Resolución
magnánima de
los zaragozanos.

Así fue que el 8 de agosto, luego que entró Palafox, congregose un consejo de guerra, y se resolvió continuar defendiendo con la misma tenacidad y valentía que hasta entonces todos los barrios de la ciudad, y en caso que el enemigo consiguiese apoderarse de ellos, cruzar el río, y en el Arrabal perecer juntos todos los que hubiesen sobrevivido. Felizmente su constancia no tuvo que exponerse a tan recia prueba, 13, orden
definitiva dada
a los franceses
de retirarse. pues los franceses, sin haber pasado del Coso, recibieron el 13 la orden definitiva de retirarse. Llegó para ellos muy oportunamente, porque en el mismo día caminando a toda priesa, y conducida en carros por los naturales del tránsito la división de Valencia al mando del mariscal de campo Don Felipe Saint-March, Llegada
a Zaragoza
de una división
de Valencia. corrió a meterse precipitadamente en la ciudad invadida. Y tal era la impaciencia de sus soldados por arrojarse al combate, que sin ser mandados y en unión con los zaragozanos embistieron a las seis de la tarde desaforadamente al enemigo. Hallábase este a punto de desamparar el recinto, y al verse acometido apresuró la retirada volando los restos del monasterio de Santa Engracia. En seguida se reconcentró en su campamento del monte Torrero, y dispuesto a abandonar también aquel punto, Aléjanse
los franceses
de Zaragoza
el 14. prendió por la noche fuego a sus almacenes y edificios, clavó y echó en el canal la artillería gruesa, destruyó muchos pertrechos de guerra, y al cabo se alejó al amanecer del 14 de las cercanías de Zaragoza. La división de Valencia con otros cuerpos siguieron su huella, situándose en los linderos de Navarra.

Fin del sitio.

Terminose así el primer sitio de Zaragoza, que costó a los franceses más de 3000 hombres y cerca de 2000 a los españoles. Célebre y sin ejemplo, más bien que sitio pudiera considerársele como una continuada lucha o defensa de posiciones diversas, en las que el entusiasmo y personal denuedo llevaba ventaja al calculado valor y disciplina de tropas aguerridas. Pues aquellos triunfos eran tanto más asombrosos cuanto en un principio y los más señalados fueron conseguidos, no por el brazo de hombres acostumbrados a la pelea y estrépitos marciales, sino por pacíficos labriegos que ignorando el terrible arte de la guerra, tan solamente habían encallecido sus manos con el áspero y penoso manejo de la azada y la podadera.

Alegría
de los aragoneses.
Estado
de la ciudad.

Al cerciorarse de la retirada de los franceses prorrumpieron los moradores de Zaragoza en voces de alegría con loores eternos al Todopoderoso y gracias rendidas a la Virgen del Pilar, que su devoción miraba como la principal protectora de sus hogares. No daba facultad el gozo para reparar en qué estado quedaba la ciudad: triste era verdaderamente. La parte ocupada por los sitiadores arruinada, los tejados de la que había permanecido libre hundidos por las granadas y bombas. En unos parajes humeando todavía el fuego mal apagado, en otros desplomándose la techumbre de grandes edificios, y mostrándose en todos el lamentable espectáculo de la desolación y la muerte.

Celebráronse el 25 magníficas exequias por los que habían fallecido en defensa de su patria, de quienes nunca mejor pudiera repetirse con Pericles, «que en brevísimo tiempo y con breve suerte habían sin temor perecido en la cumbre de la gloria.»[*] (* Ap. n. [5-5].) Concedió Palafox a los defensores muchos privilegios, entre los que con razón algunos se graduaron de desmedidos. Mas este y otros desvíos desaparecieron y se ocultaron al resplandor de tantos e inmortales combates.

Cataluña.

No desdijeron de aquella defensa las esclarecidas acciones que por entonces y con el mismo buen éxito que las primeras acaecieron en Cataluña. El Ampurdán había imitado el ejemplo de los otros distritos de su provincia, y estaba ya sublevado cuando los franceses acometieron infructuosamente a Gerona la vez primera. El movimiento de sus somatenes fue provechoso a la defensa de aquella plaza, Bloqueo
de Figueras por
los somatenes. molestando con correrías las partidas sueltas del enemigo e interrumpiendo sus comunicaciones. Llevaron más allá su audacia, y apoyados en algunos soldados de la corta guarnición de Rosas, bloquearon estrechamente el castillo de San Fernando de Figueras, defendido por solos 400 franceses con escasas vituallas. Despechados estos de verse en apuro por la osadía de meros paisanos, quisieron vengarse incomodando con sus bombas a la villa y arruinándola sin otro objeto que el de hacer daño. Socorre la plaza
el general Reille. Mas hubiéranse quizá arrepentido de su bárbara conducta, si estando ya casi a punto de capitular no los hubiera socorrido oportunamente el general Reille. Ayudante este de Napoleón, había por orden suya llegado a Perpiñán y reunido precipitadamente algunas fuerzas. Con ellas y un convoy tocó el 5 de julio los muros de Figueras y ahuyentó a los somatenes.

Persuadido Reille que Rosas, aunque en parte desmantelada, atizaba el fuego de la insurrección y suministraba municiones y armas, intentó el 11 del mismo julio tomarla por sorpresa, pero le salió vano su intento habiendo sido completamente rechazado. A la vuelta tuvo que padecer bastante, acosado por los somatenes, que en varios otros reencuentros, señaladamente en el del Alfar, desbarataron a los franceses. Don Juan Clarós. Era su principal caudillo Don Juan Clarós, hombre de valor y muy práctico en la tierra.