de España.
LIBRO SÉPTIMO.
Salida
de Napoleón
de Chamartín.
Napoleón permanecía en Chamartín. Allí afanado y diligente, agitado su corazón como mar por vientos bravos, ocupábale España, Francia, Europa entera, y más que todo averiguar los movimientos y paradero del ejército inglés. Posponía a este los demás cuidados. Avisos inciertos o fingidos le impelían a tomar encontradas determinaciones. Unas veces resuelto a salir vía de Lisboa se aprestaba a ello: otras suspendiendo su marcha aguardaba de nuevo posteriores informes. Pareció al fin estar próximo el día de su partida, cuando el 19 de diciembre a las puertas de la capital pasó reseña a 70.000 hombres de escogidas tropas. Así fue: dos días después, el 21, habiendo recibido noticia cierta de que los ingleses se internaban en Castilla la Vieja, en la misma noche con la rapidez del rayo acordó oportunas providencias para que el 22, dejando en Madrid 10.000 hombres, partiesen 60.000 la vuelta de Guadarrama.
Situación del
ejército inglés.
Era en efecto tiempo de que atajase los intentos de contrarios tan temibles y que tanto aborrecía. Sir Juan Moore vacilante al principio había por último tomado la ofensiva con el ejército de su mando. Ya hablamos de su llegada a Salamanca el 23 de noviembre. Apenas había sentado allí sus reales, empezaron a esparcirse las nuevas de nuestras derrotas, funestos acontecimientos que sobresaltaron al general inglés con tanto mayor razón cuanto sus fuerzas se hallaban segregadas y entre sí distantes. Hasta el 23 del propio noviembre no acabaron de concurrir a Salamanca las que con el mismo general Moore habían avanzado por el centro: de las restantes las que mandaba Sir David Baird estaban el 26 unas en Astorga, otras lejos a la retaguardia, no habiendo aún en aquel día las de Sir Juan Hope atravesado en su viaje desde Extremadura las sierras que dividen ambas Castillas.
Dudas
y vacilaciones
del general
Moore.
Como exigía tiempo la reconcentración de todas estas fuerzas, era de recelar que los franceses libres de ejércitos españoles, avanzando e interponiéndose con su acostumbrada celeridad, embarazasen al de los ingleses y le acometiesen separadamente y por trozos: en especial cuando este, si bien lucido en su apariencia, maravillosamente disciplinado, bizarrísimo en un día de batalla, flaqueaba del lado de la presteza.