Honores
concedidos
a la memoria
de Álvarez.
La junta central decretó «que se daría a Don Mariano Álvarez, si estaba vivo, una recompensa propia de sus sobresalientes servicios, y que si por desgracia hubiese muerto, se tributarían a su memoria y se darían a su familia los honores y premios debidos a su ínclita constancia y heroico patriotismo.» Las cortes congregadas más adelante en Cádiz mandaron grabar su nombre en letras de oro en el salón de las sesiones, al lado de los ilustres Daoiz y Velarde. En 1815 Don Francisco Javier Castaños, capitán general de Cataluña, pasó a Figueras, hízole las debidas exequias, y colocó en el calabozo en donde había expirado una lápida que recordase el nombre de Álvarez a la posteridad. Honores justamente tributados a tan claro varón.
Estado
de las otras
provincias.
Ocurrieron durante el largo sitio de Gerona en las demás partes de España diversos e importantes acontecimientos. De los más principales hasta la batalla de Talavera dimos cuenta. Reservamos otros para este lugar, sobre todo los que acaecieron posteriormente a aquella jornada. Entre ellos distinguiremos los generales y que tomaban principio en el gobierno central, de los particulares de las provincias, empezando por los últimos nuestra narración.
Provincias
libres.
Debe considerarse en aquel tiempo el territorio español como dividido en país libre y en país ocupado por el extranjero. Valencia, Murcia, las Andalucías, parte de Extremadura y de Salamanca, Galicia y Asturias respiraban desembarazadas y libres, trabajadas solo por interiores contiendas. Mostrábase Valencia rencillosa y pendenciera, excitando al desorden el ambicioso general Don José Caro, quien, habiéndose valido de ciertas cabezas de la insurrección para derribar de su puesto al conde de la Conquista, las persiguió después y maltrató encarnizadamente. Murcia, aunque satélite, por decirlo así, de Valencia en lo militar, daba señales de moverse con mayor independencia cuando se trataba de mantener la unión y el orden. Asiento las Andalucías del gobierno central, no recibían por lo común otro impulso que el de aquel, teniendo que someterse a su voluntad la altiva junta de Sevilla. Permaneció en general sumisa Extremadura, y la parte libre de Salamanca estaba sobradamente hostigada con la cercanía del enemigo para provocar ociosas reyertas. En Galicia y Asturias no reinaba el mejor acuerdo, resintiéndose ambas provincias de los males que causó la atropellada conducta de Romana. Desabrida la primera con la persecución de los patriotas, no ayudó al conde de Noroña que quedó mandando y a quien también faltaba el nervio y vigor entonces tan necesarios, lo cual excitó de todas partes vivas reclamaciones al gobierno supremo para que se restableciese la junta provincial que Romana ni pensó ni quiso convocar. Al cabo, pero pasados meses, se atendió a tan justos clamores. Gobernaban a Asturias el general Mahy y la junta que formó el mismo Romana, autoridades ambas harto negligentes. En octubre fue reemplazado el primero por el general Don Antonio de Arce. Habíale enviado de Sevilla la junta central en compañía del consejero de Indias Don Antonio de Leiva, a fin de que aquel capitanease la provincia y de que los dos oyesen las quejas de los individuos de la junta disuelta por Romana. Ejecutose lo postrero mal y lentamente, y en lo demás nada adelantó el nuevo general, hombre pacato y flojo. Reportose, por tanto, poco fruto en las provincias libres de las buenas disposiciones de los habitantes, siendo menester que el enemigo punzase de cerca para estimular a las autoridades y acallar sus desavenencias.
Provincias
ocupadas.
Tampoco faltaban rivalidades en las provincias ocupadas, particularmente entre los jefes militares, achaque de todo estado en que las revueltas han roto los antiguos vínculos de subordinación y orden. Vamos a hablar de lo que en ellas pasó hasta fines de 1809.
Navarra
y Aragón.
Pulularon en Aragón, después de las funestas jornadas de María y Belchite, los partidarios y cuerpos francos. Recorrían unos los valles del Pirineo e izquierda del Ebro, otros la derecha y los montes que se elevan entre Castilla la Nueva y reino de Aragón. Aquellos obraban por sí y sostenidos a veces con los auxilios que les enviaba Lérida; los segundos escuchaban la voz de la junta de Molina y en especial la de la de Aragón, que, restablecida en Teruel el 30 de mayo, tenía a veces que convertirse, como muchas otras y a causa de las ocurrencias militares, en ambulante y peregrina.