Macdonald
incomodado
siempre
por los españoles.

El ejército francés de Cataluña continuó siempre escaso de granos y embarazado para menearse, a pesar de los grandes esfuerzos de Suchet y de Macdonald, pues las partidas, la oposición de los pueblos, la cuidadosa diligencia de O’Donnell y sus movimientos desbarataban o detenían los planes más bien combinados. Se colocó, en los primeros días de septiembre, en Cervera, el mariscal Macdonald: y el general español vislumbró desde luego que su enemigo tomaba aquellas estancias para cubrir las operaciones de Suchet, amenazar por retaguardia la línea del Llobregat, y enseñorearse de considerable extensión de país que le facilitase subsistencias. Prontamente determinó O’Donnell suscitar al francés nuevos estorbos, continuando en su primer propósito de esquivar batallas campales.

Nada le pareció para conseguirlo tan oportuno como atacar los puestos que el enemigo tenía a retaguardia, cuyos soldados se juzgaban seguros, fuera del alcance del ejército español, y bastante fuertes y bien situados para resistir a las partidas. O’Donnell, firme en su resolución, ordenó que se embarcasen en Tarragona pertrechos, artillería y algunas tropas, yendo todo convoyado por cuatro faluchos y dos fragatas, una inglesa y otra española. Partió él en persona, el 6 de septiembre, por tierra, poniéndose en Villafranca al frente de la división de Campoverde, que de intento había mandado venir allí. En seguida dirigiose hacia Esparraguera, colocó fuerzas que observasen al mariscal Macdonald, y otras que atendiesen a Barcelona, y uniendo a su tropa la caballería de la división de Georget, prosiguió su ruta por San Cugat, Mataró y Pineda. Salió de aquí el 12, envió por la costa a Don Honorato de Fleyres con dos batallones y 60 caballos, y él se encaminó a Tordera. Marchó Fleyres contra Palamós y San Feliú de Guíxols, y O’Donnell, después de enviar exploradores hacia Hostalrich y Gerona, avanzó a Vidreras. Para obrar con rapidez, tomó el último consigo, al amanecer del 14, el regimiento de caballería de Numancia, 60 húsares y 100 infantes, que fueron tan de priesa que las ocho horas de camino que se cuentan de Vidreras a La Bisbal, las anduvieron en poco más de cuatro. Siguió detrás, y más despacio, el regimiento de infantería de Iberia, situándose Campoverde con lo demás de la división en el valle de Aro, a manera de cuerpo de reserva.

Sorpresa gloriosa
de La Bisbal.

Luego que O’Donnell llegó enfrente de La Bisbal, ocupó todas las avenidas, y diose tal maña que no solo cogió piquetes de coraceros que patrullaban y un cuerpo de 130 hombres que venía de socorro, sino que en la misma noche del 14 obligó a capitular al general Schwartz con toda su gente que juntos se habían encerrado en un antiguo castillo del pueblo. Desgraciadamente, queriendo poco antes reconocer por sí O’Donnell dicho fuerte, con objeto de quemar sus puertas, fue herido de gravedad en la pierna derecha, cuyo accidente enturbió la común alegría.

Y de varios
puntos
de la costa.

Fleyres, afortunado en su empresa, se apoderó de San Feliú de Guíxols, y el teniente coronel Don Tadeo Aldea de Palamós, teniendo este la gloria de haber subido el primero al asalto. Entre ambos puntos, el de La Bisbal y otros de la costa tomaron los españoles 1200 prisioneros, sin contar al general Schwartz y 60 oficiales, habiendo también cogido 17 piezas. Mereció más adelante Don Enrique O’Donnell, por expedición tan bien dirigida y acabada, el título de conde de La Bisbal.

Guerra
en el Ampurdán.

Posteriormente a este suceso creció la guerra contra los franceses en el norte de Cataluña. Don Juan Clarós los molestaba hacia Figueras y el coronel Don Luis Creeft, con los húsares de San Narciso, por Besalú y Bañolas. Marchó a Puigcerdá el marqués de Campoverde, acosó un trozo de enemigos hasta Montluis y exigió contribuciones en la misma Cerdaña francesa, de donde revolviendo sobre Calaf, estrechó de aquel lado al mariscal Macdonald, al paso que el brigadier Georget le observaba por Igualada.

Eroles
manda allí.