Correspondió a la esperanza el éxito de la empresa. A últimos de junio había desde Cataluña penetrado en Aragón el 2.º batallón de voluntarios con 1200 plazas al mando del coronel Don Luis Amat y Terán, 500 hombres de guardias españolas al del coronel Don José Manso, y además dos compañías de voluntarios de Lérida, cuya división se había situado en Gelsa, diez leguas de Zaragoza. Cierto que con este auxilio y un convoy que bajo su amparo podría meterse en la ciudad sitiada, era dado prolongar la defensa hasta la llegada de otro cuerpo de 5000 hombres procedente de Valencia que se adelantaba por el camino de Teruel. El tiempo urgía; no sobraba la más exquisita diligencia, por lo que, y a mayor abundamiento, despachose al mismo Calvo de Rozas para enterar a Palafox de lo ocurrido después de su partida y servir de punzante espuela al pronto envío de los socorros. Alcanzó el nuevo emisario al general en Villafranca de Ebro, pasaron juntos a Osera, cuatro leguas de Zaragoza, en donde a las nueve de la noche entraron las tropas alojadas antes en Gelsa y Pina.

En dicho pueblo de Osera celebrose consejo de guerra, a que asistieron los tres Palafoxes con su estado mayor, el brigadier Don Francisco Osina, el coronel de artillería Don J. Navarro Sangrán [estos dos procedentes de Valencia] y otros jefes. Informados por el intendente Calvo del estado de Zaragoza, sin tardanza se determinó que el marqués de Lazán con los 500 hombres de guardias españolas, formando la vanguardia se metiese en la ciudad en la madrugada del 5, que con la demás tropa le siguiese Don José de Palafox, y que su hermano Don Francisco quedase a la retaguardia con el convoy de víveres y municiones custodiado también por Calvo de Rozas. Acordose asimismo que para mantener con brío a los sitiados y consolarlos en su angustiada posición, partiesen prontamente a Zaragoza como anunciadores y pregoneros del socorro el teniente coronel Don Emeterio Barredo y el tío Jorge, cuya persona rara vez se alejaba del lado de Palafox, siendo capitán de su guardia. Partiéronse todos a desempeñar sus respectivos encargos, y la oportuna llegada a la ciudad de los mencionados emisarios, desbaratando los secretos manejos en que andaban algunos malos ciudadanos, confortó al común de la gente y provocó el más arrebatado entusiasmo.

Vuelve Lazán
el 5 con socorros.

A ser posible, hubiera crecido de punto con la entrada, pocas horas después, del marqués de Lazán. Retardose la de su hermano y la del convoy por un movimiento del general Lefebvre-Desnouettes, quien mandaba en jefe en lugar del herido Verdier. Habíanle avisado la llegada de Lazán y quería impedir la de los demás, juzgando acertadamente que le sería más fácil destruirlos en campo abierto que dentro de la ciudad. Palafox, desviándose a Villamayor, situado a dos leguas y media, en una altura desde donde se descubre Zaragoza, esquivó el combate y aguardó oportunidad de burlar la vigilancia del enemigo. Para ejecutar su intento con apariencia fundada de buen éxito, mandó que de Huesca se le uniese el coronel Don Felipe Perena con 3000 hombres que allí había adiestrado, y después dejando a estos en las alturas de Villamayor para encubrir su movimiento, El 8, Palafox
con otro nuevo. y valiéndose también de otros ardides engañó al enemigo, y de mañana y con el sol entró el día 8 por las calles de Zaragoza. Déjase discurrir a qué punto se elevaría el júbilo y contentamiento de sus moradores, y cuán difícil sería contener sus ímpetus dentro de un término conveniente y templado.

Los franceses, si bien sucesivamente habían acrecentado el número de su gente hasta rayar en el de 11.000 soldados, estaban descaecidos de espíritu, visto que de nada servían en aquella lid las ventajas de la disciplina, y que para ir adelante menester era conquistar cada calle y cada casa, arrancándolas del poder de hombres tan resueltos y constantes. Amilanáronse aún más con la llegada de los auxilios que en la madrugada del 5 recibieron los sitiados, y con los que se divisaban en las cercanías.

Continúan
los choques
y reencuentros.

No por eso desistieron del propósito de enseñorearse de todos los barrios de la ciudad, y destruyendo las tapias, formaron detrás líneas fortificadas, y construyeron ramales que comunicasen con los que estaban alojados dentro.

Desde el 5 hubo continuados tiroteos, peleábase noche y día en casas y edificios, incendiáronse algunos y fueron otros teatro de reñidas lides. En las más brilló con sus parroquianos el beneficiado Don Santiago Sas, y el tío Jorge. También se distinguió en la Puerta de Sancho otra mujer del pueblo llamada Casta Álvarez, y mucho por todas partes Doña María Consolación de Azlor, condesa de Bureta. A ningún vecino atemorizaba ya el bombardeo, y avezados a los mayores riesgos bastábales la separación de una calle o de una casa para mirarse como resguardados por un fuerte muro u ancho foso. Debieran haberse eternizado muchos nombres que para siempre quedaron allí oscurecidos, pues siendo tantos y habiéndose convertido los zaragozanos en denodados guerreros, su misma muchedumbre ha perjudicado a que se perpetúe su memoria.

Los franceses
reciben el 6
orden
de retirarse.

Por entonces empezó a susurrarse la victoria de Bailén. Daban crédito los sitiados a noticia para ellos tan plausible, y con desdén y sonrisa la oían sus contrarios, cuando de oficio les fue a los últimos confirmada el día 6 de agosto. Procurose ocultar al ejército, pero por todas partes se traslucía, mayormente habiendo acompañado a la noticia la orden de Madrid de que levantasen el sitio y se replegasen a Navarra. Meditaban los jefes franceses el modo de llevarlo a efecto, Contraorden
poco después. y hubieran bien pronto abandonado una ciudad para sus huestes tan ominosa si no hubieran poco después recibido contraorden del general Monthion desde Vitoria, a fin de que antes de alejarse aguardasen nuevas instrucciones de Madrid del jefe de estado mayor Belliard. Permanecieron pues en Zaragoza, y continuaron todavía unos y otros en sus empeñados choques y reencuentros. Los franceses con desmayo, los españoles con ánimo más levantado.