Entretanto acudió José con el resto de la reserva al campo de batalla, y rota la quinta división que ya había flaqueado, penetraron los franceses hasta el cerro del castillo, al que subieron después de una muy viva resistencia. Llegó con esto a ser muy crítica la situación del ejército español, en especial la de la gente de Lacy, por lo cual Venegas juzgó prudente retirarse. Para ello ordenó a la segunda división del mando de Vigodet, que era la menos comprometida, que formase a espaldas del ejército. Ejecutó dicho jefe esta maniobra con prontitud y acierto, siguiendo a su división la cuarta, del cargo de Castejón.
Retirada
del ejército
español.
No bastó tan oportuna precaución para verificar la retirada ordenadamente, pues asustados algunos caballos con la voladura de varios carros de municiones, dispersáronse e introdujeron desorden. De allí, no obstante, con más o menos concierto, dirigiéronse todas las divisiones por distintos puntos a Herencia, y en seguida a Manzanares. Su dispersión. En esta villa, corriendo entre la caballería la voz falsa y aciaga de que los enemigos estaban ya a la espalda en Valdepeñas, desrancháronse los soldados, y de tropel y desmandadamente no pararon hasta Sierra Morena, en donde, según costumbre, se juntaron después y rehicieron. Costó a los españoles la batalla de Almonacid 4000 hombres, unos 2000 a los franceses.
Tan desventajosamente finalizó esta campaña de Talavera y la Mancha, comenzada con favorable estrella. No se advirtió sin embargo en sus resultas, a lo menos de parte de los españoles, lo que comúnmente acontece en las guerras, en las que, según con razón asienta Montesquieu, no suele ser lo más funesto las pérdidas reales que en ellas se experimentan, sino las imaginarias y el desaliento que producen. Lo que hubo de lastimoso en este caso fue haber desaprovechado la ocasión de lanzar tal vez a los franceses del Ebro allá y sobre todo la desunión momentánea de los aliados, a la que sirvió de principal motivo la falta de bastimentos.
Contestaciones
con los ingleses
sobre
subsistencias.
Cuestión ha sido esta que ya hemos tocado, y no volveríamos a renovarla si no hubiese tenido particular influjo en las operaciones militares, y mezcládose también en los vaivenes de la política. Hubo en ella por ambas partes injusticia en las imputaciones, achacándose a la central mala voluntad y hasta perfidia, y calificando esta de mero pretexto las quejas, a veces fundadas, de los ingleses. Todos tuvieron culpa, y más las circunstancias de entonces, juntamente con la dificultad de alimentar un ejército en campaña cuando no es conquistador, y de prevenir las necesidades por medio de oportunos almacenes. Se equivocó la central en imaginar que con solo dar órdenes y enviar empleados se abastecería el ejército inglés y español. A aquellas hubieran debido acompañar medidas vigorosas de coacción, poniendo también cuidado en encargar el desempeño de comisión tan espinosa a hombres íntegros y capaces. Cierto que a un gobierno de índole tan débil como la central, érale difícil emplear la coacción, sobre todo en Extremadura, provincia devastada, y en donde hasta las mismas y fértiles comarcas del valle y vera de Plasencia, primeras que habían de pisar los ingleses, acababan de ser asoladas por las tropas del mariscal Victor. Pero hubo azar en escoger por cabeza de los empleados a Lozano de Torres, quien, al paso que bajamente adulaba al general en jefe inglés, escribía a la central que eran las quejas de aquel infundadas: juego doble y villano, que descubierto, obligó a Wellington a echar con baldón de su campo al empleado español.
De parte de los ingleses hubo imprevisión en figurarse que a pesar de los ofrecimientos y buenos deseos de la central, podría su ejército ser completamente provisto y ayudado. Ya había este padecido en Portugal falta de muchos artículos, aunque en realidad el gobierno británico allí mandaba, y con la ventaja de tener próxima la mar. Mayores escaseces hubieran debido temer en España, país entonces por lo general más destruido y maltratado, no pudiendo contar con que solo el patriotismo reparase el apuro de medios después de tantas desgracias y escarmientos. Creer que el gobierno español hubiera de antemano preparado almacenes, era confiar sobradamente en su energía y principalmente en sus recursos. Los ingleses sabían por experiencia lo dificultoso que es arreglar la hacienda militar o sea comisariato, pues todavía en aquel tiempo tachaban ellos mismos de defectuosísimo el suyo, y no era dable que España, en todo lo demás tan atrasada respecto de Inglaterra, se le aventajase en este solo ramo y tan de repente.
