En la tarde del 7, después de haber inútilmente procurado los enemigos intimar la rendición a la plaza, rompieron el fuego por todas partes desde la batería formada al pie de Montelibi hasta los apostaderos del arrabal del Carmen, imposibilitando de este modo el tránsito del puente de piedra.

Se agolpan
contra Gerona
todo género
de males.

Gerona, en fin, se hallaba el 8 sin verdadera defensa. Perdidos casi todos sus fuertes exteriores, veíase interrumpida la comunicación con tres que aún no lo estaban. Siete brechas abiertas, 1100 hombres era la fuerza efectiva, y estos convalecientes o batallando, como los demás, contra el hambre, el contagio y la continua y penosa fatiga. De sus cuerpos no quedaba sino una sombra, y el espíritu aunque sublime no bastaba para resistir a la fuerza física del enemigo. Hasta Álvarez, de cuya boca, como de la de Calvo, gobernador de Maestricht, no salían otras palabras que las de «no quiero rendirme», doliente durante el sitio de tercianas, Enfermedad
de Álvarez. rindiose al fin a una fiebre nerviosa que el 4 de diciembre ya le puso en peligro. Continuó no obstante dando sus órdenes hasta el 8, en que, entrándole delirio, hizo el 9, en un intervalo de sano juicio, dejación del mando en el teniente de rey Don Julián Bolívar. Sustitúyele
D. Julián Bolívar. Su enfermedad fue tan grave que recibió la extremaunción, y se le llegó a considerar como muerto. Hasta entonces no parecía sino que aun las bombas en su caída habían respetado tan grande alma, pues destruido todo en su derredor y los más de los cuartos de su propia casa, quedó en pie el suyo, no habiéndose nunca mudado del que ocupaba al principio del sitio.

Háblase
de capitular.

Postrado Álvarez, postrose Gerona. En verdad ya no era dado resistir más tiempo. D. Julián Bolívar congregó la junta corregimental y una militar. Dudaban todos qué resolver, ¡tanto les pesaba someterse al extranjero!; pero habiendo recibido aviso del congreso catalán de que su socorro no llegaría con la deseada prontitud, tuvieron que ceder a su dura estrella, y enviaron para tratar al campo enemigo a D. Blas de Fournás. Honrosa
capitulación
de Gerona.
(* Ap. n. [10-2].) Acogió bien a este el mariscal Augereau y se ajustó [*] entre ambos una capitulación honrosa y digna de los defensores de Gerona. Entraron los franceses en la plaza el 11 de diciembre por la puerta del Areny, y asombráronse al considerar aquel montón de cadáveres y de escombros, triste monumento de un malogrado heroísmo. Habían allí perecido de 9 a 10.000 personas, entre ellas 4000 moradores.

Extraordinaria
defensa
la de esta plaza.

Carnot nos dice que, consultando la historia de los sitios modernos, apenas puede prolongarse más allá de 40 días la defensa de las mejores plazas, ¡y la de la débil Gerona duró siete meses! Atacáronla los franceses, conforme hemos visto, con fuerzas considerables, levantaron contra sus muros 40 baterías de donde arrojaron más de 60.000 balas y 20.000 bombas y granadas, valiéndose por fin de cuantos medios señala el arte. Nada de esto sin embargo rindió a Gerona, «solo el hambre, según el dicho de un historiador de los enemigos, y la falta de municiones pudo vencer tanta obstinación.»

Dirigieron los españoles la defensa, no solo con la fortaleza que infundía Álvarez, sino con tino y sabiduría. Mejor avituallada, hubiera Gerona prolongado sin término su resistencia, teniendo entonces los enemigos que atacar las calles y las casas, en donde, como en Zaragoza, hubieran encontrado sus huestes nuevo sepulcro.

Álvarez,
trasladado
a Francia.
Su muerte.

El gobernador Don Mariano Álvarez, aunque desahuciado, volvió en sí, y el 23 de diciembre le sacaron para Francia. Desde allí tornáronle a poco a España, y le encerraron en un calabozo del castillo de Figueras, habiéndole antes separado de sus criados y de su ayudante Don Francisco Satué. Al día siguiente de su llegada susurrose que había fallecido, y los franceses le pusieron de cuerpo presente tendido en unas parihuelas, Sospechas
de que fue
violenta. apareciendo la cara del difunto hinchada y de color cárdeno a manera de hombre a quien han ahogado o dado garrote. Así se creyó generalmente en España, y en verdad la circunstancia de haberle dejado solo, los indicios que de muerte violenta se descubrían en su semblante, y noticias confidenciales [*] (* Ap. n. [10-3].) que recibió el gobierno español, daban lugar a vehementes sospechas. Hecho tan atroz no merecía sin embargo fe alguna, a no haber amancillado su historia con otros parecidos el gabinete de Francia de aquel tiempo.