Aguardábase por momentos una general embestida, y en efecto en la madrugada del 3 de agosto el enemigo rompió el fuego en toda la línea, cayendo principalmente una lluvia de bombas y granadas en el barrio de la ciudad situado entre las puertas de Santa Engracia y el Carmen hasta la calle del Coso. El coronel de ingenieros francés Lacoste, ayudante de Napoleón, que había llegado después de comenzado el sitio, con razón juzgó no ser acertado el ataque antes emprendido por el Portillo, y determinó que el actual se diese del lado de Santa Engracia, como más directo y como punto no flanqueado por el castillo. La principal batería de brecha estaba a 150 varas del convento, y constaba de 6 piezas de a 16 y de 4 obuses. Habían además establecido sobre todo el frente de ataque 7 baterías, de las que la más lejana estaba del recinto 400 varas. A tal distancia y tan reconcentrado fácil es imaginarse cuán terrible y destructor sería su fuego. Sea de propósito o por acaso, notose que sus tiros con particularidad se asestaban contra el hospital general en que había gran número de heridos y enfermos, los niños expósitos y los dementes. Al caer las bombas hasta los más postrados, desnudos y despavoridos saltaron de sus camas y quisieron salvarse. Grande desolación fue aquella. Mas con el celo y actividad de buenos patricios, muchos, en particular niños y heridos, se trasladaron a paraje más resguardado. Prosiguió todo aquel día el bombardeo, conmoviéndose unos edificios, desplomándose otros, y causando todo junto tal estampido y estruendo que se difundía y retumbaba a muchas leguas de Zaragoza.
Al alborear del 4 descubrieron los enemigos su formidable batería en frente de Santa Engracia. No había enderredor del monasterio foso alguno, coronando solo sus pisos varias piezas de artillería. Empezaron a batirle en brecha, acometiendo al mismo tiempo la entrada inmediata del mismo nombre, y distrayendo la atención con otros ataques del lado del Carmen, Portillo y Aljafería. A las nueve de la mañana estaban arrasadas casi todas nuestras baterías y practicables las brechas. Palafox presentándose por todas partes, corría a donde había mayor riesgo y sostenía la constancia de su gente. En lo recio del combate propúsole Lefebvre-Desnouettes: «paz y capitulación.» Respondiole Palafox: «guerra a cuchillo.» A su voz atropellábanse paisanos y soldados a oponerse al enemigo, y abalanzándose a dicho monasterio de Santa Engracia, célebre por sus antigüedades y por ser fundación de los reyes católicos, se metían dentro sin que los arredrara ni el desplomarse de los pisos ni la caída de las mismas paredes que amagaba. A todo hacían rostro, nada los desviaba de su temerario arrojo. Y no parecía sino que las sombras de los dos célebres historiadores de Aragón, Jerónimo Blancas y Zurita, cuyas cenizas allí reposaban, ahuyentadas del sepulcro al ruido de las armas y vagando por los atrios y bóvedas, los estimulaban y aguijaban a la pelea, representándoles vivamente los heroicos hechos de sus antepasados que tan verídica y noblemente habían trasmitido a la posteridad. Tanto tenía de sobrehumano el porfiado lidiar de los aragoneses.
Al cabo de horas, y cuando el terreno quedaba no sembrado sino cubierto de cadáveres, y en torno suyo ruinas y destrozos, pudieron los franceses avanzar y salir a la calle de Santa Engracia. Pisando ya el recinto vanagloriábanse de ser dueños de Zaragoza, y formados y con arrogancia se encaminaban al Coso.
