Pocos partidarios de los del año anterior habían desaparecido o sido aquí presa de los franceses. Cupo tal desdicha a algunos no muy conocidos, y entre ellos a uno de nombre Fernández Garrido, cogido en abril en Chapinería, partido de Madrid, por el marqués de Bermuy, al servicio de José, encargado de perseguir las guerrillas hacia las riberas del Alberche. Los más nombrados permanecían casi ilesos. Hubo unos cuantos que salieron por primera vez a plaza o adquirieron mayor fama. De este número fueron Don Eugenio Velasco y Don Manuel Hernández, dicho el Abuelo. En ocasiones los animaban tropas del tercer ejército, y sobre todo la caballería al mando de Osorio, que, como ya se apuntó, acudía al granero de la Mancha en busca de bastimentos.
El Empecinado.
Quien no cesó ni un punto de sobresalir entre los partidarios de Castilla la Nueva fue Don Juan Martín el Empecinado. Después de su vuelta de Aragón, lidió en el mes de febrero varias veces contra fuerzas superiores, ya en Sacedón, ya en Priego. Pasó en marzo a Molina, y en los días 8 y 9 encerró en el castillo, malparada, a la guarnición francesa. De allí se encaminó a Sigüenza, Villacampa. y mancomunándose con Don Pedro Villacampa, que andaba rodando por la tierra, decidieron ambos embestir la villa y puente de Auñón, provincia de Guadalajara. Era este puente el solo que permanecía intacto, habiendo roto el francés los de Pareja y Trillo, y quemado el de Valtablado, todos sobre el Tajo. Partía dicho puente término entre la villa de su nombre y la de Sacedón, y por su importancia fortificábanle los enemigos, habiendo hecho otro tanto con las calles y casas de ambos pueblos: tenía de guarnición 600 hombres, y mandaba allí el coronel Luis Hugo, hermano del general que estaba a la cabeza del distrito de Guadalajara.
Ataque
contra el puente
de Auñón.
Franqueando aquel punto ambas orillas del Tajo, interesaba su ocupación a los nuestros y a los contrarios. Llegó a las cercanías en la mañana del 23 de marzo Don Pedro Villacampa y, por medio de una atinada maniobra, acometió a los franceses por el frente y espalda. Los desalojó del puente apoderándose de las obras que habían construido para su defensa. Se refugiaron en seguida aquellos en la iglesia de Auñón, muy fortalecida, y dudaba Villacampa atacarlos, cuando acudiendo Don Juan Martín empezaron ambos a verificarlo. Una tronada y copiosísima lluvia retardó los ataques y favoreció a los enemigos, dando lugar a que viniese de Brihuega Hugo, el comandante de Guadalajara, y de Tarancón el jefe Blondeau, a la cabeza de otra columna. Con este motivo, destruidas las obras, se retiraron los españoles llevando más de 100 prisioneros, y habiendo muerto y herido a otros tantos hombres; entre los postreros se contó al comandante del puesto, Hugo. Evacuó de resultas el enemigo a Auñón; y Villacampa y el Empecinado tiraron cada uno por diverso lado.
Diversos
movimientos
y sucesos.
Tan continuos choques determinaron al gobierno intruso a hacer un esfuerzo para destruir todas estas partidas, especialmente la del Empecinado, reuniendo al efecto a las fuerzas de Hugo las del general Lahoussaye, que mandaba en Toledo, y algunas otras. ¡Vana diligencia! Don Juan Martín traspuso entonces los montes, acometió a los franceses en la provincia de Segovia, los escarmentó en Somosierra, en el real sitio de San Ildefonso, y hasta envió destacamentos camino de Madrid cuando le buscaban al este, a doce leguas de distancia. Tuvo por tanto Hugo que volver atrás, costándole gente las marchas y contramarchas. Lahoussaye pasó en 22 de abril a Cuenca, de donde se retiró Don José Martínez de San Martín, y aquella ciudad, tan desventurada en las anteriores entradas del enemigo, de que hemos referido las más principales, no fue más dichosa en esta, por no desviarse nunca de la senda del patriotismo, honrosa pero llena de abrojos. Huete, Huertahernando, Alcázar de San Juan, Herencia, otros pueblos, entonces, después y antes padecieron no menos desgracias. Volúmenes serían necesarios para contarlas todas, junto con los rasgos de heroicidad de muchos habitantes.
No siendo, pues, dado a los enemigos acabar con Don Juan Martín, pusieron en práctica secretos manejos. Causaron con ellos altercados, una notable dispersión en Alcocer de la Alcarria y, lo que fue peor, el paso a su bando de algunos oficiales, si bien contados. También la junta, con su ambicioso desasosiego e imprudentes medidas, desavino los ánimos no menos que la inoportuna elección del marqués de Zayas [que no debe confundirse con Don José de Zayas] como comandante de la provincia, poniendo bajo sus órdenes al Empecinado. De poco nombre dicho marqués entre los generales del ejército, era pernicioso para gobernar partidas, a cuya cabeza podían solo mantenerse los que las habían formado, hombres activos, prácticos de la tierra, avezados a todo linaje de escaseces, a los peligros de una vida arriesgada y venturera, manos encallecidas con la esteva y la azada, ablandadas solo en sangre enemiga. Separarse de camino tan derecho motivó considerables daños. Al principiar julio estaba como dispersa la fuerza que antes mandaba Don Juan Martín, y que ascendía a más de 3000 hombres. Por fortuna pusieron las cortes término al mal, ordenando que se disolviese la junta y se nombrase otra conforme al nuevo reglamento, del que hablaremos después; y previniendo al marqués de Zayas que dejase el mando, según lo realizó, tornando a Valencia, embolsados sueldos y atrasos, ya que no con acrecentamiento de fama. Recobró Don Juan Martín la comandancia de su división, y a pocos días revivió esta con no menor brillo que antes.
Otros
guerrilleros.
Entre los demás partidarios de menor nombre incomodaba D. Juan Abril a los franceses desde las sierras de Guadarrama y Somosierra hasta Madrid, atravesando con frecuencia los puertos y habiendo tenido la dicha, esta primavera, de rescatar 14.000 cabezas de ganado merino que llevaban fuera del reino. Saornil había ahora tomado a su cargo principalmente la provincia de Ávila y las confinantes; pero en 1.º de julio, sorprendido de noche por el comandante Montigny junto a Peñaranda de Bracamonte, en donde, descuidado dormía al raso con los suyos, perdió alguna gente, si bien no se retiró hasta después de un combate muy encarnizado. Recorría solo o uniéndose con otros el término de Toledo Don Juan Palarea, el Médico, y en Cebolla y sus contornos, como en otros parajes, sorprendió diversas partidas enemigas, cogiendo en junio en Santa Cruz del Retamar a Mr. Lejeune, ayudante de campo del príncipe Neufchatel, quien ha representado el lance con presumido pincel, y valiéndose de la licencia que se concede a los pintores y a los poetas.