Viendo sin embargo que para aproximarse a las puertas era menester hacerse dueños de los conventos de San José y Capuchinos y otros puntos extramuros, comenzaron por entonces a embestirlos. En el convento de San José, asentado a la derecha del río Huerva, no había otro amparo que el de las paredes en cuyo macizo se habían abierto troneras. Asaltáronle 400 polacos, y repelidos con gran pérdida tuvieron que aguardar refuerzo, y aun así no se posesionaron de aquel puesto sino al cabo de horas de pelea. No fueron más afortunados en el de Capuchinos cercano a la Puerta del Carmen. Lucharon los defensores cuerpo a cuerpo en la iglesia, en los claustros, en las celdas, y no desampararon el edificio hasta después de haberle puesto fuego.

Puente echado
por los franceses
en San Lamberto.

También quisieron los franceses cercar la ciudad por la orilla izquierda del Ebro, principalmente a causa de los socorros que la libre comunicación proporcionaba. Para estorbarla pensaron en cruzar el río, echando el 10 de julio un puente de balsas en San Lamberto. Salió contra ellos el general Palafox con paisanos y una compañía de suizos que acababa de llegar. Batallaron largo tiempo, y vino con refuerzo a sostenerlos el intendente Calvo de Rozas, cuyo caballo fue derribado de una granada. Estrago hecho
por los mismos. Los enemigos no se atrevieron a pasar muy adelante, y aprovechando los nuestros el precioso respiro que daban, levantaron en el Arrabal tres baterías, una en los tejares, y las otras dos en el rastro de los clérigos y en San Lázaro: de las que protegidos los labradores se escopetearon varias veces con los franceses en el campo de las Ranillas y los ahuyentaron, distinguiéndose con frecuencia en la lid el famoso tío Jorge. Otras medidas
de los sitiados. Así que los sitiadores no pudieron cerrar del todo las comunicaciones de Zaragoza, pero talaron los campos, quemaron las mieses, y extendiéndose hacia el Gállego viose desconsoladamente arder el puente de madera que da paso al camino carretero de Cataluña, y destruirse e incendiarse las aceñas y molinos harineros que abastecían la ciudad. Las angustias crecían, mas al par de ellas también el ardimiento de los sitiados. Se acopió la harina del vecindario para amasar solamente pan de munición que todos comían con gusto, y para fabricar pólvora se establecieron molinos movidos por caballos, y se cogió el azufre en donde quiera que lo había: se lavó la tierra de las calles para tener salitre, y se hizo carbón con la caña del cáñamo tan alto en aquel país. No poco cooperó al acierto y dirección de estos trabajos, como de los demás que ocurrieron, el sabio oficial de artillería Don Ignacio López, quien desde entonces hasta el fin del sitio fue uno de los pilares en que estribó la defensa zaragozana.

Apodérase
el enemigo
de Villafeliche.

Eran estas precauciones tanto más necesarias, cuanto no solo los franceses ceñían más y más la plaza, sino que también previeron los sitiados que bien pronto intentarían destruir o tomar los molinos de pólvora de Villafeliche a doce leguas de Zaragoza, que eran los que la proveían. Así sucedió. El barón de Versages desde Calatayud asomándose a las alturas inmediatas a aquel pueblo, impidió al principio que lograsen su objeto. Mas revolviendo sobre él los enemigos con mayores fuerzas tuvo que replegarse y dejar en sus manos tan importantes fábricas.

Otros combates.

En medio del tropel de desdichas que oprimían a los zaragozanos permanecían constantes sin que nada los abatiese. En continuada vela desbarataban las sorpresas que a cada paso tentaban sus contrarios. El 17 de julio dueños ya estos del convento de Capuchinos, sigilosamente a las nueve de la noche procuraron ponerse bajo el tiro de cañón de la Puerta del Carmen. Los nuestros lo notaron y en silencio también aguardando el momento del asalto rompieron el fuego y derribaron sin vida a los que se gloriaban ya de ser dueños del puesto. Con mayor furia renovaron los sitiadores sus ataques allí y en las otras puertas las noches siguientes: en todas infructuosamente, no habiendo podido tampoco apoderarse del convento de Trinitarios descalzos sito extramuros de la ciudad.

En lucha tan encarnizada los españoles a veces molestaban al enemigo con sus salidas, y no menos quisieron que adelantarse hasta el monte Torrero. Aparentando pues un ataque formal por el paseo antes deleitoso que de la ciudad iba a aquel punto, dieron otros de sobresalto en medio del día en el campamento francés. Todo lo atropellaron y no se retiraron sino cubiertos de sangre y despojos. Por las márgenes del Gállego midieron igualmente unos y otros sus armas en varias ocasiones, y señaladamente en 29 de julio en que nuestros lanceros sacaron ventaja a los suyos con mucha honra y prez, sobresaliendo en los reencuentros el coronel Butrón, primer ayudante de Palafox.

Restaban aún nuevas y más recias ocasiones en que se emplease y resplandeciese la bizarría y firmeza de los zaragozanos. Noche y día trabajaban sus enemigos para construir un camino cubierto que fuese desde el convento de San José por la orilla del Huerva hasta las inmediaciones de la Bernardona, y a su abrigo colocar morteros y cañones, no mediando ya entre sus baterías y las de los españoles sino muy corta distancia.

Ataques del 3
y 4 de agosto.