Por su parte, el mariscal Macdonald apenas podía ocuparse en otras operaciones que en las de avituallar a Barcelona: los convoyes de mar estaban interrumpidos, y los de tierra, escasos y lentos, tenían con frecuencia que repetirse y ser escoltados con la mayor parte del ejército si no se quería que fuesen presa de los somatenes y de las tropas españolas. Macdonald trató en un principio de granjearse las voluntades de los habitantes, contrastando su porte con la ferocidad del mariscal Augereau, que había, por decirlo así, guarnecido las orillas de algunos caminos con patíbulos y cadáveres. Estaban los ánimos sobradamente lastimados de ambas partes para que pudiesen olvidarse antiguas y recíprocas ofensas. Así, no surtieron grande efecto las buenas intenciones, y aun medidas, del mariscal Macdonald, acabando también él mismo por adoptar a veces resoluciones rigurosas.
Convoyes
que lleva
a Barcelona.
En junio, y poco después de tomar el mando, acompañó no sin tropiezos un convoy a Barcelona. Volvió después a Gerona y preparose a conducir otro en mediados de julio a la misma ciudad. O’Donnell trató de estorbarlo, y destacó a Granollers 6500 infantes y 700 caballos, unidos a 2500 paisanos bajo las órdenes de D. Miguel Iranzo. Trabose un reñido choque entre los nuestros y los franceses, pero mientras tanto pasó a la deshilada el convoy y se metió en Barcelona.
Ejército español
de Cataluña.
Doliose mucho O’Donnell del malogro de aquella empresa, y no faltó quien lo atribuyese a desmaño del general que en Granollers mandaba. El plan que O’Donnell había resuelto seguir en Cataluña pareció el más acertado. Evitando batallas generales, quería por medio de columnas volantes sorprender los destacamentos enemigos, interceptar o molestar sus convoyes y aniquilar así sucesivamente la fuerza de aquellos. Por tanto, el ejército español de Cataluña que, según dijimos, constaba en julio de unos 22.000 hombres, sin contar somatenes ni guerrilleros, estaba colocado al principiar agosto del modo siguiente: la 1.ª división ocupaba las orillas del Llobregat y observaba a Barcelona, estando también fortificada la montaña de Montserrat; la 2.ª acampaba en Falset y no perdía de vista a Suchet que, como poco hace apuntamos, intentaba sitiar a Tortosa; parte de la 3.ª cubría en Esterri las avenidas del valle de Arán; la reserva, distribuida en dos trozos, mantenía uno en el Coll del Alba, próximo a Tortosa, y el otro en Arbeca y Borjas Blancas, para enfrenar la guarnición de Lérida. Un cuerpo de húsares y tropas ligeras se alojaban en Olot y acechaban las comarcas de Besalú y Bañolas; varios guerrilleros recorrían la demás tierra, aprovechándose todos de las ocasiones que se presentaban para desvanecer los intentos del enemigo e incomodarle continuamente. El cuartel general permanecía en Tarragona, desde donde O’Donnell gobernaba las maniobras más notables, tomando a veces en ellas parte muy principal. Con esta distribución, creyó el general de Cataluña que, vigilando las plazas y puntos más señalados, llevaría a cumplido efecto su plan, y que el ejército francés se rehundiría poco a poco, y en combates parciales.
Si en todo no se llenaron los deseos de D. Enrique O’Donnell, se lograron en parte. El mariscal Macdonald, afanado siempre con el abastecimiento de Barcelona, no pudo, desde el segundo convoy que metió allí en julio, pensar en cosa importante sino en preparar otro tercero, que consiguió introducir el 12 de agosto. Entonces, más libre, resolvió, aunque todavía en balde, favorecer directamente las operaciones del general Suchet.
Intenta Suchet
sitiar a Tortosa.
No desistía este general del indicado propósito de sitiar a Tortosa, lo que dio ocasión a varios combates y reencuentros, algunos ya referidos, con las tropas españolas de Cataluña, Aragón y Valencia, que precedieron a la formalización del cerco, ligándose de parte de los franceses las más de las operaciones, aun las lejanas de aquel principado, con tan primario objeto, por lo que a una y en el mejor orden que nos sea posible, si bien brevemente, daremos de ellas cuenta.
Sus disposiciones.
Suchet, para emprender el sitio, estableció en Mequinenza un depósito de municiones de guerra y boca: transportarlas de allí a Tortosa era grande dificultad. Ofrecía el Ebro comunicación por agua; pero, interrumpida en partes con varias cejas o bajos, solo se podían estos salvar en las crecidas, y rara vez en los tiempos secos del estío. Del lado de tierra era aún más trabajoso y aun impracticable el tránsito, encallejonándose los caminos que van desde Caspe a Mequinenza entre montañas cada vez más escarpadas según avanzan a Mora, las Armas, Jerta y Tortosa, por lo que ya en 21 de julio empezaron los franceses a componer uno antiguo de ruedas, cuyos rastros al parecer se conservaban del tiempo de la guerra de sucesión. Suchet, antes de que la ruta se concluyese, fue arrimando fuerzas a la plaza.