Título sexto.
Art. 1.º Todos los productos y rentas ordinarias y extraordinarias de las provincias de Salamanca, Toro, Zamora y León proveerán a la manutención del 6.º cuerpo del ejército, y el duque de Elchingen cuidará de que estos recursos sean bastantes para este fin, haciendo que todo se invierta en utilidad del ejército. 2.º Lo que produzcan las provincias de Santander y Asturias, para la manutención y sueldos de la división de Bonnet. 3.º Las provincias situadas desde el Ebro a los límites de la de Valladolid lo entregarán todo al pagador de Burgos para el sueldo y manutención de las tropas que allí haya, y gasto de las fortificaciones. 4.º Las provincias de Valladolid y Palencia proveerán a la manutención y sueldo de la división de Kellermann. 5.º El duque de Elchingen y los generales Bonnet, Thiebaut y Kellermann se entenderán, en todo lo que tenga relación con las rentas de las provincias de su mando, con el emperador por medio del príncipe de Neufchatel. 6.º La ejecución de este decreto se encarga al príncipe de Neufchatel y a los ministros de la guerra, en la administración de la guerra, de rentas y del tesoro público.
Número [11-6].
Memoria de los Sres. Azanza y Ofarrill, pág. 177.
Número [11-7].
Algunas de estas cartas fueron interceptadas por las guerrillas cerca de Madrid y se insertaron en la Gaceta de la Regencia de Cádiz. Las hemos confrontado con la correspondencia manuscrita del Sr. Azanza, y las hemos encontrado del todo exactas. He aquí las que nos han parecido más importantes:
«Excmo Sr. — Ha llegado el caso de que yo pueda escribir a V. E. sobre asuntos que directamente nos conciernen. Antes de ayer por la tarde tuve una larga conversación con el Sr. duque de Cadore, ministro de relaciones exteriores, que anteriormente me había dicho quería comunicarme algo de orden del emperador. Referiré todo lo sustancial de esta conferencia, en la cual se tocaron varios puntos, y todos de importancia.
»Me dijo el ministro que S. M. I. no puede enviar más dinero a España, y es preciso que ese reino provea a la subsistencia y gastos de su ejército; que bastante hace en haber empleado 400.000 franceses en la reducción de España; que la Francia ha agotado su erario, habiendo enviado ahí desde el principio de la guerra más de 200 millones de libras; que nuestro gobierno no ha hecho uso de los recursos que ofrece el país para juntar fondos; que debieron exigirse contribuciones en Andalucía, especialmente en Sevilla y Málaga, y también en Murcia; que S. M. ha impuesto a Lérida una contribución de 6 millones de libras (no estoy cierto si fue esta cantidad u otra mayor la que me dijo); que debieron confiscarse los efectos ingleses encontrados en Andalucía, y S. M. I. está en el concepto de que solo los de Sevilla habrían importado 40 millones; que debió echarse mano de la plata de las iglesias y conventos; que en España ha de circular necesariamente mucho dinero del que han introducido los franceses y los ingleses, y del que ha venido de América; que el emperador siempre ha hecho la guerra sacando de los países que ha subyugado toda la manutención y gastos de sus ejércitos; que si no tuviera que emplear tantas tropas en la reducción de la España, habría licenciado muchas de ellas, y se habría ahorrado el dispendio que están ocasionando; que los fondos de nuestra tesorería no han tenido la inversión preferente que correspondía, es a saber, pagar las tropas que han de hacer la conquista y pacificación del reino; que ha habido muchas prodigalidades y gastos de lujo; que las gratificaciones justas pudieron suspenderse hasta los tiempos tranquilos y felices; que se mantienen estados mayores demasiado numerosos y costosos; que se han formado y forman cuerpos españoles, los cuales no solo son inútiles sino perjudiciales, porque además de absorber sumas que podrían tener provechosa aplicación, desertan sus individuos y pasan a aumentar la fuerza de los enemigos; y últimamente, que es excesiva la bondad con que el rey trata a los del partido contrario, concediéndoles gracias y ventajas, lo que solo sirve a disgustar y desalentar a los que desde el principio abrazaron el suyo.
