Del palacio real se sacaron al propio tiempo todos los útiles de plata que por antiguos o de mal gusto se habían excluido del uso común y se llevaron a la casa de la moneda. Díjose que del rebusco se juntaron cerca de ochocientas mil onzas de plata, cálculo que nos parece excesivo.

De iglesias.

Tomáronse asimismo de las iglesias muchas alhajas, trasladándose a Madrid bastante porción de las del Escorial. Cierto es que, entre ellas, varias que se creían de oro no lo eran, y otras que se tenían por de plata aparecieron solo de hojuela. Mr. Napier. El historiador inglés Napier [ya es preciso nombrarle] empeñado siempre en denigrar la conducta de los patriotas, dice que esta medida del intruso excitó la codicia de los españoles, y produjo la mayor parte de las bandas que se llamaron guerrillas. Aserción tan errónea y temeraria que consta de público, y puede averiguarse en los papeles del gobierno nacional, que si los jefes de aquellas tropas interceptaron parte de la plata u otras alhajas de las que se llevaban a Madrid, por lo general las restituyeron fielmente a sus dueños o las enviaron a Sevilla. Lo contrario sucedió del lado de los franceses que, mirando a España como conquista suya, u obligados sus jefes a echar mano de todo para mantener sus tropas, se reservaron gran porción de aquellos efectos, en vez de remitirlos al gobierno de Madrid. Con frecuencia se quejaba entre sus amigos de tal desorden el conde de Cabarrús, añadiendo que Napoleón nunca conseguiría su intento en la península, si no adoptaba el medio de hacer la conquista con 600 millones y 60.000 hombres en lugar de 600.000 hombres y 60 millones, pues solo así podría ganar la opinión, que era su más terrible enemigo.

Aquel ministro, de cuya condición y prendas hemos hablado anteriormente, juzgó político y miró como inagotable recurso la creación que hizo por decreto de 9 de junio, Cédulas hipotecarias. bajo nombre de cédulas hipotecarias, de unos documentos que habían de trocarse contra los créditos antiguos del estado de cualquiera especie, y emplearse en la compra de bienes nacionales, con la advertencia de que los que rehusaran adquirir dichos bienes recibirían en cambio inscripciones del libro de la deuda pública que se establecía, cobrando al año cuatro por ciento de interés. También discurrió Cabarrús prohibir el curso de los vales reales en los países dominados por los franceses, si no llevaban el sello del nuevo escudo adoptado por José; lo que, en lugar de atraer los vales a la circulación de Madrid, ahuyentolos, temerosos los tenedores de que el gobierno legítimo se negase a reconocerlos con la nueva marca. Coligiéndose de ahí ser Cabarrús el mismo de antes, esto es, sujeto de saber y viveza, pero sobradamente inclinado a forjar proyectos a centenares, por lo cual le había ya calificado con oportunidad el célebre conde de Mirabeau d’homme à expédients.

Además, todas estas medidas, que flaqueaban ya por tantos lados y particularmente por el de la confianza, base fundamental del crédito, acabaron de hundirse con crear otras cédulas, Cédulas
de indemnización
y recompensa. llamadas de indemnización y recompensa, pues aunque al principio se limitó la suma de estas a la de 100.000.000, y en forma diferente de las otras, claro era que en un gobierno sin trabas como el de José, y en el que había de contentarse a tantos, pronto se abusaría de aquel medio, ampliándole y absorbiendo de este modo gran parte de los bienes nacionales destinados a la extinción de la deuda. Así fue que, si bien al principio algunos cortesanos y especuladores hicieron compras de cédulas hipotecarias, con que adquirieron fincas pertenecientes a confiscos y comunidades religiosas, padeció en breve aquel papel gran quebranto, quedando casi reducido a valor nominal.

No sacando, pues, de ahogo tales medidas económicas al gobierno de Madrid, tuvo Napoleón, mal de su grado, que suministrar de Francia 2.000.000 de francos mensuales, siendo aquella la primera guerra que, en lugar de producir recursos a su erario, los menguaba.

Otros decretos.

Más atinado anduvo José en otros decretos que también promulgó desde junio hasta fines del año 1809; entre ellos merece particular alabanza el que abolió el voto de Santiago, impuesto gravosísimo a los agricultores, del que hablaremos al tratar de las cortes de Cádiz. Igualmente fueron notables el de la enseñanza pública, el de la milicia y sus grados, el de municipalidades y el de quitar a los eclesiásticos toda jurisdicción civil y criminal. Providencias estas y otras, que si bien en mucha parte tiraban a la mejora del reino, no eran apreciadas por falta de ejecución, y sobre todo porque desaparecía su beneficio al lado de otras ruinosas, y de las lástimas que causaban las persecuciones de particulares y los males comunes de la guerra.

RESUMEN