Resolución
de invadir
las Andalucías.

Llamaba singularmente la atención del gabinete de las Tullerías el destruir el ejército inglés, situado ya en Portugal a la derecha del Tajo. Pero el gobierno de José prefería a todo invadir las Andalucías, esperando así disolver la junta central, principal foco de la insurrección española. Por tanto puso su mayor ahínco en llevar a cabo esta su predilecta empresa.

Destináronse para ella los tres cuerpos de ejército 1.º, 4.º y 5.º, con la reserva y algunos cuerpos españoles de nueva formación, en que tenían los enemigos poca fe, constando el total de la fuerza de unos 55.000 hombres. Mandábalos José en persona, teniendo por su mayor general al mariscal Soult, que era el verdadero caudillo.

Sus preparativos.

Sentaron los franceses sus reales el 19 de enero en Santa Cruz de Mudela. A su derecha y en Almadén del Azogue se colocó antes el mariscal Victor con el primer cuerpo, debiendo penetrar en Andalucía por el camino llamado de la Plata. A la izquierda apostose en Villanueva de los Infantes el general Sebastiani, que regía el 4.º y que se preparaba a tomar la ruta de Montizón. Debía atravesar la sierra, partiendo del cuartel general de Santa Cruz, y dirigiendo su marcha por el centro de la línea, cuya extensión era de unas 20 leguas, el 5.º cuerpo del mando del mariscal Mortier, al que acompañaba la reserva guiada por el general Dessolles.

Los franceses así distribuidos y tomadas también otras precauciones, se movieron hacia las Andalucías. No habían de aquel suelo pisado anteriormente sino hasta Córdoba, y la memoria de la suerte de Dupont traíalos todavía desasosegados. Sepáranse aquellas provincias de las demás de España por los montes Marianos, o sea la Sierra Morena, cuyos ramales se prolongan al levante y ocaso, y se internan por el mediodía, cortando en varios valles con otros montes, que se desgajan de Ronda y Sierra Nevada, las mismas Andalucías en donde ya los moros formaron los cuatro reinos en que ahora se dividen: tierra toda ella, por decirlo así, de promisión, y en la que por la suavidad de su temple (* Ap. n. [11-1].) y la fecundidad de sus campos, pusieron los antiguos, según la narración de Estrabón [*] con referencia a Homero, la morada de los bienaventurados, los Campos Elisios.

Los de los
españoles.

Pocos tropiezos tenían los enemigos que encontrar en su marcha. No eran extraordinarios los que ofrecía la naturaleza, y fueron tan escasos los trabajos ejecutados por los hombres, que se limitaban a varias cortaduras y minas en los pasos más peligrosos y al establecimiento de algunas baterías. Se pensó al principio en fortificar toda la línea adoptando un sistema completo de defensa, dividido en provisional y permanente, el primero con objeto de embarazar al enemigo a su tránsito por la sierra, y el segundo con el de detenerle del todo, levantando detrás de las montañas y del lado de Andalucía unas cuantas plazas fuertes que sirviesen de apoyo a las operaciones de la guerra, y a la insurrección general del país. Una comisión de ingenieros visitó la cordillera y aun dio su informe, pero como tantas otras cosas de la junta central, quedose esta en proyecto. También se trató de abandonar la sierra y de formar en Jaén un campo atrincherado, de lo que igualmente se desistió, temerosos todos de la opinión del vulgo que miraba como antemural invencible el de los montes Marianos.

Dio ocasión a tal pensamiento el considerar las escasas fuerzas que había para cubrir convenientemente toda la línea. Después de la dispersión de Ocaña, solo se habían podido juntar unos 25.000 hombres, que estaban repartidos en los puntos más principales de la sierra. Una división, al mando de Don Tomás de Zeráin, ocupaba a Almadén, de donde ya el 15 se replegó acometida por el mariscal Victor. Otra, a las órdenes de Don Francisco Copons, permaneció hasta el 20 en Mestanza y San Lorenzo. Colocáronse tres con la vanguardia en el centro de la línea. De ellas, la 3.ª, del cargo de Don Pedro Agustín Girón, en el puerto del Rey, y la vanguardia, junto con la 1.ª y 4.ª, gobernadas respectivamente por los generales Don José Zayas, Lacy y González Castejón, en la venta de Cárdenas, Despeñaperros, Collado de los Jardines y Santa Elena. Situose a una legua de Montizón, en Venta Nueva ,la 2.ª, a las órdenes de Don Gaspar Vigodet, a la que se agregaron los restos de la 6.ª que antes mandaba Don Peregrino Jácome.

El 20 de enero se pusieron los franceses en movimiento por toda la línea. Su reserva y su 5.º cuerpo dirigiéronse a atacar el puerto del Rey, y el de Despeñaperros, ambos de difícil paso a ser bien defendidos. Por el último va la nueva calzada, ancha y bien construida, abierta en los mismos escarpados de la montaña de Valdazores, y a grande altura del río Almudiel, que, bañándola por su izquierda, corre engargantado entre cerrados montes que forman una honda y estrechísima quebrada. La angostura del terreno comienza a unos 300 pasos de la venta de Cárdenas, yendo de la Mancha a Andalucía, y termina no lejos de las Correderas, casería distante una legua de la misma venta. En este trecho habían los españoles excavado tres minas, levantando detrás, en el collado de los Jardines, una especie de campo atrincherado. Por la derecha de Despeñaperros lleva al puerto del Rey un camino que parte de la venta de Melocotones, antes de llegar a la de Cárdenas; este era el antiguo, mal carretero y en parajes solo de herradura, juntándose después, y más allá de Santa Elena, con el nuevo. Entre ambos hay una vereda que guía al puerto del Muradal, existiendo otras estrechas que atraviesan la cordillera por aquellas partes.