La junta central, a vista de tamaña mengua, publicó un manifiesto en que procurando desimpresionar a los españoles del mal efecto que produciría la noticia de la paz, con profusión derramó amargas quejas sobre la conducta del gabinete austriaco, lenguaje que a este ofendió en extremo.
Prurito
de batallar
de la central.
Disculpable era, hasta cierto punto, el gobierno español, hallándose de nuevo reducido a no vislumbrar otro campo de lides sino el peninsular. Mas semejante estado de cosas, y las propias desgracias, hubieran debido hacerle más cauto, y no comprometer en batallas generales y decisivas su suerte y la de la nación. El deseo de entrar en Madrid, y las ventajas adquiridas en Castilla la Vieja, pesaban más en la balanza de la junta central que maduros consejos.
Ejército
de la izquierda.
Hablemos pues de las indicadas ventajas. Luego que el marqués de la Romana dejó en el mes de agosto en Astorga el ejército de su mando, llamado de la izquierda, condújole a Ciudad Rodrigo D. Gabriel de Mendizábal para ponerle en manos del duque del Parque, nombrado sucesor del marqués. Llegaron las tropas a aquella plaza antes de promediar septiembre, y a estar todas reunidas, hubiera pasado su número de 26.000 hombres; pero compuesto aquel ejército de cuatro divisiones y una vanguardia, la 3.ª, al mando de Don Francisco Ballesteros, no se juntó con Parque hasta mediados de octubre, y la 4.ª quedose en los puertos de Manzanal y Foncebadón a las órdenes, según insinuamos, del teniente general Don Juan José García.
General
Marchand.
El 6.º cuerpo francés, después de su vuelta de Extremadura, ocupaba la tierra de Salamanca, mandándole el general Marchand en ausencia del mariscal Ney, que tornó a Francia. Continuaba en Valladolid el general Kellermann Carrier. y vigilaba Carrier con 3000 hombres las márgenes del Esla y del Órbigo.
Primera defensa
de Astorga.
Atendían los franceses de Castilla, más que a otra cosa, a seguir los movimientos del duque del Parque, no descuidando por eso los otros puntos. Así aconteció que en 9 de octubre quiso el general Carrier posesionarse de Astorga, ciudad antes de ahora nunca considerada como plaza. Gobernaba en ella desde 22 de septiembre D. José María de Santocildes; guarnecíanla unos 1100 soldados nuevos, mal armados y con solos 8 cañones que servía el distinguido oficial de artillería Don César Tournelle. En tal estado, sin fortificaciones nuevas y con muros viejos y desmoronados, se hallaba Astorga cuando se acercó a ella el general Carrier seguido de 3000 hombres y dos piezas. Brevemente y con particular empeño, cubiertos de las casas del arrabal de Reitibia, embistieron los franceses la puerta del Obispo. Cuatro horas duró el fuego, que se mantuvo muy vivo, no acobardándose nuestros inexpertos soldados ni el paisanaje, y matando o hiriendo a cuantos enemigos quisieron escalar el muro o aproximarse a aquella puerta. Retiráronse por fin estos con pérdida considerable. Entre los españoles que en la refriega perecieron señalose un mozo, de nombre Santos Fernández, cuyo padre al verle expirar, enternecido pero firme, prorrumpió en estas palabras: «Si murió mi hijo único, vivo yo para vengarle.» Hubo también mujeres y niños que se expusieron con grande arrojo, y Astorga, ciudad por donde tantas veces habían transitado pacíficamente los franceses, rechazolos ahora preparándose a recoger nuevos laureles.
Muévese el duque
del Parque
al frente
del ejército
de la izquierda.