La junta, no obstante, viendo cuán de cerca la atacaban, que la opinión misma del embajador de Inglaterra, si bien opuesto a violencias, era la de reconcentrar la potestad ejecutiva, y que hasta las autoridades que le habían dado el ser eran las más de idéntico o parecido sentir, resolvió ocuparse seriamente en la materia. Algunos de sus individuos pensaban ser conveniente la remoción de todos los centrales o de una parte de ellos, acallando así a los que tachaban su conducta de ambiciosa. Suscitó tal medida el bailío Don Antonio Valdés, la cual contados de sus compañeros sostuvieron, desechándola los más. Diversidad
de opiniones. Tres dictámenes prevalecían en la junta, el de los que juzgaban ocioso hacer una mudanza cualquiera debiendo convocarse luego las cortes, el de los que deseaban una regencia escogida fuera del seno de la central, y en fin el de los que repugnando la regencia querían sin embargo que se pusiese el gobierno o potestad ejecutiva en manos de un corto número de individuos sacados de los mismos centrales. Entre los que opinaban por lo segundo se contaba Jovellanos, pero tan respetable varón, luego que percibió ser la regencia objeto descubierto de ambición que amenazaba a la patria con peligrosas ocurrencias, mudó de parecer y se unió a los del último dictamen.

Nómbrase
al efecto
una comisión.

Al frente de este se hallaba Calvo, que acababa de volver de Extremadura y quien, con su áspera y enérgica condición, no poco contribuyó a parar los golpes de los que dentro de la misma junta solo hablaban de regencia para destruir la central e impedir la convocación de cortes. Trajo hacia sí a Jovellanos y sus amigos, los que concordes consiguieron después de acaloradas discusiones, que se aprobasen el 19 de septiembre dos notables acuerdos: 1.º, la formación de una Comisión ejecutiva encargada del despacho de lo relativo a gobierno, reservando a la junta los negocios que requiriesen plena deliberación; y 2.º, fijar para 1.º de marzo de 1810 la apertura de las cortes extraordinarias.

Antes de publicarse dichos acuerdos nombrose una comisión para formar el reglamento o plan que debía observar la ejecutiva, y como recayese el encargo en Don Gaspar de Jovellanos, bailío Don Antonio Valdés, marqués de Campo Sagrado, Don Francisco Castanedo y conde de Gimonde, amigos los más del primero, creyose que a la presentación de su trabajo serían los mismos escogidos para componer la comisión ejecutiva. Pero se equivocaron los que tal creyeron. Nómbrase
otra segunda. En el intermedio que hubo entre formar el reglamento y presentarle, los aficionados al mando y los no adictos a Jovellanos y sus opiniones se movieron, y bajo un pretexto u otro alcanzaron que la mayoría de la junta desechase el reglamento que la comisión había preparado. Escogiose entonces otra nueva para que le enmendase con objeto de renovar, si ser pudiese, la cuestión de regencia, o si no de meter en la comisión ejecutiva las personas que con más empeño sostenían dicho dictamen. Nuevos manejos. Viose a las claras ser aquella la intención oculta de ciertas personas por lo que de nuevo sucedió con Don Francisco de Palafox. Palafox. Este vocal, juguete de embrolladores, resucitó la olvidada controversia cuando se discutía en la junta el plan de la comisión ejecutiva. Los instigadores le habían dictado un papel que al leerle produjo tal disgusto que, arredrado el mismo Palafox, se allanó a cancelar en el acto mismo las cláusulas más disonantes.

Romana.

Viendo la facción cuán mal había correspondido a su confianza el encargado de ejecutar sus planes, trató de poner en juego al marqués de la Romana, recién llegado del ejército, y cuya persona más respetada gozaba todavía entre muchos de superior concepto. Había sido el marqués nombrado individuo de la comisión sustituida para corregir el plan presentado por la primera, y en su virtud asistió a sus sesiones, discutió los artículos, enmendó algunos, y por último firmó el plan acordado, si bien reservándose exponer en la junta su dictamen particular. Parecía no obstante que se limitaría este a ofrecer algunas observaciones sobre ciertos puntos, habiendo en lo general merecido su aprobación la totalidad del plan. Su inconsiderada
conducta y su representación. Mas cuál fue la admiración de sus compañeros al oír al marqués en la sesión del 14 de octubre renovar la cuestión de regencia por medio de un papel escrito en términos descompuestos, y en el que haciendo de sí propio pomposas alabanzas, expresaba la necesidad de desterrar hasta la memoria de un gobierno tan notoriamente pernicioso como lo era el de la central. Y al mismo tiempo que tan mal trataba a esta y que la calificaba de ilegítima, dábale la facultad de nombrar regencia y de escoger una diputación permanente, compuesta de cinco individuos y un procurador, que hiciese las veces de cortes, cuya convocación dejaba para tiempos indeterminados. A tales absurdos arrastraba la ojeriza de los que habían apuntado el papel al marqués, y la propia irreflexión de este hombre, tan pronto indolente, tan pronto atropellado.

Nómbrase
la comisión
ejecutiva.

A pesar de crítica tan amarga y de las perjudiciales consecuencias que podría traer un escrito como aquel, difundido luego por todas partes, no solo dejó la junta de reprender a Romana, sino que también, ya que no adoptó sus proposiciones, fue el primero que escogió para componer la comisión ejecutiva. No faltó quien atribuyese semejante elección a diestro artificio de la central, ora para enredarle en un compromiso por haber dicho en su papel que a no aprobarse su dictamen renunciaría a su puesto, ora también para que experimentase por sí mismo la diferencia que media entre quejarse de los males públicos y remediarlos.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que el marqués admitió el nombramiento y que sin detención se eligieron sus otros compañeros. La comisión ejecutiva conforme a lo acordado debía constar de seis individuos y del presidente de la central, renovándose a la suerte parte de ellos cada dos meses. Los nombrados además de Romana fueron D. Rodrigo Riquelme, D. Francisco Caro, Don Sebastián de Jócano, D. José García de la Torre y el marqués de Villel. En el curso de esta historia ya ha habido ocasión de indicar a que partido se inclinaban estos vocales, y si el lector no lo ha olvidado recordará que se arrimaban al del antiguo orden de cosas, por lo cual hubieran muchos llevado a mal su elección si no hubiese sido acompañada con el correctivo del llamamiento de cortes.

Fíjase el día
de juntarse
las cortes.