Confiados los franceses en esto, en el descuido natural de los españoles, y en el desánimo que produjo la invasión de las Andalucías, miraban a Cádiz como suyo, y en ese concepto intimaron la rendición a la ciudad y al ejército mandado por el duque de Alburquerque. Para el primer paso se valieron de ciertos españoles parciales suyos que creían gozar de opinión e influjo dentro de la plaza, los cuales el 6 de febrero hicieron desde el Puerto de Santa María la indicada intimación. La junta superior contestó a ella, con la misma fecha, sencilla y dignamente, diciendo: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al señor Don Fernando VII.» Aunque más extensa, igualmente fue vigorosa y noble la respuesta que dio sobre el mismo asunto al mariscal Soult el duque de Alburquerque. De consiguiente, por ambos lados se trabajó desde entonces con grande ahínco en las obras militares: los franceses, para abrigarse contra nuestros ataques y molestarnos con sus fuegos; nosotros, para acabar de poner la Isla gaditana en un estado inexpugnable. Así, pues, corrió el mes de febrero sin choque ni suceso alguno notable.
La junta de Cádiz
encargada
del ramo
de hacienda.
Tales y tan extensos medios de defensa pedían por parte de los españoles recursos pecuniarios, y método y orden en su recaudación y distribución. La regencia solo podía contar con las entradas del distrito de Cádiz y con los caudales de América. Difícil era tener aquellas si la junta no se prestaba a ello, y aún más difícil aumentar sin su apoyo las contribuciones, no disfrutando el gobierno supremo dentro de la ciudad de la misma confianza que los individuos de aquella corporación, naturales del suelo gaditano o avecindados en él hacía muchos años.
Obvias reflexiones que sobre este asunto ocurrieron, y el triste estado del erario promovieron la resolución de encargar a la junta superior de Cádiz la dirección del ramo de hacienda. Desaprobaron muchos, particularmente los rentistas, semejante determinación, y sin duda a primera vista parecía extraño que el gobierno supremo se pusiera, por decirlo así, bajo la tutoría de una autoridad subalterna. Pero siendo la medida transitoria, deplorable la situación de la hacienda y arraigados sus vicios, los bienes que resultaron aventajáronse a los males, habiendo en los pagamentos mayor regularidad y justicia. Quizá la junta mostrose a veces algún tanto mezquina, midiendo el orden del estado por la encogida escala de un escritorio; mas el otro extremo de que adolecía la administración pública perjudicaba con muchas creces al interés bien entendido de la nación. (* Ap. n. [11-4].) Adoptose en seguida, para la buena conformidad y mejor inteligencia, un reglamento [*] que mereció en 31 de marzo la aprobación de la regencia.
Sus altercados
con
Alburquerque.
Ya antes, si bien no con tanta solemnidad, estaba encargada del ramo de hacienda, habiéndose suscitado entre ella y varios jefes militares, principalmente el duque de Alburquerque, desazones y agrios altercados. Escuchó tal vez el último demasiadamente las quejas de los subalternos avezados al desorden, y la junta no atendió del todo en sus contestaciones al miramiento y respetos que se debían al duque. Deja este
el mando
del ejército
y pasa a Londres. Esto y otros disgustos fueron parte para que dicho jefe dejase el mando del ejército de la isla al acabar marzo, nombrándole la regencia embajador en Londres. En aquella capital escribió más adelante un manifiesto muy descomedido contra la junta de Cádiz, la cual, aunque en defensa propia, replicó de un modo atrabilioso y descompuesto. Contestación que causó en el pundonoroso carácter del duque tal impresión que a pocos días perdió la razón y la vida; fin no debido a sus buenos servicios y patriotismo.
Impone la junta
nuevas
contribuciones.
Entre no pocos afanes y obstáculos la junta de Cádiz continuó con celo en el desempeño de su encargo. Impuso una contribución de cinco por ciento de exportación a todos los géneros y mercadurías que saliesen de Cádiz, y un veinte por ciento a los propietarios de casas, gravando además en un diez a los inquilinos. Con estos y otros arbitrios, y sobre todo con las remesas de América y buena inversión, no solo se aseguraron los pagos en Cádiz y la isla, y se cubrieron todas las atenciones, sino que también se enviaron socorros a las provincias.
Afianzada así la defensa de aquellos dos puntos tan importantes, convirtiéronse sus playas en baluarte incontrastable de la libertad española.
José
en Andalucía.