En vano pensó la junta suprema remediar en parte el mal enviando a Extremadura a D. Lorenzo Calvo de Rozas, individuo suyo, y en cuyo celo y diligencia ponía firme esperanza. Semejante determinación, que no se tomó hasta 1.º de agosto, llegaba ya tarde, indispuestos los ánimos de los generales entre sí, y agriados cada vez más con el escaso fruto que se sacaba de la campaña emprendida. De poco sirvió también para concordarlos la dejación voluntaria que hizo Cuesta de su mando, anhelada por los mismos ingleses y expresamente pedida por su ministro en Sevilla. Lord Wellington viendo que la abundancia no crecía [*] (* Ap. n. [9-3].) cual deseaba, y que sus soldados enfermaban y perecían sus caballos, declaró que estaba resuelto a retirarse a Portugal. Entonces Eguía y Calvo hicieron, para desviarle de su propósito, nuevos ofrecimientos, concluyendo con decirle el primero que, a no ceder a sus instancias, creería que otras causas y no la falta de subsistencias le determinaban a retirarse. Otro tanto y con más descaro escribiole Calvo de Rozas. Ásperamente replicó Wellington, indicando a Eguía que en adelante sería inútil proseguir entre ellos la comenzada correspondencia.
Llegada a España
del marqués
de Wellesley.
Algunos, no obstante, mantuvieron esperanzas de que todo se compondría con la venida a Sevilla del marqués de Wellesley, hermano del general inglés y embajador nombrado por S. M. B. cerca del gobierno de España. Había llegado el marqués a Cádiz el 4, y acogídole la ciudad cual merecía su elevada clase y la fama de su nombre. No nos detendremos en describir su entrada, mas no podemos omitir un hecho que allí ocurrió digno de memoria. Fue, pues, que queriendo el embajador, agradecido al buen recibimiento, repartir dinero entre el pueblo, Juan Lobato, zapatero de oficio, y de un batallón de voluntarios, saliendo de entre las filas díjole mesuradamente: «Señor Excelentísimo, no honramos a V. E. por interés sino para corresponder a la buena amistad que nuestra nación debe a la de V. E.» Rasgo muy característico y frecuente en el pueblo español. Pasó después a Sevilla el nuevo embajador y reemplazó a Mr. Frere, a quien la junta dio el título de marqués de la Unión en prueba de lo satisfecha que estaba de su buen porte y celo. Uno de los primeros puntos que trató Wellesley con la junta fue el de la retirada de su hermano. Plan
de subsistencias. Recayendo la principal queja sobre la falta de provisiones, rogole el gobierno español que le propusiese un remedio, y el marqués extendió un plan sobre el modo de formar almacenes y proporcionar transportes, como si el estado general de España y el de sus caminos y sus carruajes estuviese al par del de Inglaterra. No obstante los obstáculos insuperables que se ofrecían para su ejecución, aprobolo la central, quizá con sus puntas de malicia, sin que por eso se adelantase cosa alguna. Retírase
Wellington
a Badajoz
y fronteras
de Portugal. Lord Wellington había ya empezado el 20 de agosto, desde Jaraicejo, su marcha retrógrada, y deteniéndose algunos días en Mérida y Badajoz, repartió en principios de septiembre su ejército entre la frontera de Portugal y el territorio español. Muchos atribuyeron esta retirada al deseo que tenía el gobierno inglés de que recayese en Lord Wellington el mando en jefe del ejército aliado. Nosotros, sin entrar en la refutación de este dictamen, nos inclinamos a creer que, más que de aquella causa y de la falta de subsistencias, que en efecto se padeció, provino semejante resolución del rumbo inesperado que tomaron las cosas de Austria. Los ingleses habían pasado a España en el concepto de que prolongándose la guerra en el Norte, tendrían los franceses que sacar tropas de la península, y que no habría por tanto que luchar en las orillas del Tajo sino con determinadas fuerzas. Sucedió lo contrario, atribuyendo después unos y otros a causas inmediatas lo que procedía de origen más alto. De todos modos, las resultas fueron desgraciadas para la causa común, y la central, como diremos después, recibió de este acontecimiento gran menoscabo en su opinión.