Conducta
y tropelías
del gobierno
de José.
El gobierno de José, por su parte, lleno de confianza, había aumentado ya desde mayo sus persecuciones contra los que no graduaba de amigos, incomodando a unos y desterrando a otros a Francia. Confundía en sus tropelías al prócer con el literato, al militar con el togado, al hombre elocuente con el laborioso mercader. Así salieron juntos, o unos en pos de otros, a tierra de Francia el duque de Granada y el poeta Cienfuegos, el general Arteaga y varios consejeros, el abogado Argumosa y el librero Pérez. Mala manera de allegar partidarios, e innecesaria para la seguridad de aquel gobierno, no siendo los extrañados hombres de arrojo ni cabezas capaces de coligación. Expidiéronse igualmente entonces por José decretos destemplados, como lo fueron el de disponer de las cosechas de los habitantes sin su anuencia, y el de que se obligase a los que tuviesen hijos sirviendo en los ejércitos españoles a presentar en su lugar un sustituto o dar en indemnización una determinada suma. Estos decretos, como los demás, o no se cumplían o cumplíanse arbitrariamente, con lo que, en el último caso, se añadía a la propia injusticia la dureza en la ejecución.
La guerra de Austria, aunque había alterado algún tanto al gobierno intruso, no le desasosegó extremadamente, ni le contuvo en sus procedimientos. Opinión de Madrid. Llegole más al alma la cercanía de los ejércitos aliados y el ver que con ella los moradores de Madrid recobraban nuevo aliento. Procuró por tanto deslumbrarlos y divertir su atención haciendo repetidas salvas que anunciasen las victorias conseguidas en Alemania; mas el español, inclinado entonces a dar solo asenso a lo que le era favorable, acostumbrado además a las artimañas de los franceses, no dando fe a lejanas nuevas, reconcentraba todas sus esperanzas en los ejércitos aliados, cuya proximidad en vano quiso ocultar el gobierno de José. Júbilo
que allí hubo
el día
de Santa Ana. Tocó en frenesí el contentamiento de los madrileños el 26 de julio, día de Santa Ana, en el que los aldeanos que andan en el tráfico de frutas de Navalcarnero y pueblos de su comarca, esparcieron haber llegado allí y estar de consiguiente cercano a la capital Sir Roberto Wilson y su tropa. Con la noticia, saliendo de sus casas los vecinos, espontáneamente y de montón se enderezaron los más de ellos hacia la puerta de Segovia para esperar a sus libertadores. Los franceses no dieron muestra de impedirlo, limitándose el general Belliard, que había quedado de gobernador, a sosegar con palabras blandas el ánimo levantado de la muchedumbre. Durante el día reinó por todo Madrid el júbilo más exaltado, dándose el parabién conocidos y desconocidos, y entregándose al solaz y holganza. Pero en la noche, llegado aviso del descalabro que padeció el mismo 26 la vanguardia de Zayas, anunciáronlo los franceses al día siguiente como victoria alcanzada contra todo el ejército combinado, sin que la publicación hiciese mella en los madrileños, calificándola de falsa, sobre todo cuando el 31 de resultas de la batalla de Talavera vieron que los franceses tomaban disposiciones de retirada, y que los de su partido se apresuraban a recogerse al Retiro. Salieron no obstante fallidas, según en su lugar contamos, las esperanzas de los patriotas; mas, inmutables estos en su resolución, comenzaron a decir el tan sabido no importa, que, repetido a cada desgracia y en todas las provincias, tuvo en la opinión particular influjo, probando, con la constancia del resistir, que aquella frase no era hija de irrefleja arrogancia sino expresión significativa del sentimiento íntimo y noble de que una nación, si quiere, nunca es sojuzgada.
Nuevos decretos
de José.
José, sin embargo, persuadido de que con la retirada de los ejércitos aliados, las desavenencias entre ellos, la batalla de Almonacid y lo que ocurría en Austria, se afirmaba más y más en el solio, tomó providencias importantes y promulgó nuevos decretos. Antes ya había instalado el consejo de estado, no pasando a convocar cortes, según lo ofrecido en la constitución de Bayona, así por lo arduo de las circunstancias, como por no agradar ni aun la sombra de instituciones libres al hombre de quien se derivaba su autoridad. Entre los decretos, muchos y de varia naturaleza, húbolos que llevaban el sello de tiempos de división y discordia, como fueron el de confiscación y venta de los bienes embargados a personas fugitivas y residentes en provincias levantadas, y el de privación de sueldo, retiro o pensión a todo empleado que no hubiese hecho de nuevo para obtener su goce solicitud formal. De estas dos resoluciones, la primera, además de adoptar el bárbaro principio de la confiscación, era harto amplia y vaga para que en la aplicación no se acreciese su rigor; y la segunda, si bien pudiera defenderse atendiendo a las peculiares circunstancias de un gobierno intruso, mostrábase áspera en extenderse hasta la viuda y el anciano, cuya situación era justo y conveniente respetar, evitándoles todo compromiso en las discordias civiles.
Decidió también José no reconocer otras grandezas ni títulos sino los que él mismo dispensase por un decreto especial, y suprimió igualmente todas las órdenes de caballería existentes, excepto la militar de España que había creado, y la antigua del Toisón de Oro; no permitiendo ni el uso de las condecoraciones ni menos el goce de las encomiendas: por cuyas determinaciones ofendiendo la vanidad de muchos se perjudicó a otros en sus intereses, y tratose de comprometer a todos.
Aplaudieron algunos un decreto que dio José el 18 de agosto para la supresión de todas las órdenes monacales, mendicantes y clericales. Napoleón, en diciembre, había solo reducido los conventos a una tercera parte; su hermano ampliaba ahora aquella primera resolución, ya por no ser afecto a dichas corporaciones, ya también por la necesidad de mejorar la hacienda.
Medidas
económicas.
Los apuros de esta crecían, no entrando en arcas otro producto sino el de las puertas de Madrid, aumentado solo con el recargo de ciertos artículos de consumo. Semejante penuria obligó al ministro de hacienda, conde de Cabarrús, a recurrir a medios odiosos y violentos, como el del repartimiento de un empréstito forzoso entre las personas pudientes de Madrid, Plata
de particulares. y el de recoger la plata labrada de los particulares. En la ejecución de estas providencias, y sobre todo en la de la confiscación de las casas de los grandes y otros fugitivos, cometiéronse mil tropelías, teniendo que valerse de individuos despreciables y desacreditados, por no querer encargarse de tal ministerio los hombres de vergüenza. Así fue que ni el mismo gobierno intruso reportó gran provecho, echándose aquella turba de malhechores, con la suciedad y ansia de harpías, sobre cuantas cosas de valor se ofrecían a su rapacidad.
Del palacio.