Todavía en el mismo día avistáronse allí con Calvo y otros oficiales españoles autorizados por el gobernador y vecindario, los generales franceses Lefebvre y Verdier, recién llegado. Limitáronse las pláticas a insistir estos en la entrega de Zaragoza, ofreciendo olvido de lo pasado, respetar las personas y propiedades, y conservar a los empleados en sus destinos; con la advertencia que de lo contrario convertirían en cenizas la ciudad, y pasarían a cuchillo los moradores. Calvo contestó con brío, prometiendo sin embargo que daría cuenta de lo que proponían, y que en la mañana siguiente se les comunicaría la definitiva resolución, (* Ap. n. [5-4].) en cuya conformidad pasó el 27 temprano al campo francés Don Emeterio Barredo llevando consigo una respuesta [*] firmada por el marqués de Lazán, en la que se desechaban las insidiosas proposiciones del enemigo.

Los franceses,
reforzados.
Verdier,
general en jefe.

Claro era que estrechar el asedio y nuevas embestidas seguirían a repulsa tan temeraria, mayormente cuando los franceses habían engrosado su ejército, y cuando se había mejorado su posición. Por aquellos días además de haberse desembarazado de Palafox arrojándole de Épila, habían recibido de Pamplona y Bayona socorros de cuantía. Trájolos el general Verdier, quien por su mayor graduación reemplazó en el mando en jefe a Lefebvre, y no menos fueron por de pronto reforzados que con 3000 hombres, 30 cañones de grueso calibre, cuatro morteros, 12 obuses, y 800 portugueses a las órdenes de Gómez Freire. Fundadamente pensaron entonces que con buen éxito podrían vencer la tenacidad zaragozana.

Vuélase
un almacén
de pólvora.

Así fue que en el mismo día 27 renovaron el fuego, y dirigieron con particularidad su ataque contra los puestos exteriores. Repelidos con pérdida en las diversas entradas de la ciudad, de que quisieron apoderarse, no pudo impedírseles que se acercasen al recinto. Como en sus maniobras se notó el intento de enseñorearse del monte Torrero, con diligencia se metieron en Zaragoza los víveres y municiones que estaban encerrados en aquellos almacenes; mas tan oportuna precaución originó un desastre. A las tres de la tarde estremeciéronse todos los edificios, zumbando y resonando el aire con el disparo y caída de piedras, astillas y cascos. Tuviéronse los zaragozanos por muertos y como si fuesen a ser sepultados en medio de ruinas. Despavoridos y azorados huían de sus casas, ignorando de dónde provenía tanto ruido, turbación y fracaso. Causábalo el haberse pegado fuego por descuido de los conductores a la pólvora que se almacenaba en el seminario conciliar, y este y la manzana de casas contiguas y las que estaban enfrente se volaron o desplomaron, rompiéndose los cristales de la ciudad, con muertes y desdichas. Agregábase a la horrenda catástrofe la pérdida de la pólvora tan necesaria en aquel tiempo, y en el que había de todo apretada pobreza.

Y para que apareciese enteramente acrisolada la constancia aragonesa, los franceses fiados en la desolación y universal desconsuelo reiteraron sus ataques en tan apurado momento. No se descorazonaron los defensores, antes bien enfurecidos hicieron que se malograse la tentativa de los enemigos, inhumana en aquella sazón.

Desde aquel día no transcurrió uno en que no hubiese reñidas contiendas, escaramuzas, salidas, acometimientos de sitiados y sitiadores. Largo sería e imposible referir hazañas tantas y tan gloriosas, rara vez empañadas con alguna bastarda acción.

Ataque contra
el monte Torrero.

Túvose sin embargo por tal lo ocurrido en el monte Torrero. El comandante a cuyo cargo estaba el puesto, de nombre Falcón, ora por connivencia, ora por desaliento, que es a lo que nos inclinamos, le desamparó vergonzosamente, y el enemigo, enseñoreándose de aquellas alturas, causó en breve notables estragos.

Castigo
del comandante.