Mas pesoles muy luego su sobrada confianza. Cogidos y como enredados entre calles y casas estuvieron expuestos a un horroroso fuego que de todos lados se les hacía a manera de granizada. Cortadas las bocacalles y parapetados los defensores con sacas de algodón y lana, y detrás de las paredes de las mismas casas, los abrasaron por decirlo así a quema ropa por espacio de tres horas, sin que pudieran salir al Coso, a donde desemboca la calle de Santa Engracia. Desesperanzaban ya los franceses de conseguirlo, cuando volándose un repuesto de pólvora que cerca tenían los españoles, con el daño y desorden que esta desgracia causó, fueles permitido a los acometedores llegar al Coso, y posesionarse de dos grandes edificios que hay en ambas esquinas, el del convento de San Francisco a la izquierda, y el hospital general a la derecha. En este fue espantoso el ataque, prendiose fuego, y los enfermos que quedaban arrojándose por las ventanas caían sobre las bayonetas enemigas. Entre tanto los locos encerrados en sus jaulas cantaban, lloraban o reían según la manía de cada uno. Los soldados enemigos tan fuera de sí como los mismos dementes, en el ardor del combate mataron a muchos y se llevaron a otros al monte Torrero, de donde después los enviaron. Mucha sangre había costado a los franceses aquel día, habiendo sido tan de cerca ofendidos: contáronse entre el número de los muertos oficiales superiores, y fue herido su mismo general en jefe Verdier.
Avanzan
los franceses
al Coso.
Dueños de aquella parte sentaron los enemigos sus águilas victoriosas en la cruz del Coso, templete con columnas en medio de la calle del mismo nombre. Todo parecía así perdido y acabado. Calvo de Rozas y el oficial Don Justo San Martín fueron los últimos que a las cuatro de la tarde, después de haberse volado el mencionado repuesto, desampararon la batería que enfilaba desde el Coso la avenida de Santa Engracia. Pero el primero no decayendo de ánimo dirigiose por la calle de San Gil al Arrabal para desde allí juntar dispersos, rehacer su gente, traer los que custodiaban aquellos puntos entonces no atacados, y con su ayuda prolongar hasta la noche la resistencia, aguardando de fuera y antes de la madrugada, según veremos, auxilio y refuerzos.
Favoreció a su empresa lo ocurrido en el hospital general, y una equivocación afortunada de los enemigos, quienes queriendo encaminarse al puente que comunica con el Arrabal, en vez de tomar la calle de San Gil que tomó Calvo y es la directa, desfilaron por el arco de Cineja, callejuela torcida que va a la Torrenueva. Aprovechándose los aragoneses del extravío, los arremetieron en aquella estrechura y los acribillaron y despedazaron. Obligoles a hacer alto semejante choque, y en el entretanto volviendo Calvo del Arrabal con 600 hombres de refresco y otros muchos que se le agregaron, desembocaron juntos y de repente en la calle del Coso en donde estaba la columna francesa. Embistió con 50 hombres escogidos, y el primero el anciano capitán Cerezo, que ya vimos en la Aljafería, yendo armado [para que todo fuera extraordinario] de espada y rodela, y bien unido con los suyos se arrojaron todos como leones sobre los contrarios, sorprendidos con el súbito y furibundo ataque. Acometieron los demás por diversos puntos, y disparando desde las casas trabucazos y todo linaje de mortíferos instrumentos, acosados los franceses y aterrados, se dispersaron y recogieron en los edificios de San Francisco y hospital general.
Anocheció al cesar la pelea, y vueltos los españoles del primer sobresalto supieron por experiencia con cuanta ventaja resistirían al enemigo dentro de las calles y casas. Sosteníales también la firme esperanza de que con el alba aparecería delante de sus puertas un numeroso socorro de tropas, que así se lo había prometido su idolatrado caudillo Don José de Palafox.
Salida de Palafox
de Zaragoza.
Había partido este de Zaragoza con sus dos hermanos a las doce del día del 4, después que los franceses dueños del monasterio de Santa Engracia estaban como atascados en las calles que daban al Coso. Presumíase con fundamento que no podrían en aquel día vencer los obstáculos con que encontraban; mas al mismo tiempo careciendo de municiones y menguando la gente, temíase que acabarían por superarlos si no llegaban socorros de a fuera, y si además tropas de refresco no llenaban los huecos y animaban con su presencia a los tan fatigados si bien heroicos defensores. No estaban aquellas lejos de la ciudad, pero dilatándose su entrada pensose que era necesario fuese Palafox en persona a acelerar la marcha. No quiso este sin embargo alejarse antes que le prometiesen los zaragozanos que se mantendrían firmes hasta su vuelta. Hiciéronlo así, y teniendo fe en la palabra dada convino en ir al encuentro de los socorros.