La junta de Cádiz, émula de la regencia, y si cabe con mayor autoridad, estaba formada de vecinos honrados, buenos patriotas, y no escasos de luces. Apegada quizá demasiadamente a los intereses de sus poderdantes, escuchaba a veces hasta sus mismas preocupaciones, y no faltó quien imputase a ciertos de sus vocales el sacar provecho de su cargo, traficando con culpable granjería. Pudo quizá en ello haber alguno que otro desliz; pero la verdad es que los más de los individuos de la junta portáronse honoríficamente, y los hubo que sacrificaron cuantiosas sumas en favor de la buena causa. El querer sujetar a regla a los dependientes de la hacienda militar, a los jefes y oficiales de los mismos cuerpos y a todos los empleados, clase en general estragada, acarreó a la junta sinsabores y enconadas enemistades. La entrada e inversión de caudales, sin embargo, se publicó, y pareció muy exacta su cuenta y razón, cuidando con particularidad de este ramo Don Pedro Aguirre, hombre de probidad, imparcial e ilustrado.

Providencias
para la defensa
y buena
administración
de la regencia
y la junta.

Ahora que hemos ya echado la vista sobre la pasada gobernación de la central, y dado idea del comienzo y composición de la regencia y junta de Cádiz, será bien que entremos en la relación de las principales providencias que estas dos autoridades tomaron en unión o separadamente. Empezaron, pues, por las que aseguraban la defensa de la Isla gaditana.

Breve descripción
de la Isla
gaditana.

La naturaleza y el arte han hecho casi inexpugnable este punto: en él se comprenden la Isla de León y la ciudad propiamente dicha de Cádiz. Distan entre sí ambas poblaciones, juntándose por medio de un extendido istmo, dos leguas. Tres tiene de largo toda la Isla gaditana, y de ancho una y cuarto en la parte más espaciosa. La separa del continente el brazo de mar que llaman río de Santi Petri, profundo, y el cual se cruza por el puente de Suazo, así apellidado del Doctor Juan Sánchez de Suazo, que le rehabilitó a principios del siglo XV. El arsenal de la Carraca, situado en una isleta contigua a la misma Isla de León, y formada por el mencionado río de Santi Petri y el caño de las Culebras, quedó también por los españoles. El vecindario de Cádiz, en el día bastante disminuido, no pasa de 60.000 habitantes, y el de la Isla, que está en igual caso, de unos 18.000. La principal defensa natural de la última son sus saladares, que, empezando a poca distancia de Puerto Real, se dilatan por espacio de legua y media hasta el río Zurraque, enlazados entre sí e interrumpidos por caños e impracticables esguazos, de suelo inconstante y mudable. Al sur hay otras salinas, llamadas de San Fernando, rodeando a toda la isla por las demás partes, o el océano, o las aguas de la bahía. En medio de los saladares y caños que hay delante del río de Santi Petri se levanta un arrecife largo y estrecho que conduce al puente de Suazo. En su calzada se practicaron muchas cortaduras y se levantaron baterías que hacían inexpugnable el paso. Al llegar Alburquerque estaban muy atrasados los trabajos; pero este general y sus sucesores los activaron extraordinariamente. Fortificose, en consecuencia, con una línea triple de baterías el frente de ataque del río de Santi Petri, avanzando otras en las mismas ciénagas o lagunajos, y cuidando muy particularmente de poner a cubierto el arsenal de la Carraca y la derecha de la línea, parte la más endeble.

Aun ganada la Isla de León, no pocas dificultades hubieran estorbado al enemigo entrar en Cádiz. Además de varias baterías apostadas en la lengua de tierra que sirve de comunicación a ambas poblaciones, construyose en lo más estrecho de aquella, y bañada por los dos mares, una cortadura en que trabajaron con entusiasmo todos los habitantes, erizada de cañones y de admirable fortaleza, quedando después por vencer las obras del recinto de Cádiz, ejecutadas según las reglas modernas del arte, y que solo presentan un frente de ataque. Fuerzas
que la guarnecen. Para guarnecer punto tan extenso como el de la Isla gaditana y tan lleno de defensas, necesitábase gran número de tropas de tierra y no poca fuerza de mar. Españolas. El ejército de Alburquerque aumentado cada día con los oficiales y soldados dispersos que de las costas aportaban a Cádiz, llegó a contar a últimos de marzo de 14 a 15.000 hombres. Inglesas. También los ingleses enviaron una división compuesta de soldados suyos y portugueses. Pidió aquel socorro a Lord Wellington la junta de Cádiz, por medio del cónsul británico y de Lord Burghest, que al efecto partió a Lisboa antes que se supiese la venida a la isla del duque de Alburquerque. Llegó a ascender en marzo esta fuerza auxiliar a unos 5000 hombres, reemplazando en el mismo mes en el mando de ella a su primer jefe Stewart el general Sir Tomás Graham. La guardia de la plaza de Cádiz se hacía en parte por la milicia urbana y por los voluntarios, cuyos batallones de vistoso aspecto los formaban los vecinos honrados y respetables de la ciudad, constando su número de unos 8000 hombres, inclusos los que se levantaron extramuros y en la Isla de León, servicio que, si bien penoso, era desempeñado con celo y patriotismo, y que descargaba de mucha faena a las tropas regladas.

Fuerza marítima.
Recio temporal
en Cádiz.

Siendo esencial la marina para la defensa de posición tan costanera, fondeaban en bahía una escuadra británica a las órdenes del almirante Purvis, y otra española a las de Don Ignacio de Álava. Padecieron ambas gran quebranto en un recio temporal acaecido en el 6 de marzo y días siguientes: de la inglesa se perdió el navío portugués María, y de la nuestra perecieron otros tres de línea, una fragata y una corbeta de guerra con otros muchos mercantes. Los franceses se portaron en aquel caso inhumanamente, pues en vez de ayudar a los desgraciados que arrastraba a la costa la impetuosidad del viento, hiciéronles fuego con bala roja. Varados los buques en la playa ardieron casi todos ellos. No cesando por eso los preparativos de defensa, se armaron asimismo fuerzas sutiles mandadas por Don Cayetano Valdés, que vimos herido allá en Espinosa. Eran estas de grande utilidad, pues arrimándose a tierra e internándose a marea alta por los caños de las salinas, flanqueaban al enemigo y le incomodaban sin cesar.

Cuando se supo que los franceses avanzaban, comenzose, aunque tarde, a destruir y desmantelar todas las baterías y castillos que guarnecían la costa desde Rota y se extendían bahía adentro por Santa Catalina, Puerto de Santa María, río de San Pedro, Caño del Trocadero y Puerto Real, pues Cádiz estaba más bien preparado para resistir las embestidas de mar que las de tierra, siendo dificultoso vaticinar que tropas francesas descolgándose del Pirineo y atravesando el suelo español se dilatarían hasta las playas gaditanas.

Intiman
los franceses
la rendición.