Escandalizáronse igualmente los imparciales, y advertidos de la orden que se comunicó a todos los centrales, según la cual permitiéndoles «trasladarse a sus provincias, excepto a América, se les dejaba a la disposición del gobierno bajo la vigilancia y cargo especial de los capitanes generales, cuidando que no se reuniesen muchos en una provincia.» No contentos con esto los perseguidores de la junta, lanzaron en la liza a un hombre ruin y oscuro, a fin de que apoyase con su delación la calumnia esparcida de que los ex centrales se iban cargados de oro. Con tan débil fundamento mandáronse, pues, registrar los equipajes de los que estaban para partir a bordo de la fragata Cornelia, y respetables y purísimos ciudadanos viéronse expuestos a tamaño ultraje en presencia de la chusma marinera. Resplandeció su inocencia a la vista de los asistentes y hasta de los mismos delatores, no encontrándose en sus cofres sino escaso peculio y en todo corta y pobre fortuna.

Ayudó a medida tan arbitraria e injusta el celo mal entendido de la junta de Cádiz, arrastrada por encarnizados enemigos de la central y por los clamores de la bozal muchedumbre. La regencia accedió a lo que de ella se pedía, mas procuró antes escudarse con el dictamen del consejo. Este en la consulta que al afecto extendió, repetía su antigua y culpable cantilena de que la autoridad ejercida por los centrales «había sido una violenta y forzada usurpación tolerada más bien que consentida por la nación... con poderes de quienes no tenían derecho para dárselos.» Después de estas y otras expresiones parecidas, el consejo mostrando perplejidad acababa sin embargo por decir que de igual modo que la regencia había encontrado méritos para la detención y formación de causa respecto de Don Lorenzo Calvo de Rozas y del conde de Tilly, se hiciese otro tanto con cuantos vocales resultasen «por el mismo estilo descubiertos», y que así a unos como a otros «se les sustanciasen brevísimamente sus causas y se les tratase con el mayor rigor.» Modo indeterminado y bárbaro de proceder, pues ni se sabía qué significado daba el consejo a la palabra descubiertos, ni qué entendía tampoco por tratar a los centrales con el mayor rigor, admirando que magistrados depositarios de las leyes aconsejasen al gobierno, no que se atuviera a ellas, sino que resolviese a su sabor y arbitrariamente. Dolencia grande la nuestra obrar por pasión o aficiones, mas bien que conforme a la letra y tenor de la legislación vigente: así ha andado casi siempre de través la fortuna de España.

Nos hemos detenido en referir la persecución de los miembros de la junta suprema, no solo por ser suceso importante, recayendo en personas que gobernaron la nación durante catorce meses, sino también con objeto de señalar el mal ánimo de los enemigos de reformas y novedades. Porque el enojo contra la central nacía, no tanto de ciertos actos que pudieran mirarse como censurables, cuanto de la inclinación que mostró aquel cuerpo a mudanzas en favor de la libertad. En esta persecución, como después en la de otros muchos afectos a tan noble causa, partió el golpe de la misma o parecida mano, procurando siempre tapar el dañino y verdadero intento con feas y vulgares acusaciones.

Hubiérase a lo sumo podido tomar cuenta a la junta de su gobernación, pero no atropellando a sus individuos. La regencia, más que todos, estaba interesada en que los respetasen, y en defender contra el consejo el origen legítimo de su autoridad, pues atacada esta lo era también la de la misma regencia, emanación suya. Además, los gobiernos están obligados aun por su propio interés a sostener el decoro y dignidad de los que les han precedido en el mando, si no, el ajamiento de los unos tiene después para los otros dejos amargos.

Idea
de la regencia
y de sus
individuos.

Hablemos ya de la regencia y de los individuos que la componían. No llegó hasta fines de mayo a Cádiz el obispo de Orense, residente en su diócesis. Austero en sus costumbres y célebre por su noble y enérgica contestación cuando le convidaron a ir a Bayona, no correspondió en el desempeño de su nuevo cargo a lo que de él se esperaba, por querer ajustar a las estrechas reglas del episcopado el gobierno político de una nación. Presumía de entendido, y aun ambicionaba la dirección de todos los negocios, siendo con frecuencia juguete de hipócritas y enredadores. Confundía la firmeza con la terquedad, y difícilmente se le desviaba de la senda derecha o torcida que una vez había tomado. Don Francisco Javier Castaños, antes de la llegada del obispo, y aun después, tuvo gran mano en el despacho de los asuntos públicos. Pintámosle ya cual era como general. Antiguas amistades tenían gran cabida en su pecho. Como estadista solía burlarse de todo, y quizá se figuraba que la astucia y cierta maña bastaban aun en las crisis políticas para gobernar a los hombres. Oponíase a veces a sus miras la obstinación del obispo de Orense; pero retirándose este a cumplir con sus ejercicios religiosos, daba vagar a que Castaños pusiese en el intermedio al despacho los expedientes o asuntos que favorecía. En el libro tercero tuvimos ocasión de delinear el carácter y prendas de Don Francisco de Saavedra, hombre dignísimo, mas de corto influjo como regente, debilitada su cabeza con la edad, los achaques y las desgracias. Atendía exclusivamente a su ramo, que era el de marina, Don Antonio Escaño, inteligente y práctico en esta materia y de buena índole. Excusado es hablar de Don Esteban Fernández de León, regente solo horas, no así de su sustituto, Don Miguel de Lardizábal y Uribe, travieso y aficionado a las letras, de cuerpo contrahecho, imagen de su alma retorcida y con fruición de venganzas. Castaños tenía que mancomunarse con él, mas cediendo a menudo a la superioridad de conocimientos de su compañero.

Compuesta así la regencia, permaneció fiel y muy adicta a la causa de la independencia nacional; pero se ladeó y muy mucho al orden antiguo. Por tanto los consejeros, los empleados de palacio, los que echaban de menos los usos de la corte y temían las reformas, ensalzaron a la regencia, y asiéronse de ella hasta querer restablecer ceremoniales añejos y costumbres impropias de los tiempos que corrían.

Felicitación
del consejo
reunido.

El consejo, especialmente, trató de aprovecharse de tan dichoso momento para recobrar todo su poder. Nada al efecto le pareció más conveniente que tiznar con su reprobación todo lo que se había hecho durante el gobierno de las juntas de provincia y de la central. Así se apresuró a manifestarlo el 2 de febrero en su felicitación a la regencia, afirmando que las desgracias habían dependido de la propagación de «principios subversivos, intolerantes, tumultuarios y lisonjeros al inocente pueblo», y recomendando el que se venerasen «las antiguas leyes, loables usos y costumbres santas de la monarquía», instaba porque se armase de vigor la regencia contra los innovadores. Apoyada pues esta en tales indicaciones, y llevada de su propia inclinación, olvidó la inmediata reunión de cortes a que se había comprometido al instalarse.

Idea de la junta
de Cádiz.