El vecindario por su parte, irritado de la conducta del comandante español, le obligó más adelante a que compareciese ante un consejo de guerra, y por sentencia de este fue arcabuceado. La misma suerte cupo durante el sitio al coronel Don Rafael Pesino, gobernador de las Cinco Villas, y a otros de menos nombre, acusados de inteligencia con el enemigo. Ejemplar castigo, tachado por algunos de precipitado, pero que miraron otros como saludable freno contra los que flaqueasen por tímidos o tramasen alguna alevosía.
Llegada
de un refuerzo
a los españoles.
Empeñábase así la resistencia, y cobraban todos ánimo con los oficiales y soldados que a menudo acudían en ayuda de la ciudad sitiada. Llenó sobre todo de particular gozo la llegada a últimos de junio de 300 soldados del regimiento de Extremadura al mando del teniente coronel Don Domingo Larripa, que vimos allá detenido en Tárrega, sin querer cumplir las órdenes de Duhesme, y también la que por entonces ocurrió de 100 voluntarios de Tarragona capitaneados por el teniente coronel Don Francisco Marcó del Pont. Compensábase con eso algún tanto el haber perdido las alturas de Torrero.
Mas dueños los franceses de semejante posición, determinaron molestar la ciudad con balas, granadas y bombas. Para ello colocaron en aquella eminencia una batería formidable de cañones de grueso calibre y morteros. Levantaron otras en diversos puntos de la línea, con especialidad en el paraje llamado de la Bernardona, enfrente de la Aljafería. 30 de junio,
principia
el bombardeo. Preparados de este modo, al terminarse el 30 de junio y a las doce de la noche rompieron el fuego, y dieron principio a un horroroso bombardeo. Los primeros tiros salvaron la ciudad sin hacer daño: acortáronlos, y las bombas penetrando por las bóvedas de la fábrica antigua de la iglesia del Pilar y arruinando varias casas, empezaron a causar quebrantos y destrozos.
Al amanecer los vecinos lejos de arredrarse a su vista, trabajaron a competencia y con sumo afán para disminuir las lástimas y desgracias. Nuevas obras
de defensa
de los sitiados. Construyéronse blindajes en calles y plazas, torciose el curso de Huerva y se le metió en la ciudad para apagar con presteza cualquier incendio. Franqueáronse los sótanos, empleando dentro en trabajos útiles y que pedían resguardo a los que no eran llamados a guerrear. Para observar el fogonazo y avisar la llegada de las bombas, pusiéronse atalayas en la torre que denominaban nueva, si bien fabricada en 1504, la cual elevándose en la plaza de San Felipe sola y sin arrimo pareció acomodada al caso, aunque ladeada a la manera de la famosa de Pisa. No satisfechos los sitiados con estas obras y las antes construidas, ideando otras, cortaron y zanjaron calles, atroneraron casas y tapiales, apilaron sacos de tierra, trazaron y erigieron nuevas baterías, las cubrieron con cañones arrumbados por viejos en la Aljafería o con los que sucesivamente llegaban de Lérida y Jaca, y en fin quemaron y talaron las huertas y olivares, los jardines y quintas que encubrían los aproches del enemigo, perjudicando a la defensa. Sus dueños no solamente condescendían en la destrucción con desprendimiento magnánimo, sino que las más veces ayudaban con sus brazos al total asolamiento. Y cuando lidiando en otro lado descubrían la llama que devoraba el fruto de años de sudor y trabajo o el antiguo solar de sus abuelos, ensoberbecíanse de cooperar así y con largueza a la libertad de la patria. ¿De qué no eran capaces varones dotados de virtudes tan esclarecidas?
Ataques del 1.º
y 2 de julio.
Al bombardeo siguiose en la mañana del 1.º de julio un ataque general en todos los puntos. Empezaron a batir la Aljafería y Puerta del Portillo, mandada por Don Francisco Marcó del Pont, los fuegos de la Bernardona. La Puerta del Carmen encargada al cuidado de Don Domingo Larripa fue casi al mismo tiempo embestida, y tampoco tardaron los enemigos en molestar la de Sancho custodiada por el sargento mayor Don Mariano Renovales. Con todo, siendo su mayor empeño apoderarse de la del Portillo, hubo allí tal estrago que, muertos en una batería exterior todos los que la defendían, nadie osaba ir a reemplazarlos, Agustina
Zaragoza. lo cual dio ocasión a que se señalase una mujer del pueblo llamada Agustina Zaragoza. Moza esta de 22 años y agraciada de rostro, llevaba provisiones a los defensores cuando acaeció el mencionado abandono. Notando aquella valerosa hembra el aprieto y desánimo de los hombres, corrió al peligroso punto, y arrancando la mecha aún encendida de un artillero que yacía por el suelo, puso fuego a una pieza, e hizo voto de no desampararla durante el sitio sino con la vida. Imprimiendo su arrojo nueva audacia en los decaídos ánimos, se precipitaron todos a la batería, y renovose tremendo fuego. Proeza muy semejante la de Agustina a la de María Pita en el sitio que pusieron los ingleses a la Coruña en 1589, fue premiada también de un modo parecido, y así como a aquella le concedió Felipe II el grado y sueldo de alférez vivo, remuneró Palafox a esta con un grado militar y una pensión vitalicia.
Continuaba vivísimo el fuego, y nuestra artillería muy certera arredraba al enemigo, sin que hasta entonces hubiese oficial alguno de aquella arma que la dirigiese. No eran todavía las doce del día cuando entre el horroroso y mortífero estruendo del cañón se presentaron los subtenientes de aquel distinguido cuerpo Don Jerónimo Piñeiro y Don Francisco Rosete, que fugados de Barcelona corrían apresuradamente a tomar parte en la defensa de Zaragoza. Sin descanso, después de largo viaje y fatigoso tránsito, se pusieron el primero a dirigir los fuegos de la entrada del Portillo, y el segundo los de la del Carmen. Con la ayuda de oficiales inteligentes creció el brío en los nuestros, y aumentose el estrago en los contrarios. La noche cortó el combate, mas no el bombardeo, renovándose aquel al despuntar del alba con igual furia que el día anterior. Las columnas enemigas con diversas maniobras intentaron enseñorearse del Portillo, y abierta brecha en la Aljafería se arrojaron a asaltar aquella fortaleza; pero fuese que no hallasen escalas acomodadas, o fuese más bien la denodada valentía de los sitiados, los franceses repelidos se desordenaron y dispersaron en medio de los esfuerzos de jefes y oficiales. Otro tanto pasaba en el Portillo y Carmen. El marqués de Lazán, durante el ataque, recorrió la línea en los puntos más peligrosos, remunerando a unos y alentando a otros con sus palabras.
Ya era entrada la tarde, desmayaban los enemigos, y los nuestros familiarizándose más y más con los riesgos de la guerra, desconocidos al mayor número, redoblaron sus esfuerzos alentados con un inesperado y para ellos halagüeño acontecimiento. Entrada
de Palafox
el 2 en Zaragoza. De boca en boca y con rapidez se difundió que Don José de Palafox estaba de vuelta en la ciudad y que pronto gozarían todos de su presencia. En efecto penetrando en Zaragoza a las cuatro de la tarde de aquel día, que era el 2, apareciose de repente en donde se lidiaba, y a su vista arrebatados de entusiasmo hicieron los nuestros tan firme rostro a los franceses, que sin insistir estos en nueva acometida se contentaron con proseguir el bombardeo.
Otros combates.