Abrigáronse partidarios intrépidos de las hoces y valles que forma el Pirineo desde el de Benasque en la parte oriental, hasta el de Ansó situado al otro extremo. También aparecieron muy temprano en el de Roncal, que pertenece a Navarra, fragoso y áspero, propio para embreñarse por selvas y riscos. Renovales. En estos dos últimos y aledaños valles campeó con ventura D. Mariano Renovales. Prisionero en Zaragoza, se escapó cuando le llevaban a Francia, y dirigiéndose a lugares solitarios, se detuvo en Roncal para reunir varios oficiales también fugados. Noticioso de ello el general francés D’Agoult, que mandaba en Navarra, y temeroso de un levantamiento, envió en mayo para prevenirle al jefe de batallón Puisalis con 600 hombres. Súpolo Renovales, y allegando apresuradamente paisanos y soldados dispersos, se emboscó el 20 del mismo mes en el país que media entre los valles del Roncal y Ansó. Combates
en Roncal. El 21, antes de la aurora, comenzaron los combates, trabáronse en varios puntos, duraron todo aquel día y el siguiente, en que se terminaron con gloria nuestra al pie del Pirineo, en la alta roca llamada Undarí. Todos los franceses que allí acudieron fueron muertos o hechos prisioneros, excepto unos 120 que no penetraron en los valles.
Animado con esto Renovales, pero mal municionado, buscó recursos en Lérida y trajo armeros de Éibar y Plasencia. Pertrechado algún tanto, aguardó a los franceses, quienes invadiendo de nuevo aquellas asperezas el 15 de junio, fueron igualmente deshechos y perseguidos hasta la villa de Lumbier. Interpusiéronse en seguida los nuestros en los caminos principales, y sembraron entre los enemigos el desasosiego y la zozobra.
Correspondencia
entre
los franceses
y Renovales.
Dieron lugar tales movimientos a que el comandante de Zaragoza, Plicque, y el gobernador de Navarra, D’Agoult, entablasen correspondencia con Renovales. En ella, al paso que agradecían los enemigos el buen porte de que usaba el general español con los franceses que cogía, reclamaban altamente el castigo de algunos subalternos, que se habían desmandado a punto de matar varios prisioneros, quejándose también de que el mismo Renovales se hubiese escapado, sin atender a la palabra empeñada. Respecto de lo primero, olvidaban los franceses que a tan lamentables excesos habían dado ellos triste ocasión, mandando D’Agoult ahorcar poco antes, socolor de bandidos, a cinco hombres que formaban parte de una guerrilla de Roncal; y respecto de lo segundo replicó Renovales: «si yo me fugué antes de llegar a Pamplona, advertid que se faltó por los franceses al sagrado de la capitulación de Zaragoza. Fui el primero a quien el general Morlot, sin honor ni palabra, despojó de caballos y equipaje, hollando lo estipulado. Si al general francés es lícita la infracción de un derecho tan sagrado, no sé por qué ha de prohibirse a un general español faltar a su palabra de prisionero.»
Sarasa.
Los triunfos de Roncal y Ansó infundieron grande espíritu en todas aquellas comarcas, y Don Miguel Sarasa, hacendado rico, después de haber tomado las armas y combatido en julio en varios felices reencuentros, formó la izquierda de Renovales apostándose en San Juan de la Peña, monasterio de benedictinos, y en cuya espelunca, como la llama Zurita, nació la monarquía aragonesa y se enterraron sus reyes hasta Don Alfonso el II.
Viendo los enemigos cuán graves resultas podría traer el levantamiento de los valles del Pirineo, mayormente no habiéndoles sido dado apagarle en su origen, idearon acometer a un tiempo el país que media entre Jaca y el valle de Salazar, en Navarra, llamando al propio tiempo la atención del lado de Benasque. Con este fin salieron tropas de Zaragoza y Pamplona y de otros puntos en que tenían guarnición, no olvidando tampoco amenazar de la parte de Francia. Un trozo dirigiose por Jaca sobre San Juan de la Peña, otro ocupó los puertos de Salvatierra, Castillo Nuevo y Navascués, y se juntó una corta división en el valle de Salazar. San Juan
de la Peña
quemado. Fue San Juan de la Peña el primer punto atacado. Defendiose Sarasa vigorosamente, mas, obligado a retirarse, quemaron el 26 de agosto los franceses el monasterio de benedictinos, conservándose solo la capilla abierta en la peña. Con el edificio ardió también el archivo, habiéndose perdido allí, como en el incendio del de la diputación de Zaragoza, ocurrido durante el sitio, preciosos documentos que recordaban los antiguos fueros y libertades de Aragón. El general Suchet fundó, por vía de expiación, en la capilla que quedaba del abrasado monasterio, una misa perpetua con su dotación correspondiente. Pensaba quizá cautivar de este modo la fervorosa devoción de los habitantes, mas tomose a insulto dicha fundación y nadie la miró como efecto de piedad religiosa.
Combates
en los valles
de Ansó y Roncal.
Vencido este primer obstáculo avanzaron los franceses de todas partes hacia los valles de Ansó y Roncal. El 27 empezó el ataque en el primero, y a pesar de la porfiada oposición de los ansotanos, entraron los enemigos la villa a sangre y fuego.
Contrarrestó Renovales su ímpetu en Roncal los días 27, 28 y 29, retirándose hasta el término y boquetes de la villa de Urzainqui. Mas, agolpándose a aquel paraje los franceses del valle de Ansó, los del de Salazar y una división procedente de Oleron en Francia, no fue ya posible hacer por más tiempo rostro a tanta turba de enemigos. Así, deseando Renovales salvar de mayores horrores a los roncaleses, Capitulan
los valles. determinó que Don Melchor Ornat, vecino de la villa, capitulase honrosamente por los valles, como lo hizo, asegurando a los naturales la libertad de sus personas y el goce de sus propiedades. Renovales con varios oficiales, soldados y rusos desertores se trasladó al Cinca.