Anunciose tal novedad en decreto de 28 de octubre publicado en 4 de noviembre, especificándose en su contenido que aquellas serían convocadas en 1.º de enero de 1810 para empezar sus augustas funciones en el 1.º de marzo siguiente. El deseo de contener las miras ambiciosas de los que aspiraban a la autoridad suprema, alentó a los centrales partidarios de la representación nacional a que clamasen con mayor instancia por la aceleración de su llamamiento. Don Lorenzo Calvo de Rozas, entre ellos uno de los más decididos y constantes, promovió la cuestión por medio de proposiciones que formalizó en 14 y 29 de septiembre, renovando la que hizo en abril anterior y que había provocado el decreto de 22 de mayo. Suscitáronse disensiones y altercados en la junta, mas logrose la aprobación del decreto ya insinuado, apretando a la comisión de cortes para que concluyese los trabajos previos que le estaban encomendados, y que particularmente se dirigían al modo de elegir y constituir aquel cuerpo. Esta comisión desempeñó ahora con menos embarazo su encargo por haber reemplazado a Riquelme y Caro, rémoras antes para todo lo bueno, los señores Don Martín de Garay y conde de Ayamans, dignos y celosos cooperadores.

Instálase
la comisión
ejecutiva.

La ejecutiva se instaló el 1.º de noviembre, no entendiendo ya la junta plena en ninguna materia de gobierno, excepto en el nombramiento de algunos altos empleos que se reservó. Siguiéronse no obstante tratando en las sesiones de la junta los asuntos generales, los concernientes a contribuciones y arbitrios, y las materias legislativas. Continuó así hasta su disolución, dividido este cuerpo en dichas dos porciones, ejerciendo cada una sus facultades respectivas.

Estado
de Europa.

En tanto, el horizonte político de Europa se encapotaba cada vez más. Estimulada la gran Bretaña con la guerra de Austria, no se había ceñido a aumentar en la península sus fuerzas, sino que también preparó otras dos expediciones Expediciones inglesas.
Contra Nápoles. a puntos opuestos, una a las órdenes de Sir Juan Stuart contra Nápoles, y otra al Escalda e isla de Walcheren mandada por Lord Chatam. Malos consejos alejaron la primera de estas expediciones de la costa oriental de España, adonde se había pensado enviarla, y se empleó en objeto infructuoso como lo fue la invasión del territorio napolitano. Contra
el Escalda. La segunda, formidable y una de las mayores que jamás saliera de los puertos ingleses, se componía de 40.000 hombres de desembarco, tropas escogidas, ascendiendo en todo la fuerza de tierra y mar a 80.000 combatientes. Proponíase con ella el gobierno británico destruir ante todo el gran arsenal que en Amberes había Napoleón construido. Lástima fue que en este caso no hubiese aquel gabinete escuchado a sus aliados. El emperador de Austria opinaba por el desembarco en el norte de Alemania, en donde el ejemplo de Schill, caudillo tan bravo y audaz, hubiera sido imitado por otros muchos al ver la ayuda que prestaban los ingleses. La junta central instó porque la expedición llevase el rumbo hacia las costas cantábricas y se diese la mano con la de Wellesley: y cierto que si las tropas de Stuart y Chatam hubiesen tomado tierra en la península o en el norte de Alemania en el tiempo en que aún duraba la guerra en Austria, quizá no hubiera esta tenido un fin tan pronto y aciago. Prescindiendo de todo el gobierno inglés sacrificó grandes ventajas a la que presumía inmediata de la destrucción del arsenal de Amberes, ventaja mezquina aunque la hubiera conseguido, en comparación de las otras.

Desgraciadísima
esta.

Es ajeno de nuestro propósito entrar en la historia de aquellas expediciones, y así solo diremos que al paso que la de Stuart no tuvo resultado, pereció la de Chatam miserablemente sin gloria y a impulsos de las enfermedades que causó en el ejército inglés la tierra pantanosa de la isla de Walcheren a la entrada del Escalda. Tampoco se encontraron con habitantes que les fueran afectos, de donde pudieron aprender cuán diverso era, a pesar del valor de sus tropas, tener que lidiar en tierra enemiga o en medio de pueblos que, como los de la península, se mantenían fieles y constantes.

Paz entre
Napoleón
y el Austria.
(* Ap. n. [10-4].)

Colmó tantas desgracias la paz de Austria, en favor de cuya potencia había cedido la junta central una porción de plata [*] en barras que venían de Inglaterra para socorro de España, y además permitió, sin reparar en los perjuicios que se seguirían a nuestro comercio, que el mismo gobierno británico negociase con igual objeto en nuestros Sacrificios
de la central
en favor
de Austria. puertos de América 3.000.000 de pesos fuertes: sacrificios inútiles. Desde el armisticio de Znaim pudo ya temerse cercana la paz. El gabinete de Austria, viendo su capital invadida, incierto de la política de la Rusia, y no queriendo buscar apoyo en sus propios pueblos, de cuyo espíritu comenzaba a estar receloso, decidiose a terminar una lucha que, prolongada, todavía hubiera podido convertirse para Napoleón en terrible y funesta, manifestándose ya en la población de los estados austriacos síntomas de una guerra nacional. Y ¡cosa extraña! un mismo temor, aunque por motivos opuestos, aceleró entre ambas partes beligerantes la conclusión de la paz. Firmose esta en Viena el 15 de octubre. El Austria, además de la pérdida de territorios importantes y de otras concesiones, se obligó, por el artículo 15 del tratado, a «reconocer las mutaciones hechas o que pudieran hacerse en España, en Portugal y en Italia.»

Manifiesto
de la central.