Hasta el 14 no hizo su entrada en Valencia el mariscal Suchet. Hízola con gran pompa y acompañado de la mayor parte de sus tropas por la puerta de San José, al mismo tiempo que con el resto de ellas penetró por la de San Vicente el general Reille. Quedó nombrado gobernador el general Robert.
Blake.
Concluida que fue la capitulación, ansió por alejarse de Valencia Don Joaquín Blake. Obraba en ello con prudente mesura. El estado a que se hallaba reducido, aparecían harto deplorable para que no quisiera apartarse cuanto antes del teatro infausto en donde acababan de tener fatal desenlace sus casi continuas y lastimosas desventuras. Hombre recto e ilustrado, propio para dirigir en tiempos tranquilos las tareas de un estado mayor, carecía Blake de las prendas que componen la esencia del verdadero general en jefe, las cuales, como decía Napoleón a ciertos oficiales rusos, no se adquieren con la mera lectura de autores militares. Aferrado Blake en su opinión, no sacaba fruto ni de las lecciones que le suministraba su propia y larga experiencia. Los muchos desastres que empañaron el brillo de su carrera descubren también lo siniestra que le fue siempre la fortuna. Grave perjuicio en un general, por la desconfianza que en los otros y en sí mismo infunde, y que ha dado ocasión a que escritores de peso, y Cicerón[*] (* Ap. n. [17-4].) entre ellos, señalen como una de las cualidades principales de un gran capitán la de la felicidad.
Parte que da.
Luego que llegó a Francia Don Joaquín Blake, le encerraron en Vincennes cerca de París, lo mismo que habían hecho con Palafox y otros españoles distinguidos. ¡Injusto y bárbaro procedimiento! Allí hubiera aquel general finado quizá sus días sin los sucesos de 1814. Antevía lo que le aguardaba cuando, dando parte a la regencia del reino de la capitulación de Valencia, decía: «Por lo que a mí toca... miro como determinada la suerte de toda mi vida, y así en el momento de mi expatriación, que es un equivalente a la muerte, ruego encarecidamente a vuestra alteza, que si mis servicios pueden haber sido gratos a la patria, y no hubiesen desmerecido hasta ahora, se digne tomar bajo su protección a mi dilatada familia.» Palabras muy sentidas que aun entonces produjeron favorable efecto, viniendo de un varón que, en medio de sus errores e infortunios, había constantemente seguido la buena causa; que dejaba pobre y como en desamparo a su tierna y numerosa prole, y que resplandecía en muchas y privadas virtudes.
Recompensas
de Napoleón
a Suchet
y a su ejército.
Si por nuestro lado con la caída de Valencia abundaron solo las lágrimas, se manifestaron por el de los franceses sumas las alegrías, y se derramaron con largueza gracias y distinciones. Nombró Napoleón, por decreto de 24 de enero, al mariscal Suchet duque de la Albufera, concediéndole en propiedad y perpetuamente la laguna de aquel nombre, con la caza, pesca y dependencias en premio de los recientes servicios y para dotación de la nueva dignidad. Cuantioso don y de los más fructíferos que se pueden otorgar en España. Por decreto también de la misma fecha, queriendo Napoleón recompensar igualmente a los generales, oficiales y soldados del ejército de Aragón, mandó que se reuniesen a su dominio extraordinario de España, [son sus expresiones] bienes de los situados en la provincia de Valencia, por el valor de 200 millones de francos, no consultando primero si para ello eran bastantes los llamados nacionales que allí pudiera haber, ni especificando en el caso contrario de dónde debiera suplirse lo que faltase. De este modo se despojaba también a José, sin consideración alguna, de los derechos que le competían como a soberano, y se privaba a los interesados en la deuda pública, que aquel había reconocido o contratado, de una de las más pingües hipotecas. Napoleón sucesivamente con la prosperidad desarrebozaba sus intentos respecto de España, y descubría del todo la determinación en que estaba de arrancar a José hasta la sombra de autoridad que este conservaba todavía.
Providencias
nuevas de Suchet.
Al día siguiente de la rendición de Valencia fueron desarmados los vecinos, y muchos conducidos a Francia so pretexto de que eran provocadores de motín. Lo mismo, por orden especial despachada de París, todos los frailes que pudieron haberse, que ascendieron a 1500. Frailes llevados
a Francia
y arcabuceados. Hubo más: a cinco de ellos, los padres Rubet, Lledó, Pichó, Igual y Jérica, arcabuceáronlos junto a Murviedro, a otros dos en Castellón de la Plana. Igual suerte cupo desde Segorbe a Teruel a 200 prisioneros que se rezagaban de cansados. Así se cumplía la capitulación pactada.
Figurábanse ahora los franceses, como ya en un principio, ser los frailes los fraguadores del levantamiento y de la resistencia nacional, y de consiguiente se ensañaban en sus personas. Juicio, según hemos advertido otras veces, hasta cierto punto errado. Hubo religiosos que en efecto tomaron parte honrosa en la causa de la patria común, pero no todos ni exclusivamente. Y en Valencia pensó el mayor número, más que en la defensa, en sus particulares intereses, en vender ajuar y alhajas y en repartirse el peculio, porte que excitó descontento y murmuración. Conducta
del clero
y del arzobispo. El clero secular acogió bien a los invasores a imitación del prelado de la diócesis, el arzobispo Company, franciscano escondido en Gandía durante el sitio, y que tornó a Valencia después de conquistada la ciudad, esmerándose en obsequios y lisonjas hacia Napoleón y sus huestes.