Todo concurría además a probar a José que si recibía desaires de los suyos, tampoco crecía en favor respecto de los que apellidaba súbditos. Lejos le hacían casi todos estos cruda guerra: en derredor mostrábanle su desafecto con el silencio, el cual si se rompía era para patentizar aún más el desvío constante de los pechos españoles por todo lo que fuese usurpación e invasión extranjeras. Hubo circunstancia en que reveló sentimiento tan general hasta la niñez sencilla. Y cuéntase que llevando a la corte Don Dámaso de la Torre, corregidor de Madrid, a un hijo suyo de cortos años, vestido de cívico y armado de un sablecillo, se acercó José al mozuelo, y acariciándole le preguntó en qué emplearía aquella arma, a lo que el muchacho con viveza y sin detenerse le respondió: «En matar franceses.» Repite por lo común la infancia los dichos de los que la rodean, y si en la casa de quien por empleo y afición debía ser adicto al gobierno intruso se vertían tales máximas y opiniones, ¿cuáles no serían las que se abrigaban en las de los demás vecinos?
Estado
de su ejército
y hacienda.
Inútilmente trató José de mejorar los dos importantes ramos de la guerra y hacienda para ponerse en el caso de manifestar que no le era ya necesaria la asistencia de su hermano, quien de nuevo le envió al mariscal Jourdan, como mayor general. Apenas había José adelantado ni un paso desde el año anterior en dichos dos ramos. Sus fuerzas militares no crecían, y cuando en los estados sonaban 14.000 hombres, escasamente llegaba su número a la mitad, y aun de estos a la primera salida íbanse los más a engrosar, como antes, las filas del Empecinado y de otros partidarios.
Con respecto a las contribuciones, ahora como en los primeros tiempos, no podía disponer José de otros productos que de los de Madrid. Había ofrecido variar aquellas y mejorar su cobranza, pero nada había hecho o muy poco. Introdujo y empezó a plantear la de patentes, según la cual cada profesión y oficio, a la manera de Francia, pagaba un tanto por ejercerle. Conservó los antiguos impuestos, inclusos los diezmos y la bula de la Cruzada, respetando la opinión y aun las preocupaciones del pueblo, en tanto que servían a llenar las arcas del erario. Dolencia de casi todos los gobiernos.
En Madrid se aumentaron a lo sumo las contribuciones. Recargáronse los derechos de puertas; a los propietarios de casas se les gravó al principio con un diez por ciento; a los inquilinos con un quince, y en seguida con otro tanto a los mismos dueños: por manera que entre unos y otros vinieron a pagar un cuarenta por ciento, de cuya exorbitancia, junto con otros males, nació en parte la horrorosa miseria que se manifestó poco después en aquella capital.
Diversiones
que José
promueve.
Para distraer los ánimos promovió José banquetes y saraos, y mandó que se restableciesen los bailes de máscaras, vedados muchos años hacía por el sombrío y espantadizo recelo del gobierno antiguo. También resucitó las fiestas de toros, de las que Carlos IV había por algún tiempo gustado con sobrado ardor, prohibiéndolas después el último, llevado de despecho por un desacato cometido en cierta ocasión contra su persona, mas no impelido de sentimientos humanos. De notar es que semejante espectáculo, tan reprendido fuera de España y tachado de feroz y bárbaro, se renovase en Madrid bajo la protección y amparo de un monarca y de un ejército ambos a dos extranjeros. Pero ni aun así se granjeaba José el afecto público: había llaga muy encancerada para que la aliviasen tales pasatiempos.
Ilusiones de José.
Verdad sea que la conducta y desmanes de los generales y tropas francesas contribuían grandemente a enajenar las voluntades. A ello achacaba José casi exclusivamente el descontento de los pueblos, figurándose que si no, disfrutaría en paz de solio tan disputado. Enfermedad apegada a los monarcas, aun a los de fortuna, esta del alucinamiento. Así lo expresaba José, a punto de mostrar deseo de verse libre de tropas extrañas. Desazonaba
su lenguaje
a Napoleón. Disgustaba tal lenguaje a Napoleón, informado de todo, quien con razón decía:[*] (* Ap. n. [15-4].) «Si mi hermano no puede apaciguar la España con 400.000 franceses, ¿cómo presume conseguirlo por otra vía?», añadiendo: «No hay ya que hablar del tratado de Bayona; desde entonces todo ha variado; los acontecimientos me autorizan a tomar todas las medidas que convengan al interés de Francia.» Cada vez arrebozaba menos Napoleón su modo de pensar. La mujer de José escribía a su esposo desde París: «¿Sabes que hace mucho tiempo intenta el emperador tomar para sí las provincias del Ebro acá? En la última conversación que tuvo conmigo díjome que para ello no necesitaba de tu permiso, y que lo ejecutaría luego que se conquistasen las principales plazas.»
Disgusto de José.