El gobierno español, sin embargo, había resuelto suavizar la suerte de muchos de aquellos desgraciados, enviando a unos a las islas Canarias y a otros a las Baleares. Dichosos los primeros, no cupo a los últimos igual ventura. Alborotados contra ellos los habitantes de Mallorca y Menorca, a causa de la relación que de las demasías del ejército francés les venían de la península, necesario fue conducirlos a la isla de Cabrera, siendo al embarco maltratados muchos, y aun algunos muertos. Aquella isla al sur de Mallorca, si bien de sano temple y no escasa de manantiales, estaba solo poblada de árboles bravíos sin otro albergue más que el de un castillo. Suministráronse tiendas a los prisioneros, pero no las bastantes para su abrigo, como tampoco instrumentos con que pudiesen suplir la falta de casas, fabricando chozas. Unos 7000 de ellos la ocuparon, y llegó a colmo su miseria, careciendo a veces hasta del preciso sustento, ora por temporales que impedían o retardaban los envíos, ora también por flojedad y descuido de las autoridades. Feo borrón que no se limpia con haber en ello puesto al fin las cortes conveniente remedio, ni menos con el bárbaro e inhumano trato que al mismo tiempo daba el gobierno francés a muchos jefes e ilustres españoles, sumidos en duras prisiones y castillos, pues nunca la crueldad ajena disculpó la propia.
Resistencia en
las Andalucías.
Entre tanto el gobierno español no solo atendió en su derredor a la defensa de la Isla gaditana, sino que también pensó en divertir la atención del enemigo, molestándole en las mismas Andalucías y provincias aledañas. Dos de los puntos que para ello se presentaban más cercanos e importantes, eran, al ocaso, el condado de Niebla, y al levante, la Serranía de Ronda. El primero, además de ser tierra costanera y en partes montuosa, respaldábase en Portugal, para cuya invasión tenían los enemigos que prepararse de intento; y por lo que respecta a Ronda, favorecía sus operaciones y alzamiento la vecina e inexpugnable plaza de Gibraltar, depósito de grandes recursos, principalmente de pertrechos de guerra.
Condado
de Niebla.
La regencia, para dar mayor estímulo a la defensa, encargó el mando de aquellos distritos a jefes de su confianza. Para el condado escogió a Don Francisco de Copons y Navia, que permanecía en Cádiz después que en febrero arribó allí con su división. Partió pues el general nombrado, y el 14 de abril tomó el mando de aquel país, muy trabajado con las vejaciones del enemigo, y solo defendido por unos 700 hombres, remanente de cuerpos dispersos o situados en otras partes. Procuró Copons unir y aumentar esta masa bastante informe, recoger los caudales públicos, mantener libre la comunicación de la costa con Cádiz, y hostigar con frecuencia a los franceses. Consiguió su objeto, si bien con suerte varia, teniendo a veces que replegarse a Portugal.
Serranía
de Ronda.
Del lado de Ronda la resistencia fue mayor, mas empeñada y duradera. Partido occidental esta serranía de la provincia de Málaga, y cordillera de montes elevados que arrancan desde cerca de Tarifa, extendiéndose al este, se compone de muchos pueblos ricos en producciones y dados al contrabando, a que los convida la vecindad de Gibraltar. Sus moradores, avezados a prohibido tráfico, conocen a palmos el terreno, sus angosturas y desfiladeros, sus cuevas, las más escondidas, y teniendo a cada paso que lidiar con los aduaneros y las tropas enviadas en persecución suya, están familiarizados con riesgos que son imagen de los de la guerra. Empléanse las mujeres en los trabajos del campo, y en otros no menos penosos inherentes a la profesión de los hombres, y así son de robustos miembros y de condición asemejada a la varonil. Llena, pues, de bríos población tan belicosa, y previendo los obstáculos que recrecerían a su comercio si los franceses afianzaban su imperio, rehusó someterse al yugo extranjero.
Ya dieron aquellos habitantes señales de desasosiego al tiempo de la ocupación de Sevilla. José pensó que los tranquilizaría con su presencia y discursos, para lo cual pasó a Ronda antes de concluir febrero. Satisfecho quizá de su excursión, o temiendo más bien otras resultas, no se detuvo allí muchos días, dejando solamente alguna fuerza y un gobernador con extensas facultades. Pero la autoridad del francés redújose pronto a estrechos límites, ciñéndola a la ciudad la insurrección de los serranos. Acaudillaron a estos varias cabezas, siendo uno de los que más promovieron el alzamiento Don Andrés Ortiz de Zárate, que los naturales denominaron el Pastor.
El consejo de regencia, por su lado, envió de comandante al campo de San Roque, cuyas líneas enfrente de Gibraltar se habían destruido, de acuerdo con el gobernador inglés Campbell, a Don Adrián Jácome, con encargo de recoger dispersos y de soplar el fuego en la serranía. Hombre Jácome pacato e irresoluto, de poco sirvió a la buena causa. Afortunadamente los serranos, siguiendo los ímpetus de su propio instinto, solían a veces obrar con más acierto que algunos jefes que presumían de entendidos.
Al ánimo de aquellos debiose en breve que el levantamiento tomase tal vuelo que ya el 12 de marzo se presentaron numerosas bandas delante de Ronda, capitaneadas por Don Francisco González. Los franceses, viendo el tropel de gente que venía sobre ellos, evacuaron de noche la ciudad y se retiraron a Campillos. Penetraron luego los paisanos por las calles de Ronda, y comenzó gran desorden, y aun hubo pillaje y otros destrozos. Contuviéronlos algún tanto patriotas de influjo que llegaron oportunamente.