Motivos eran estos para contener el ánimo de cualquier general atrevido, mucho más el del general inglés, hombre prudente y a quien los riesgos se representaban abultados; porque aunque oficial consumado y dignísimo del buen concepto que entre sus compatriotas gozaba, adoleciendo por desgracia de aquel achaque entonces común a los militares de tener por invencibles a Napoleón y sus huestes, juzgaba la causa peninsular de éxito muy dudoso, y por decirlo así la miraba como perdida: lo cual no poco contribuyó a su irresolución e incertidumbre. Se acrecentaron sus temores al entrar en España, no columbrando en los pueblos señales extraordinarias de entusiasmo, como si la manifestación de un sentimiento tan vivo pudiera sin término prolongarse, y como si la disposición en que veía a todos los habitantes de no querer entrar en pacto ni convenio con el enemigo, no fuera bastante para hacerle fundadamente esperar que ella sola debía al cabo producir larga y porfiada resistencia.

Desalentado por consiguiente el general Moore, y no contemplando ya en esta guerra sino una lucha meramente militar, empezó a contar bajo dicho respecto sus recursos y los de los españoles, y habiendo en gran parte desaparecido los de estos con las derrotas, y siendo los suyos muy inferiores a los de los franceses, pensó en retirarse a Portugal. Tal fue su primer impulso al saber las dispersiones de Espinosa y Burgos. Mas conservándose aún casi intacto el ejército español del centro, repugnábale volver atrás antes de haberse empeñado en la contienda y de ser estrechado a ello por el enemigo. Consulta
con Mr. Frere. En medio de sus dudas resolvió tomar consejo con Mr. Frere, ministro británico cerca de la junta central, quien no estaba tan desesperanzado de la causa peninsular como el general Moore, porque, ministro ya de su corte en Madrid en tiempo de Carlos IV, conocía a fondo a los españoles, tenía fe en sus promesas, y antes bien pecaba de sobrada afición a ellos que de tibieza o desvío. Su opinión por tanto les era favorable.

Pero Sir Juan Moore noticioso el 28 de noviembre de la rota de Tudela, sin aguardar la contestación de Mr. Frere, determinó retirarse. En consecuencia encargó al general Baird que se encaminase a la Coruña o a Vigo, previniéndole solamente que se detuviera algunos días para imponer respeto a las tropas del mariscal Soult que estaban del lado de Sahagún, y dar lugar a que llegase Sir Juan Hope. Se unió este con el cuerpo principal del ejército en los primeros días de diciembre, no habiendo condescendido, al pasar su división por cerca de Madrid, con los ruegos de Don Tomás de Morla, dirigidos a que entrase con aquella en la capital y cooperase a su defensa.

Pasos
e instancias
de la junta
central
y de Morla
para que avance.

La junta central recelosa por su parte de que los ingleses abandonasen el suelo español, y con objeto también de cumplimentar a sus jefes, había enviado al cuartel general de Salamanca a Don Ventura Escalante y a Don Agustín Bueno que llegaron a la sazón de estar resuelta la retirada. Inútilmente se esforzaron por impedirla, bien es que, fundando muchas de sus razones en los falsos rumores que circulaban por España, en vez de conmover con ellas el ánimo desapasionado y cauto del general inglés, no hacían sino afirmarle en su propósito.

También por entonces Don Tomás de Morla no habiendo alcanzado lo que deseaba de Sir Juan Hope, despachó un correo a Salamanca pidiendo al general en jefe inglés que fuese al socorro de Madrid, o que por lo menos distrajese al enemigo cayendo sobre su retaguardia. Tampoco hubiera suspendido este paso la resolución de Moore, si al mismo tiempo Sir Carlos Stuart, habitualmente de esperanzas menos halagüeñas y a los ojos de aquel general testigo imparcial, no le hubiese escrito manifestándole que creía al pueblo de Madrid dispuesto a recia y vigorosa resistencia.

Resuélvese a ello.

Empezó con esto a titubear el ánimo de Moore, y cedió al fin en vista de los pliegos que en respuesta a los suyos recibió el propio día de Mr. Frere: quien expresando en su contenido ardiente anhelo por asistir a los españoles, añadía ser político y conveniente que sin tardanza se adelantase el ejército británico a sostener el noble arrojo del pueblo de Madrid. Lenguaje digno y generoso de parte de Mr. Frere, propio para estimular al general de su nación, pero cuyos buenos efectos hubiera podido destruir un desgraciado incidente.

Incidente que
pudo estorbarlo.

Había sido portador de los pliegos el coronel Charmilly, emigrado francés, y que por haber presenciado en 1.º de diciembre el entusiasmo de los madrileños, pareció sujeto al caso para dar de palabra puntuales y cumplidos informes. Pero la circunstancia de ser francés dicho portador, y quizá también otros siniestros y anteriores informes, lejos de inspirar confianza al general Moore, fueron causa de que le tratase con frialdad y reserva. Achacó el Charmilly recibimiento tan tibio a la invariable resolución que había formado aquel de retirarse, y pensó oportuno hacer uso de una segunda carta que Mr. Frere le había encomendado. La escribió este ministro ansioso de que a todo trance socorriese su ejército a los españoles, y sin reparar en la circunspección que su elevado puesto exigía, encargó al Charmilly la entregase a Moore caso que dicho general insistiese en volver atrás sus pasos. Así lo hizo el francés, y fácil es conjeturar cuál sería la indignación del jefe británico al leer en su contexto que antes de emprender la retirada «se examinase por un consejo de guerra al portador de los pliegos.» Apenas pudo Sir Juan reprimir los ímpetus de su ira; y forzoso es decir que si bien había animado a Mr. Frere intención muy pura y loable, el modo de ponerla en ejecución era desusado y ofensivo para un hombre del carácter y respetos del general Moore. Este sin embargo sobreponiéndose a su justo resentimiento, contentose con mandar salir de los reales ingleses al coronel Charmilly, y determinó moverse por el frente con todo su ejército, cuyas divisiones estaban ya unidas o por lo menos en disposición de darse fácilmente la mano.