La Constitución.
(* Ap. n. [18-1].)
«Que precediese el establecimiento de las leyes entre nosotros a la creación de los reyes»,[*] díjolo ya con respecto a Aragón el historiador Jerónimo Blancas. Y si en el origen de la restauración de la monarquía, tiempo de oscuridad e ignorancia, se cautelaron tanto nuestros mayores contra los abusos y desmanes futuros de la autoridad real, ¡con cuánta y más poderosa razón no debieron mostrarse precavidos y aun umbrosos los españoles de la era actual y sus diputados! Los antiguos podían tener presentes los excesos de los Witizas y de los Rodrigos, de donde manaron para la nación raudales de sangre y lágrimas; pero ahora ofrecíanse, además, a la contemplación moderna los muchos y funestos ejemplos de las edades posteriores, y el tremendo y reciente del reinado de Carlos IV, en el que hasta la independencia tocó al borde del precipicio. Por lo mismo conveniente fue poner diligencia extrema y muy atenta en procurar adoptar francas y buenas instituciones, aun en medio de una guerra desastrada; pues la ocasión de dar la libertad, como sea presurosa, perdida una vez con dificultad vuelve a hallarse.
Presenta
la comisión
su proyecto.
Anunciamos en otro libro la lectura hecha a las cortes en 18 de agosto de 1811 de los primeros trabajos de la comisión de constitución, nombrada en el diciembre anterior. Comprendían aquellas las dos primeras partes, o sea todo lo concerniente al territorio, religión, derechos y obligaciones de los individuos, como igualmente la forma y facultades de las potestades legislativa y ejecutiva. La tercera parte se leyó en 6 de noviembre del mismo año, y abrazaba la potestad judicial; habiéndose presentado la cuarta y última el 26 de diciembre inmediato, en la cual se determinaba el gobierno de las provincias y de los pueblos, y se establecían reglas generales acerca de las contribuciones, de la fuerza armada, de la instrucción pública, y de los trámites que debían seguirse en la reforma o variaciones que en lo sucesivo se intentasen en la nueva ley fundamental.
Acompañó al dictamen de la comisión un discurso elocuente y muy notable, en que se daban las razones de la opinión adoptada, fundándola en nuestras antiguas leyes, usos y costumbres, y en las alteraciones que exigían las circunstancias del tiempo y sus trastornos. Le había extendido Don Agustín de Argüelles, encargado por tanto de su lectura: hizo la del texto Don Evaristo Pérez de Castro.
Entusiasmo
que produce.
El lenguaje digno y elevado del discurso, la claridad y orden del proyecto de la comisión y sus halagüeñas y generosas ideas, entusiasmaron sobremanera al público; no parándose los más en los defectos o lunares que pudieran deslucirle, porque en España se conocían los males del despotismo, no los que a veces acarrean en punto de libertad ciertas y exageradas teorías. Así fue que Don Juan José Güereña, diputado americano por la nueva Vizcaya y presidente de las cortes, a la sazón que se leyeron las dos primeras partes, si bien desafecto a reformas, arrastrado como los demás por el torrente de la opinión, señaló para principiar los debates el 25 del propio agosto, plazo sobradamente corto. Duró la discusión por espacio de cinco meses, no habiéndose terminado hasta el 23 del próximo enero: fue grave y solemne, y de suerte que afianzando la autoridad de las cortes, ensalzó al mismo tiempo la fama de los individuos de esta corporación.
Obstáculos
que algunos
quieren poner
a su discusión.
Por eso los obstáculos que quisieron presentarse al progreso de las deliberaciones venciolos fácilmente la voz pública y el vivo y común deseo de gozar pronto de una constitución libre. De aquellos, húbolos de fuera de las cortes, y también de dentro, aunque no muy dignos de reparo. Hablaremos de los primeros más adelante. Comenzaron los últimos ya en el seno de la comisión, no habiendo querido uno de sus individuos, D. José Pablo Valiente, firmar el proyecto, a pesar de haber concurrido a la aprobación de las bases más principales. Crecieron algún tanto al abrirse los debates en el congreso. Los contrarios al proyecto, frustradas las esperanzas que habían fundado en el presidente Güereña, reemplazaron a este el 24, día de la remoción de aquel cargo, con Don Ramón Giraldo, a quien tenían por enemigo de novedades, y no menos resuelto para suscitar embarazos en la discusión que fecundo, a fuer de togado antiguo, en ardides propios del foro. Mas también en eso se equivocaron. Giraldo, luego que se sentó en la silla de la presidencia, mostrose muy adicto a la nueva constitución, y empleó su firmeza en llevar a cabo y en sostener con tesón las deliberaciones.