»Hice presente al ministro que en Andalucía se habían exigido algunas contribuciones de que yo tenía noticia, pues en Granada, no obstante haberse entregado sin hacer la menor resistencia, se pidieron cinco millones de reales con el nombre de préstamo forzado, y en Málaga mucho mayor cantidad, parte de la cual me acuerdo haberse aplicado a la caja militar del 4.º cuerpo; que por haberme hallado ausente de Sevilla al tiempo de su rendición, no sé con exactitud lo que allí se hizo, pero estoy cierto de que se secuestraron, con intervención de las autoridades francesas, los efectos ingleses encontrados en aquella ciudad, y que lo mismo se hizo también en Málaga; que siempre los primeros cálculos del valor de géneros aprehendidos suelen ser muy abultados, como oí haber sucedido en Málaga a la entrada del general Sebastiani, y no será mucho que el concepto formado por S. M. I. sobre el importe de los de Sevilla estribe en las primeras relaciones exageradas que llegarían a su noticia.
»Como estoy bien informado de las diligencias activas que se han practicado para recoger la plata de las iglesias, y de los resultas que esta operación ha tenido, me hallé en estado de decir al ministro que este arbitrio no se había descuidado; que no solo se había procurado recoger y llevar directamente a la casa de la moneda todas las alhajas de plata y oro encontradas en los conventos suprimidos sino también las que pertenecían a iglesias, catedrales, parroquiales y de monjas de todo el reino, dejando en ellas solamente los vasos sagrados indispensables para el culto; que este arbitrio no había sido tan cuantioso y productivo como se podría suponer, y nosotros mismos lo esperábamos; primero, porque todas las iglesias de los pueblos por donde habían transitado las tropas francesas, habían sido saqueadas y despojadas; segundo, porque las partidas de insurgentes o bandidos habían hecho otro tanto en los pueblos que habían ocupado o recorrido; y tercero, porque la plata de las iglesias vista en frontales, nichos o imágenes, aparece de gran valor y riqueza, y cuando va a recogerse y fundirse, se halla generalmente que es una hoja delgada dispuesta solo para cubrir la madera que le sirve de alma; y que este recurso, tal cual ha sido, y todos los otros que se han adoptado, son los que han dado los fondos con que se ha podido atender a las obligaciones imprescindibles de la tesorería, entre las cuales se ha contado siempre con preferencia la subsistencia, la hospitalidad y demás gastos de la tropa francesa.
»Sobre el mucho numerario que se piensa debe haber en circulación dentro de España, por el que han introducido los franceses y los ingleses, y el que ha venido de América, he asegurado al ministro que no se nota todavía semejante abundancia, sea que la mayor parte va a parar a los muchos cantineros y vivanderos franceses que siguen al ejército, sea que otra parte está diseminada entre nuestros vendedores de comestibles y licores, o sea, principalmente porque la moneda de cuño español haya desaparecido en el tiempo del gobierno insurreccional en pago de armamentos, vestuarios y otros efectos recibidos del extranjero, especialmente de los ingleses, y de géneros que el comercio ha introducido. Confieso que en esta parte carezco de nociones bastante exactas, y que solo me he gobernado por los clamores y señales bien evidentes de pobreza que he presenciado por todas partes.
