Su incertidumbre.
Permanecía así incierto, cuando el 3 de agosto le avisó Don Gregorio de la Cuesta cómo se retiraba de Talavera. Con esta noticia parecía que quien se había mostrado circunspecto en momentos favorables, seríalo ahora mucho más y con mayor fundamento. Pero no fue así, pues en vez de retirarse, tomó el 5 disposiciones para defender el paso del Tajo. Apostó en sus orillas las divisiones primera, segunda y tercera, al mando todas de Don Pedro Agustín Girón, que debían atender a los vados y a los puentes Verde, de Barcas y la Reina, quedándose detrás camino de Ocaña con las otras dos divisiones el mismo Venegas.
Defiende
el paso del Tajo
en Aranjuez.
Los franceses se presentaron en la ribera derecha a las dos de la tarde del mismo 5, y empezaron por atacar la izquierda española colocada en el jardín del infante Don Antonio, acometiendo después los tres puentes. A todas partes acudía el general Girón con admirable presteza, y en particular a la izquierda, apoyando sus esfuerzos los generales Lacy y Vigodet. No menos animosos se mostraban los otros jefes y soldados, y los hubo que apenas curados de sus heridas volvían a la pelea. Los franceses viendo la porfía de la defensa abandonaron al anochecer su intento. Perdimos 200 hombres; los enemigos 500, estando más expuestos a nuestros fuegos.
Bastábale a Venegas la ventaja adquirida para que satisfecho se retirase con honra; mas creciendo su confianza permaneció en Ocaña, y se aventuró a una batalla campal. Los franceses frustrado su deseo de pasar el Tajo por Aranjuez, hicieron continuos movimientos con dirección a Toledo, lo cual excitó en Venegas la sospecha de que querían atravesar hacia allí el río, y cogerle por la espalda. Situó en consecuencia su ejército en escalones desde Aranjuez a Tembleque, en donde estableció su cuartel general, enviando la quinta división sobre Toledo. En efecto, los franceses pasaron en 9 de agosto el Tajo por esta ciudad y los vados de Añover, y el 10 juntó el general español sus fuerzas en Almonacid.
Batalla
de Almonacid.
En la creencia de que los franceses solo eran 14.000, repugnábale a Don Francisco Venegas desamparar la Mancha, inclinándose a presentar batalla. Oyó, sin embargo, antes la opinión de los demás generales, la cual coincidiendo con la suya, se acordó entre ellos atacar a los franceses el 12, dando el 11 descanso a las tropas. Mas en este día previnieron los enemigos los deseos de los nuestros trabando la acción en la madrugada.
Componíase la fuerza francesa del cuarto cuerpo, al mando de Sebastiani, y de la reserva, a las órdenes de Dessolles y de José en persona, cuyo total ascendía a 26.000 infantes y 4000 caballos. Situáronse los españoles delante de Almonacid y en ambos costados. El derecho le guarnecía la segunda división, el izquierdo la primera, y ocupaban el centro la cuarta y quinta. Quedó la reserva a retaguardia, destacándose solo de ella dos o tres cuerpos. Distribuyose la caballería entre ambos extremos de la línea, excepto algunos jinetes que se mantuvieron en el centro.
Empezó a atacar el general Sebastiani antes que llegase su reserva, dirigiéndose contra la izquierda española. Viose, por tanto, muy comprometido un cuerpo de la primera división, y a punto de tener que replegarse sobre los batallones de Bailén y Jaén, que eran dos de los destacados de la tercera división. Ciaron también estos de la cresta de un monte a la izquierda de la línea donde se alojaban, herido mortalmente el teniente coronel de Bailén Don Juan de Silva. Inútilmente fue a su socorro el general Girón, hasta que desplegando al frente de las columnas enemigas Don Luis Lacy, con lo restante de su primera división contuvo a aquellas y las rechazó, apoyado por la caballería.
A la sazón llegó el general Dessolles con parte de la reserva francesa, y animando a los soldados de Sebastiani renovose con más ardor la refriega. Viéronse entonces también acometidas la cuarta y quinta división española; la última, colocada a la derecha de Almonacid, dio luego indicio de flaquear; mas la otra sostúvose bizarramente, distinguiéndose los cuerpos de Jerez, Córdoba y Guardias españolas, guiado el segundo con conocimiento y valentía por Don Francisco Carvajal. Cargaba igualmente la caballería, y anunciábase allí la victoria cuando, muerto el caballo del comandante de aquellos jinetes, vizconde de Zolina, hombre de nimia superstición aunque de valor no escaso, parose este tomando por aviso de Dios la muerte de su caballo.