Afligido e incomodado José, codiciaba unas veces entrar en tratos con las mismas cortes, y otras retirarse a vida particular. «Más quiero [decía] ser súbdito del emperador en Francia que continuar en España rey en el nombre: allí seré buen súbdito, aquí mal rey.» Sentimientos que le honraban; pero siendo su suerte condición precisa de todo monarca que recibe un cetro, y no le hereda o por sí le gana, pudiera José haber de antemano previsto lo que ahora le sucedía.
Su viaje a París.
Sin embargo, primero de tomar una de las dos resoluciones extremas de que acabamos de hablar, y para las que tal vez no le asistían ni el desprendimiento ni el valor necesarios, trató José de pasar a París a avistarse con su hermano; aprovechando la ocasión de haber dado a luz la emperatriz, su cuñada, en el 20 de marzo, Nacimiento
del rey de Roma. un príncipe que tomó el título de rey de Roma. Creía José que era aquella favorable coyuntura al logro de sus pretensiones, y que no se negaría su hermano a acceder a ellas en medio de tan fausto acontecimiento. Pero no era Napoleón hombre que cejase en la carrera de la ambición. Y al contrario, nunca como entonces tenía motivo para proseguir en ella. Tocaba su poder al ápice de la grandeza, y con el recién nacido ahondábanse y se afirmaban las raíces antes someras y débiles de su estirpe.
El efecto que tan acumulada dicha producía en el ánimo del emperador francés, vese en una carta que pocos meses adelante escribía a José su hermana Elisa: «Las cosas han variado mucho [decía]; no es como antes. El emperador solo quiere sumisión, y no que sus hermanos se tengan respecto de él por reyes independientes. Quiere que sean sus primeros súbditos.»
Salió de Madrid José camino de París el 23 de abril, acompañado del ministro de la guerra, Don Gonzalo Ofarrill, y del de estado, Don Mariano Luis de Urquijo. No atravesó la frontera hasta el 10 de mayo. Paradas que hizo, y sobre todo 2000 hombres que le escoltaban, fueron causa de ir tan despacio. No le sobraba precaución alguna: acechábanle en la ruta los partidarios. Llegó José a París el 16 del mismo mes, y permaneció allí corto tiempo. Asistió el 9 de junio al bautizo del rey de Roma, y el 27, ya de vuelta, cruzó el Bidasoa. Vuelve José
a Madrid. Entró en Madrid el 15 de julio, solo, aunque sus periódicos habían anunciado que traería consigo a su esposa y familia. Reducíase esta a dos niñas, y ni ellas ni su madre, de nombre Julia, hija de Mr. Clary, rico comerciante de Marsella, llegaron nunca a poner el pie en España.
Poco satisfecho José del recibimiento que le hizo en París su hermano, convenciose además de cuáles fuesen los intentos de este por lo respectivo a las provincias del Ebro, cuya agregación al imperio francés estaba como resuelta. No obtuvo tampoco en otros puntos sino palabras y promesas vagas; limitándose Napoleón a concederle el auxilio de un millón de francos mensuales.
Escasez
de granos.
No remediaba subsidio tan corto la escasez de medios, y menos reparaba la falta de granos, tan notable ya en aquel tiempo que llegó a valer en Madrid la fanega de trigo a cien reales, de cuarenta que era su precio ordinario. Por lo cual, para evitar el hambre que amenazaba, se formó una junta de acopios, yendo en persona a recoger granos el ministro de policía, Don Pablo Arribas, Providencias
violentas
del gobierno
de José. y el de lo interior, marqués de Almenara: encargo odioso e impropio de la alta dignidad que ambos ejercían. La imposición que con aquel motivo se cobró de los pueblos en especie recargolos excesivamente. De las solas provincias de Guadalajara, Segovia, Toledo y Madrid se sacaron 950.000 fanegas de trigo y 750.000 de cebada, además de los diezmos y otras derramas. Efectuose la exacción con harta dureza, arrancando el grano de las mismas eras para trasladarle a los pósitos o alhóndigas del gobierno, sin dejar a veces al labrador con que mantenerse ni con que hacer la siembra. Providencias que quizás pudieron creerse necesarias para abastecer por de pronto a Madrid; pero inútiles en parte, y a la larga perjudiciales: pues nada suple en tales casos al interés individual, que temiendo hasta el asomo de la violencia, huye con más razón espantado de donde ya se practica aquella.
Trata José
de componerse
con el gobierno
de Cádiz.
Decaído José de espíritu, y sobre todo mal enojado contra su hermano, trató de componerse con los españoles. Anteriormente había dado indicio de ser este su deseo: indicio que pasó a realidad con la llegada a Cádiz, algún tiempo después, de un canónigo de Burgos llamado Don Tomás la Peña, quien, encargado de abrir una negociación con la regencia y las cortes, hizo de parte del intruso todo género de ofertas, hasta la de que se echaría el último sin reserva alguna en los brazos del gobierno nacional, siempre que se le reconociese por rey. Mereció la Peña que se le diese comisión tan espinosa por ser eclesiástico, calidad menos sospechosa a los ojos de la multitud, y hermano del general del mismo nombre; al cual se le juzgaba enemigo de los ingleses de resultas de la jornada de la Barrosa. Extraño era en José paso tan nuevo, y podemos decir desatentado; pero no menos lo era, y aun quizá más, en sus ministros, que debían mejor que no aquel conocer la índole de la actual lucha, y lo imposible que se hacía entablar ninguna negociación mientras no evacuasen los franceses el territorio y no saliese José de España.