»Para satisfacer plenamente sobre el cargo o queja de que los fondos de nuestra tesorería no se han aplicado con preferencia a los gastos militares y se han empleado en prodigalidades y objetos de lujo, yo habría querido tener un estado que demostrase la inversión que se ha dado a todos los caudales introducidos en tesorería desde que el rey está en España, y creo que no sería muy difícil el que se me enviase esta noticia. Entonces vería esta corte qué cantidades se habían destinado a la guerra, y cuáles eran las que se habían distraído a superfluidades y a lujo. Entre tanto, no comprendiendo yo qué era lo que se quería calificar de prodigalidad y lujo, pues el rey nuestro señor no ha estado en el caso de hacer gastos excesivos con su lista civil, de que no ha cobrado, según creo, ni la mitad, y más presto ha carecido de lo que pide el decoro y el esplendor de la majestad, pude entender, por las explicaciones del ministro, que se hacía principalmente alusión a las gratificaciones que S. M. ha distribuido a algunos de sus servidores, tanto militares como civiles. En esta inteligencia, expuse que estas gratificaciones, hechas con el espíritu que se hacen todas de premiar servicios y estimular a que se ejecuten otros, en ninguna manera habían minorado los fondos de la tesorería aplicables a la guerra; pues habiendo consistido en cédulas hipotecarias, solo útiles para la adquisición de bienes nacionales, no podían servir para la paga del soldado ni otros dispendios que precisamente piden dinero efectivo. A esto me repuso el ministro que, pues las cédulas hipotecarias tenían un valor, este valor podía reducirse a dinero. Y mi contestación fue que por el pronto y hasta que, establecida plenamente la confianza en el gobierno, se multipliquen las ventas de bienes nacionales, las cédulas se puede decir que no tienen un valor en numerario por la grande pérdida que se hace en su reducción; pero que no se ha omitido el arbitrio de la enajenación de bienes para ocurrir a los gastos del día, entre los cuales siempre los de guerra se han mirado como los primeros; antes bien, para poder conseguir por este medio algún fondo disponible, se han concedido ventajas a los que hicieran compras pagando una parte en efectivo; y así las cédulas hipotecarias dadas por gratificación, indemnización u otro título no han quitado el recurso que por el pronto los bienes nacionales podían ofrecer a la tesorería.
»Acerca de estados mayores que se suponen numerosos y costosos, he dicho al ministro que a mi juicio habían informado mal a S. M. I., que yo no creía que el rey hubiese nombrado más generales y oficiales de estado mayor que los que eran precisos, ni admitido de los antiguos más que aquellos que en justicia debían serlo, por haber abrazado el partido de S. M. y haberse mantenido fieles en él; y que estos últimos no habían consumido hasta ahora fondos de la tesorería, pues yo dudaba que a ninguno se le hubiese satisfecho todavía sueldo. También en este punto habría yo deseado hallarme más exactamente instruido, porque estoy en el concepto de que ha habido mucha exageración en lo que han dicho al emperador. Una relación por menor de todos los estados mayores, que me parece no sería difícil formase el ministerio de la guerra, desvanecería la mala impresión que puede haber en este particular.
»La opinión de que los regimientos y cuerpos españoles son perjudiciales porque desertan y van a engrosar el número de los enemigos después de ocasionar dispendios al erario, está aquí bastante válida, y de consiguiente se mira como prematura la formación de ellos. Yo he representado al ministro que ninguna medida era más necesaria y política que esta, porque no hay gobierno que pueda existir sin fuerza; que aunque es cierto que al principio hubo mucha deserción, nunca fue tan absoluta o completa como se pondera; que cada vez ha ido siendo menor a medida que el espíritu público ha ido cambiando, y extendiéndose la reducción de las provincias; que actualmente es de esperar que será muy corta o ninguna, pues casi han desaparecido las masas grandes de insurgentes que tomaban el nombre de ejércitos, y solo quedan las partidas de bandidos que ofrecen poco atractivo a los que estén alistados bajo las banderas reales; que los cuerpos españoles empleados en guarniciones dejarían expeditas las tropas francesas para las operaciones de campaña, como lo deseaban los generales franceses, lamentándose de haber de tener diseminados sus cuerpos para conservar la tranquilidad en las provincias ya sometidas. El ministro pareció dudar de que hubiese generales franceses que conviniesen en la utilidad de la formación de cuerpos españoles, al paso que creía aprobaban la de guardias cívicas. Como yo sé positivamente que hay generales, y de mucha nota, que no solo opinan por la erección de cuerpos regulares, sino que la promueven y persuaden con ahínco, pude afirmar y sostener mi proposición. Pero yo desearía, por la importancia de este asunto, que los mismos generales hiciesen saber aquí su modo de pensar con los sólidos fundamentos en que lo pueden apoyar, porque nosotros no mereceremos en esta parte mucho crédito y, acaso, acaso, inspiraremos sospechas de mala naturaleza.
