Malos y crueles
tratamientos.
Casi siempre respetaron nuestros partidarios a sus enemigos; lo cual no impedía que so pretexto de ser forajidos, o soldados juramentados de José, los ahorcasen aquellos o arcabuceasen a menudo sin conmiseración alguna. La venganza entonces era pronta y con usura. A veces, a lo largo del camino del Pardo, en las otras avenidas de Madrid, y junto a sus tapias mismas, amanecían colgados tres y más franceses por cada español muerto en quebrantamiento de las leyes de la guerra. Forzosa represalia, pero cruda y lamentable.
Más partidarios.
Al lado opuesto de Toledo y del campo de las lides de Palarea, el otro médico, Don José Martínez de San Martín, que mandó en Cuenca hasta que volvió de Valencia Bassecourt, tampoco desperdició el tiempo. Combinaba a veces acertadamente sus operaciones entendiéndose con otros partidarios, y el 7 de agosto, unido a Don Francisco Abad [Chaleco], escarmentó reciamente a los franceses en la Ossa de Montiel y les cogió bastantes prisioneros y efectos. No menos bulla y estruendo de guerrillas y franceses andaba en Ciudad Real, Almagro, Infantes, por todas las comarcas y villas de la Mancha como en las demás provincias de Castilla la Nueva. Los enemigos en todas ellas continuaban teniendo puntos fortalecidos en que se veían frecuentemente obligados a encerrarse, y a veces aun a rendirse.
Resultas
importantes
de este género
de guerra.
De poco valer y harto cansados parecerán a algunos tales acontecimientos, si bien nos limitamos a dar de ellos una sucinta y compendiosa idea. A la verdad, minuciosos se muestran a primera vista y tomados separadamente; pero, mejor pesados, nótase que de su conjunto resultó en gran parte la maravillosa y porfiada defensa de la independencia de España que servirá de norma a todos los pueblos que quieran en lo venidero conservar intacta la suya propia. Más de tres años iban corridos de incesante pelea; 300.000 enemigos pisaban todavía el suelo peninsular, y fuera de unos 60.000 que llamaba a sí el ejército anglo-portugués, ocupaban a los otros casi exclusivamente nuestros guerreros, lidiando a las puertas de Madrid, en los límites y a veces dentro de la misma Francia, en los puntos más extremos, cuan anchamente se dilata la España.
Situación de José.
En medio de tan marcial estrépito apenas reparaba nadie, y menos los generales franceses, en la persona de José, a quien podríamos llamar la sombra de Napoleón, con más fundamento del que tuvieron los partidarios de la casa de Austria para apellidar a Felipe V, en su tiempo, la sombra de [*] (* Ap. n. [15-3].) Luis XIV. Pues a este permitíanle por lo menos dirigir sus reinos, si bien en un principio sujetándose a reglas que le dieron en Francia, cuando al primero ni sus propios amigos le dejaban, por decirlo así, suelo en que mandar; habiéndole arrebatado de hecho su hermano muchas provincias con el decreto de los gobiernos militares, y escatimándole más y más el manejo de otras: de suerte que, en realidad, el imperio de la corte de Madrid se encerraba en círculo muy estrecho.
De ello quejábase sin cesar José, que era gran desautoridad de su corona, ya harto caediza, tratarle tan livianamente. Mas no por eso dejaba de obrar cual si fuese árbitro y tranquilo poseedor de España. Daba empleos en los diversos ramos, promulgaba leyes, expedía decretos, y hasta trataba de administrar las Indias. Y, ¡cosa maravillosa, si no fuese una de tantas flaquezas del corazón humano!, motejaba en los periódicos de Madrid a las cortes, y los redactores mostrábanse a veces donairosos por querer las últimas gobernar la América, siendo así que José intentaba otro tanto, con la diferencia de que nunca le reconocieron allí como a rey de España, al paso que a las cortes las obedecían entonces, y las obedecieron todavía largo tiempo las más de aquellas provincias.
Desengaños
que recibe.