El deseo de enseñorearse de ellos, y la escasez de vituallas que las correrías de Solá y del paisanaje causaban en el campo francés, decidieron a Leval a abandonar a San Roque y aproximarse cuanto antes a la citada plaza de Tarifa. Se halla esta colocada en la punta más meridional de España y en lo más angosto del estrecho; tiene de población dos mil y cien vecinos, y le dio renombre la defensa que contra moros hizo Don Alonso Pérez de Guzmán, llamado el Bueno por hazaña tan ilustre, sin par en sus circunstancias. No guarnecían a Tarifa sino un antiguo y frágil castillo, y débil muralla de poco espesor, con torreones cuadrados y foso. Los reparos nuevos, no muchos y poco robustos. A corta distancia y al sudoeste plántase una isla circular y peñascosa, de media hora de bojeo, que se denomina como la ciudad. Antes separaba a dicha isla del continente un canal de corriente rápida, a manera de pequeño Euripo, que se acabó de cerrar en 1808 por el celo y personales sacrificios del intendente Don Antonio González Salmón, quien formó allí un fondeadero acomodado. Habíanla actualmente fortalecido y artillado con 12 cañones: punto de retirada conveniente y que infundía aliento. Fueron habilitadas en su recinto una cisterna y una antigua torre y se sirvieron los sitiados para almacén de pólvora de una especie de subterráneo apellidado Cueva de Moros, guarida en otro tiempo de corsarios berberiscos. Prevención necesaria la última estando la isla dominada por las alturas vecinas. De ellas, la más cercana al oeste, la de Santa Catalina, fortificola Copons, ejecutando también al este, frontero de la Galeta, algunas obras. Cortáronse además en la ciudad las calles, y se atajaron con rejas arrancadas de las ventanas; atroneráronse muchas casas. Constaba la guarnición, entre ingleses y españoles, de 2500 hombres. Los tarifeños se señalaron de valientes y proporcionaron 300 marineros. Era gobernador el coronel Don Manuel Daván, y jefes de ingenieros y de artillería Don Eugenio Iraurgui y Don Pablo Sánchez. Mandaba las fuerzas sutiles españolas Don Lorenzo Parra. Había también buques de guerra ingleses. La defensa, sin embargo, dirigiola con especialidad Don Francisco Copons y Navia ayudado de los consejos del coronel inglés Skerret.

Gloriosa defensa.

Presentáronse los franceses a la vista de la plaza el 19 de diciembre, después de dejar fuerza en observación de Ballesteros, y también del lado de Algeciras. Obligaron a Copons el 20 a meterse dentro, y empezaron en seguida los trabajos de sitio; adelantáronlos el 28 hasta 50 toesas de los muros, y el 29 abrieron el fuego con 6 cañones de a 18 y 3 obuses de a 9 pulgadas. En la tarde del mismo día hallábase ya practicable una brecha de 300 toesas por la parte contigua a la puerta del Retiro, y destruido casi del todo el torreón de Jesús. Intimaron luego los enemigos la rendición, y desechada la propuesta por Copons, preparáronse al asalto.

Levantan
los franceses
el sitio.

Se verificó este el 31 a las nueve y media de la mañana, acudiendo de una vez a embestir la brecha 23 compañías al cargo del general Chassereaux, a las que apoyaban las demás fuerzas. Los acometedores se arrojaron con ímpetu, pero parolos en su ataque una escarpadura interior hecha en la muralla y varios parapetos de colchones levantados detrás, junto con el fuego incesante que salía de los lugares vecinos y las casas. Descorazonados, los enemigos no insistieron en romper adelante y retrocedieron con gran mengua, dejando allí más de 500 heridos y muertos. Para recoger los primeros pidieron los franceses un armisticio que se les concedió, ayudándolos generosamente en la faena nuestros soldados y paisanos; ejemplo de humanidad raro, y no menos digno de imitar que los muchos que de valor habían dado todos ellos poco antes. Aprovechose Copons de la ventaja, y a su vez incomodó al sitiador por cuantos medios pudo. Vinieron también en auxilio de la plaza las lluvias, que anegaron las trincheras enemigas, los caminos y los campos, sin dejar al fatigado francés ni siquiera un palmo de terreno enjuto en que reclinar la cabeza. Apurado Leval, alzó el sitio el 5 de enero yéndose vía de Vejer y Medina. Costole la malograda tentativa entre muertos, heridos, enfermos y desertores al pie de dos mil hombres. Perdió toda la artillería gruesa, y dejó sembrados por el tránsito efectos y municiones. Así se estrellaron los esfuerzos de diez mil franceses en las murallas de una fortaleza, flacas en sí, mas sostenidas por brazos vigorosos y por el buen concierto de los jefes españoles e ingleses.

Ciudad Rodrigo.

El segundo de los dos acontecimientos que hemos anunciado como favorables y gloriosos fue la toma de Ciudad Rodrigo, más importante por sus consecuencias que la defensa de Tarifa. Resuelto lord Wellington, según apuntamos al principio de este libro, a formalizar el sitio de aquella plaza, continuó tomando varias disposiciones desde sus acantonamientos de Freineda, y juntó en Almeida, al acabar noviembre, el parque correspondiente de artillería. Completó en seguida y con mucho orden los demás preparativos, habiendo ejercitado algunas tropas en las tareas propias del ingeniero y del zapador, en lo que antes se habían los suyos mostrado harto bisoños. Mandó también al general Hill que se moviera hacia la Extremadura española, y colocó a Don Carlos España y a Don Julián Sánchez en el Tormes, con objeto de que los últimos cortasen aquellas comunicaciones. Estos jefes, particularmente Sánchez, desempeñaron bien su comisión, y los pueblos de Castilla mostraron, según escribía el mismo Wellington, grande adhesión a la causa de la patria; guardando además tal fidelidad que pasaron días primero que supiesen los franceses de Salamanca, aunque tan próximos, haber los aliados emprendido el sitio.

Cerca
Lord Wellington
la plaza.

Debió este tener principio el 6 de enero; pero se retardó hasta el 8 por el mal tiempo. Describimos a Ciudad Rodrigo cuando el cerco de 1810, tan honorífico para las armas españolas. Desde entonces habían los franceses reparado los daños causados en aquella defensa, fortalecido los principales edificios del arrabal, y el convento de Santa Cruz al nordeste, como también levantado en el cerro, o sea teso, de San Francisco un reducto que apellidaron de Renaud, en memoria del malhadado gobernador de aquel nombre que cogiera Don Julián Sánchez.

Ocuparon los ingleses esta obra en la noche misma del 8 al 9; estreno feliz de su empresa. Por allí dirigieron los trabajos, siguiendo el mismo camino que habían tomado los franceses en el anterior cerco. Establecieron los sitiadores la primera paralela en el mencionado teso, y plantaron tres baterías de a once piezas cada una. Rompieron el 14 el fuego, y abriendo los aproches formaron la segunda paralela a 70 toesas de la plaza. Favoreció el progreso la toma que el general Graham verificó el 13 del convento de Santa Cruz, con lo cual se vio protegida la derecha de los sitiadores. Sucedió otro tanto respecto a la izquierda, habiéndose enseñoreado los aliados en la noche del 14 del convento de San Francisco en el arrabal. Continuaron los ingleses completando del 15 al 19 la segunda paralela y sus comunicaciones, y no descuidaron adelantar la zapa hasta la cresta del glacis.