»Estas son las principales especies que me dijo el ministro; y ahora expondré a V. E. las respuestas que yo le di. El punto más grave de todos, y el que a mi parecer ocupa más la atención del emperador, es el de querer excusar que de Francia vaya a España más dinero que los dos millones de libras mensuales, prefijados en las disposiciones anteriores. Acordándome de las notas que sobre este punto se pasaron estando yo encargado del ministerio de negocios extranjeros, y teniendo muy presente la situación de nuestras provincias y de nuestra tesorería, dije al ministro que el rey, mi amo, reconocía las grandes erogaciones que la guerra de España ocasionaba al erario de Francia, pero que veía con mucho dolor y sentimiento suyo ser imposible alcanzasen nuestros medios y nuestros recursos a libertarlo de esta carga; que las rentas ordinarias habían sido hasta ahora casi nulas, así porque no habían podido recaudarse sino en muy reducidos distritos sojuzgados, como porque aun en estos las continuas incursiones de los insurgentes y de las partidas de bandidos habían inutilizado los esfuerzos y diligencias de los administradores y cobradores; que en muchas partes los mismos generales y jefes de las tropas francesas habían servido de obstáculo al recobro de los derechos reales en lugar de auxiliarlo; que las provincias estaban arruinadas con las suministraciones de toda especie que habían tenido que hacer para la subsistencia, trasportes y hospitalidades de las tropas francesas, y con la cesación de todo tráfico de unos pueblos con otros; que cuantos fondos han podido juntarse, así por los impuestos antiguos como por los arbitrios y medios que se han excogitado, han sido destinados con preferencia a las necesidades del ejército francés, distrayendo únicamente algunas cortas sumas para la guardia real, la cual casi siempre ha estado en crecidos descubiertos, para la lista civil de S. M., que no ha sido pagada sino en una muy corta parte, y para otras atenciones urgentísimas, de modo que ni se han pagado viudedades, ni pensiones, ni sueldos de retirados, y muchas veces ni los de los empleados más necesarios, pues ha habido ocasión en que los ministros mismos han estado durante cinco meses sin recibir los suyos por ocurrir a los gastos de las tropas.
»En cuanto a los recursos de que se supone haberse podido echar mano, achacando a impericia, falta de energía o excesiva contemplación del gobierno para con los pueblos el no haberse así ejecutado, he dicho al ministro que se han puesto en práctica cuantos han permitido las circunstancias; que es preciso no perder de vista, para juzgarnos, las circunstancias en que nos hemos hallado, esto es, que eran pocas las provincias sometidas, y muy rara o ninguna la administrada con libertad; que se han exigido contribuciones extraordinarias y empréstitos forzados donde se ha creído posible, venciendo no pequeños obstáculos; que había sido necesario no vejar ni apurar hasta el extremo las provincias sometidas, para conservarlas en su fidelidad y no dar, a las que estaban en insurrección, una mala idea de la suerte que las esperaba en el caso de su rendición; que habrían podido efectivamente sacarse más contribuciones, como lo hacen los generales franceses en las provincias que están administrando; pero que nunca hubieran producido lo suficiente a cubrir todos los gastos del ejército; especialmente demorándose este dos años y medio o más en los mismos parajes; que estas contribuciones no podrían repetirse, como lo enseñará la experiencia en Castilla y en León, porque en las primeras se agota todo el numerario existente y no se ve el modo de que prontamente vuelva a la circulación, sobre todo cuando las tropas están en movimiento, y la caja militar desembolsa sus fondos en distritos distantes de donde los ha recogido; que S. M. I. se convencerá de la imposibilidad de juntar caudales que sufraguen a todos los dispendios de la guerra, por lo que sucede en las provincias que están confiadas a la administración de generales franceses, quienes no podrán ser culpados ni de indolencia, ni de demasiado miramiento para con los pueblos, antes bien es de temer se valgan de durezas y violencias que ningún gobierno del mundo puede ejercer para con sus propios súbditos, aquellos con quienes ha de vivir, y cuya protección y amparo es su primer deber; y que lo que haya sucedido en Lérida tal vez no podrá servir de ejemplo en otras partes, porque, según he sabido aquí, en aquella plaza, creyéndose muy difícil su conquista, se había depositado el dinero y alhajas de muchos pueblos e iglesias; además de que todavía no se sabe que haya podido satisfacer toda la cantidad que se le ha impuesto.