotros.» Alterose el polaco con la áspera contestación, y reprimiendo la ira suavizó su altanero lenguaje, ciñéndose a proponer al intendente Calvo una conferencia con sus generales. Vino en ello, y tomando la venia del de Lazán se escogió por sitio el frente de la batería del Portillo.
Conferencia
y proposiciones
de los generales
franceses.