»Solo resta hablar de la sobrada bondad con que se dice haber tratado el rey a los del partido contrario, concediéndoles gracias y ventajas. Yo quise explicar al ministro las resultas favorables que había producido la amnistía general acordada a las Andalucías cuando el rey penetró por la Sierra Morena; cómo su benignidad le ganó el corazón de los habitantes de aquellas provincias, y le facilitó la ocupación de ellas sin derramamiento de sangre, y con cuánta facilidad y prontitud terminó una campaña que habría sido la más gloriosa posible sin la desgraciada resistencia de Cádiz, fomentada por los ardides y por el oro de los ingleses; pero el ministro hizo recaer el exceso de la bondad de S. M. sobre algunos individuos que, habiendo seguido el partido contrario, obtuvieron mercedes y empleos en su real servicio. Dije entonces ser pocos los que se hallaban en este caso, y que estos eran sujetos notables por sus circunstancias y por el papel que habían hecho entre los insurgentes; que S. M. estimó conveniente hacer estos ejemplares para inspirar confianza en los que todavía vacilaban sobre prestarle su sumisión, y no ha tenido motivo hasta ahora de arrepentirse de haberlos colocado en los puestos que ocupan; que por todos medios se procuró debilitar la fuerza de los insurgentes, y no fue el menos oportuno el admitir al servicio de S. M. los generales y oficiales que voluntariamente quisiesen entrar en él, haciendo el correspondiente juramento de fidelidad; y que si esto ha desagradado a algunos de los antiguos partidarios del rey, es un egoísmo indiscreto que no ha debido estorbar la grande obra de reunir la nación.
»He referido a V. E. lo que se trató en mi conferencia con el Sr. duque de Cadore. Nada hablé yo ni sobre el número de tropas francesas empleadas en la guerra de España, ni sobre la cantidad de dinero que ha enviado el tesoro de Francia a este reino, ni sobre algunos otros puntos que tocó el ministro, porque no tenía datos seguros sobre ellos, ni creí que debían ser materia de discusión. Tenga V. E. la bondad de trasladarlo todo a S. M. para su soberana inteligencia, e indicarme lo que conforme a su real voluntad deberé añadir o rectificar en ocasiones sucesivas sobre estas mismas materias. No será mucho que a mí se me hayan escapado no pocas reflexiones propias a probar la regularidad, la prudencia y las sabias miras con que S. M. ha procedido en los particulares que han dado motivo a los reparos y observaciones que, de orden del emperador, se me han puesto por delante.
»Durante la conversación con el ministro, tuve ocasión de leerle la carta que el Sr. ministro de la guerra me remitió escrita por el intendente de Salamanca en 24 de marzo último, haciendo una triste pintura del estado en que se hallaba aquella provincia y de las dificultades que ocurrían para hacer efectivas las contribuciones impuestas por el mariscal duque de Elchingen. Y antes de levantar la sesión, le leí también la carta que el regente del consejo de Navarra dirigió al Sr. ministro secretario de estado, con fecha de 30 de abril, quejándose de la conducta que había tenido el gobernador Mr. Dufour, instigando al consejo de gobierno, erigido por él mismo, a que hiciera una representación o acto incompatible con la soberanía del rey. Sobre esto, sin aprobar ni desaprobar el hecho de Mr. Dufour, se me dijo solamente que los gobiernos establecidos en Navarra y otras provincias eran unas medidas militares. Volveré a tratar más de propósito de este asunto luego que tenga oportunidad. Dios guarde a V. E. muchos años. — París, 19 de junio de 1810. — Excmo. Sr. — El Duque de Santafé. — Excmo. Sr. ministro de negocios extranjeros.»